La «playlist» más literaria del verano

Escritores como Julia Navarro, Fernando Aramburu, Rosa Montero, Enrique Vila-Matas, Elvira Navarro o Javier Cercas, entre muchos otros, recomiendan sus canciones y grupos favoritos para dejarse llevar por la música durante la época estival

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Fernando Aramburu

Después de una larga racha de viajes, este verano por fin podré encerrarme por espacio de varias semanas en casa y recuperar ciertas rutinas, entre ellas la audición diaria de música. Leí recientemente una biografía de Georg Friedrich Händel que me ha animado a dedicar a su música atención prioritaria. Me regalaron tiempo atrás una caja con cuarenta CD’s, a la cual he añadido hace poco una versión magnífica de las «Cantatas italianas» a cargo de Emmanuelle Haïm. El elenco de cantantes es espectacular: la soprano francesa Sabine Devieilhe y la mezzo franco-italiana Lea Desandre, dos voces para las cuales cualquier adjetivo elogioso se queda corto. El disco reúne tres cantatas compuestas por Händel a edad temprana y un Trío Sonata en el que sobresalen los violines solistas.

Félix de Azúa

Para este verano recomiendo un disco recién editado del Belcea Quartet, un magnífico conjunto, quizás el mejor cuarteto de cuerda vivo, con un programa insuperable. Los dos cuartetos de Janácek y el primer cuarteto de Ligeti. Pura pasión centroeuropea.

Andrés Barba

El álbum «Full Moon Fever», de Tom Petty, y, en especial, «Free Falling», que aparte de ser un tema espectacular fue la canción con la que aprendí a tocar la guitarra. Me pasé un verano más que cantándola, gritándola.

Milena Busquets

La verdad es que no escucho música según la estaciones del año, sino según mis estados de ánimo (mucho más variables que el tiempo, incluso con lo del cambio climático), del mismo modo que no creo que haya lecturas para la playa y lecturas para el resto del año. Acabo de ver la encantadora «Yesterday» sobre qué ocurriría en un mundo donde no hubiesen existido los Beatles, así que tengo ganas de volver a escucharlos; creo que nunca los he escuchado en serio, porque siempre, desde mis primeras clases de inglés infantil, han estado ahí. Así que este verano, en un arranque de originalidad y de modernidad extrema, voy a descubrir a los Beatles.

Javier Cercas

A mí me educó musicalmente mi hermana Blanca, cinco años mayor que yo. Ella traía a casa discos de los Beatles, de los Rolling Stones, de Bob Dylan, de The Doors, de Lou Reed, de Van Morrison. Yo, que debía de tener doce o trece años, hacía esfuerzos hercúleos para disimular cuánto me gustaban, porque en aquella época remota yo era un dechado de virtudes y en mi casa los libros estaban muy bien vistos, pero el rock and roll no tanto. Un día mi hermana apareció con un disco titulado «Cosmo’s Factory», de un grupo llamado Creedence Clearwater Revival. Dios santo, ¡qué subidón! Los sabios dicen que es el mejor disco de los Creedence; puede ser. Lo cierto es que yo desde entonces no he dejado de escucharlo. Si ustedes no lo han hecho, no saben la suerte que tienen. Pongan ahora mismo «Fortunate Son», o «Who’ll stop the rain». Y luego sigan. Se van a enterar de lo que vale un peine.

Ben Clark

Me gustaría recomendar a Zahara, una artista espectacular que me deslumbró al principio del verano con su concierto en las Noches del Botánico. Me encanta su canción «Hoy la Bestia cena en casa» y también «Con las ganas». Es, además, una artista humilde y generosa y voy a seguir muy de cerca su carrera.

José C. Vales

No sé por qué, pero mis habituales invernales (Foo Fighters, REM, Traveling Wilburys, Trampling by Turtles y compañía) desaparecen cuando llega el verano. Entonces, en mis auriculares comienza lo que podría llamarse un maratón estival y particular de «Flor de pasión», con buenas vibraciones surferas, chicas yeyé cantando en francés, antiguallas sesenteras italianas y el sonido beat del «swinging London». El verano es más verano cuando suena «I Get Around» o «Surfin' USA», cuando Hardy o Gall cantan por la mañana o cuando los jóvenes bajan a la playa con los Shadows, los Zombies, los Hollies o los fabulosos Searchers: «Needles and Pins!».

Agustín Fernández Mallo

Pues, por ejemplo, el disco de Yo La Tengo, «Summer Sun», del año 2003. Tiene una alegría congénita, tranquilo pero rotundo como un día de relax veraniego. Es como cuando te despiertas un día de verano, que comienza lentamente y va ganando en acordes alegres y en una atmósfera luminosa y envolvente, muchas veces susurrada. Aunque, como todo verano, el disco contiene una inevitable melancolía: la de pensar que un día ese verano se terminará. Los títulos de la canciones se asocian perfectamente a situaciones de verano: «Today is the Day», «Little Eyes», «Beach Party Tonight», «Nothing but you and me»…

Ignacio Martínez de Pisón

«Los cinco sentidos», del grupo Los Especialistas, con sonidos muy africanos, muy de los años noventa. Pero entre mis canciones favoritas más recientes prefiero mencionar «Je veux», de Zaz, y «Mi tierra veracruzana», de Natalia Lafourcade. Tanto una como otra me ponen de muy buen humor. Es la magia que tiene la música.

Luis Magrinyà

Ahora no salgo mucho, pero aún alguna vez y, tanto en invierno como en verano, si al final de la noche nos reunimos unos cuantos en una casa sin vecinos enojosos, siempre acaban cayendo a todo volumen dos «dance hits» de los 90 a los que no me puedo resistir. Ambos son clásicos y de ellos se han seguido haciendo versiones y remixes hasta hoy: «Gypsy Woman», de Crystal Waters, una maravilla del disco house que es de hecho una canción protesta y que me sigue hechizando, y «Sing It Back», de Moloko, aunque desde hace un tiempo prefiero el remix de Todd Terry de casi nueve minutos que el grupo descartó (muy mal hecho), una versión extraña y sugestivamente nocturna.

Luisgé Martín

En los años 90 yo tuve bastante devoción por la música folk y sobre todo por aquella mestizada con el pop. Me gustaba mucho Amaya Uranga y me gustaba mucho desde sus orígenes Rosa León. Rosa León publicó a principios de los años 90 un disco que se titulaba, si no recuerdo mal, «Ay amor». Y en ese disco había una canción hermosísima que se titulaba «Fuiste un trozo de hielo en la escarcha», en la que se contaba la separación de una pareja de amantes y la incomprensión que le queda a uno de ellos cuando se da cuenta de que no queda nada, de que lo ha perdido todo. La canción es de José María Cano; la grabó por primera vez Rosa León, si no me falla la información, y luego la grabaron muchos otros artistas, incluso Chayanne. A mí me parece una canción muy hermosa, conmovedora, con imágenes quizá facilonas pero muy efectivas para lo que pretenden, y con una melodía sobresaliente y melancólica. Compré el disco y a los dos o tres meses me separé de mi pareja, que también amaba ese tipo de música y a Rosa León. En el período de duelo la escuché en bucle cientos de veces. Y repetía como un poseído esos versos que dicen: «Fuiste tantas cosas a la vez que me cuesta creer que hoy no seas nada. Sobre todo porque no es verdad: no consigo olvidar esa mirada que aún me hace estremecer». Sigue siendo, hoy, una canción magnífica.

Elena Medel

Uno de mis discos favoritos es «Un soplo en el corazón», de Family. En él hay una canción evidente, «El bello verano», pero yo prefiero «Viaje a los sueños polares» o «Dame estrellas o limones». Cuando las oigo se abre un paréntesis. Sospecho que este verano oiré bastante «Colección de canciones sencillas», de Lorena Álvarez. Me gusta mucho su delicadeza tan amarga, y me gusta mucho también que me despierte las ganas de escuchar a Vainica Doble. Y espero que el modo aleatorio de Spotify seleccione a menudo canciones de Serge Gainsbourg, claro.

Sara Mesa

Yo no distingo mucho entre música de invierno o de verano... Con todo, voy a recomendar «Riverboy», el primer disco en solitario de Charly Riverboy, el cantante de The Milkyway Express. Si ya conocíamos su fuerza como vocalista en el ámbito del rock'n'roll más potente, en este proyecto personal ofrece un buen puñado de temas introspectivos más en la onda de Donovan o Townes Van Zandt. Riverboy es un dios en el escenario, pero fuera de él, además, es un tipo estupendo.

Luna Miguel

Elijo, sin duda, a Angèle. Es una cantante belga que recientemente publicó «Brol», su primer disco. No sólo contiene canciones feministas -incluso trata el #MeToo- sino que se burla del rap francófono más machista, consigue llevar la poesía a ritmos de un pop muy suave, y se ha convertido en el icono de mujeres de todo el mundo por su manera desenfadada y burlona de cantar. Puedo haber escuchado su disco 2.000.000. Recomiendo especialmente «Flou», «Ta reine» y «Tout Oublier», donde además cita a Baudelaire.

Rosa Montero

Recomiendo apasionadamente al compositor, trompetista y pianista francolibanés Ibrahim Maalouf (que, por cierto, es sobrino del escritor Amin Maalouf). Me lo descubrió hace cuatro o cinco años mi querido y llorado Enrique de Hériz y caí enamorada de él inmediatamente. Toca una trompeta muy singular, de cuarto de tono, inventada por su padre, también trompetista, en los años sesenta. Ese instrumento permite interpretar la música árabe y tiene un sonido único que te pone los pelos de punta. Todo lo de Maalouf es buenísimo, pero si queréis empezar por algún lado, escuchad «Will soon be a woman», o «Paris», o «Beirut», o... Hace una especie de jazz-fusión poderosísimo. He tenido la suerte de verle dos veces en vivo. Inolvidable.

Javier Montes

Aquí es verano, pero Joao Gilberto se ha ido a morir, «caralho!», en pleno invierno austral. Nunca es justo morirse, ni hay un buen momento para que el mundo pierda un genio inmenso, pero da más rabia aún pensar que un artista tan solar, tan luminoso, tan delicado, se ha despedido justo cuando la lluvia, el viento, la resaca y las noches largas estarán obligando a hibernar a las playas de Río. Todos los gigantes de la siguiente generación de músicos brasileños, de Chico Buarque a Gal Costa, de Gilberto Gil a Bethánia o Tom Zé, recuerdan aún hoy, medio siglo más tarde, el lugar y el momento exacto en que apenas adolescentes oyeron por primera vez en las radios de sus pueblos soñolientos la primera verdadera canción de la bossanova, «Chega de Saudade»: cantada por su voz extrañamente dúctil y opaca e hipnótica y sus acordes sincopados como filigranas o fugas de Bach a la guitarra. Yo me sé de memoria todas las canciones de su «white album» de 1973, que lleva sólo su nombre por título y en el que solo suenan, mínimas pero al máximo de genialidad, esa voz y esa guitarra. Pero para despedirlo a lo grande, para poner a todo volumen este verano en el coche y al final de las fiestas, recomiendo la grabación en vivo del concierto a cuatro manos que dieron Joao Gilberto y Caetano Veloso en el Gran Rex de Buenos Aires en 1999: no es fácil escuchar nada que transmita mejor rollo y más química entre dos grandes, y resume por sí solo un siglo de veranos y genialidad en la música brasileña.

Lara Moreno

Mi canción es «This Mess We’re In», de Thom York y PJ Harvey. Porque da igual que sea verano o invierno, da igual Saturno que Plutón, da igual el alba que la noche negra: siempre este quejido dulce pero que viene del metal me grita, me arrastra hacia abajo, me impulsa hasta la orilla.

Julia Navarro

Me temo que van a pensar que soy un poco aburrida, pero no tengo «canción del verano», aunque cuando en alguna emisora de radio recuerdan las «canciones del verano» de hace algunos años no puedo dejar de sonreír al reconocer las que fueron las «canciones del verano» de mi adolescencia y juventud. Pero, más allá del verano, hay canciones que me acompañan siempre. Por ejemplo, siempre tengo a mano el CD de un concierto de Mikis Theodorakis y María Farantoúri. O un disco de Paco Ibáñez en el Olympia «cantando» a los grandes de nuestra poesía. También conservo un viejo disco que compré en París con las mejores canciones de Melína Merkoúri. No sé por qué, pero cuando escucho a Melina siempre me da un «subidón». Otro de mis clásicos es Leonard Cohen y su «Songs from the Road». También guardo como un tesoro un CD que me grabó mi amigo Mitxel Casas con un popurrí de canciones de los 70. ¡Ah! y suelo soñar mientras escucho a Bacarisse, su Romanza del Concertino para guitarra y orquesta; soy capaz de escucharla una y otra vez, sobre todo si voy conduciendo. Y siempre, siempre a Mozart, que me acompaña mientras escribo.

Elvira Navarro

Recomiendo con fervor «Colección de canciones sencillas», el nuevo disco de Lorena Álvarez. Tiene canciones buenísimas y emocionantes, y me encanta el uso refrescante que Álvarez hace de la música popular española. Por momentos me recuerda a las Vainica Doble. Aunque me gustan todos los temas del álbum, tengo debilidad por «La huerta de mi padre», que me recuerda al pequeño huerto que tenía mi abuelo, al tomate que abría en dos con su navaja y que yo me comía allí mismo, entre las plantas de pimientos y la albahaca, mientras jugaba.

Miqui Otero

Hay camisas, colores y canciones, también personas, que caen mejor en verano. Últimamente, es ponerme la primera camisa de manga corta y que entre en mis cascos la música brasileña. Refresco tropical y tropicálido. Especialmente «Gostava tanto de vocé», de Tim Maia. Durante mucho tiempo entraba en el verano a la carrera, como corriendo hacia el borde de la piscina para tirarme en bomba, descalzo y con manguitos en los bíceps, tartera de sandía o filetes empanados al lado de la toalla, gritando algún hit punk y pop sobre el verano de los Barracudas o los Undertones: ¡Here comes the summer! Pero cada vez tengo más claro cuál es mi canción sobre el verano favorita. La más profunda, sin perder ternura y encanto y ritmo, también. «That summer feeling», de Jonathan Richman. ¿Sobre qué va? Te lo pregunto yo a ti: ¿a veces has mitificado tanto tus veranos juveniles que al final eso se ha vuelto en tu contra? ¿Te has puesto a pensar tan intensamente en aquellas vacaciones de primer beso y casete en el coche y pulsera de hilo o cuero el último día antes del regreso que te has puesto triste? ¿Hasta qué punto no es tóxica una nostalgia demasiado fotogénica? Jonathan Richman le canta a eso: el césped, los estanques, los besos con sabor a Calippo lima-limón (bueno, esto último es mío). Pero en lugar de hacerlo de una forma acrítica y celebratoria, le da un giro precioso. Cómo ese sentimiento veraniego, esa sensación estival, de que todo era mejor antes, los prados más verdes, las piscinas de un mejor azul, los otros más guapos, los días más largos, te puede atacar a traición en cualquier momento cuando pasen los años. ¿Realmente te gustaba tanto esa persona o simplemente te echas de menos siendo con ella más joven? Bien, dice, ese sentimiento veraniego, esa sensación estival, te va a perseguir, se va a reír de ti, te va a raptar en cualquier momento. Que tu valle quizás no era tan verde, sino que era el tuyo cuando tenías todo por estrenar. Que hay que buscar otros valles y otros verdes, también más helados y más besos y más piscinas, también ahora.

Carlos Pardo

Este verano estoy volviendo a escuchar «The circle game», de Tom Rush, clásico olvidado del 68. Esa mezcla feliz de folk y rock con arreglos que van del country a lo sinfónico (de Paul Harris). Una combinación inspiradísima y sutil que no se puede describir de esta manera tan torpe. Y la voz grave y calmada de Rush. Un disco con un encanto especial, casi todo él de versiones magistrales (de Joni Mitchell, James Taylor y Jackson Browne), y con esa maravilla original del propio Rush, «No regrets», versioneada, entre muchos otros, por Scott Walker. Una obra maestra que puede leerse como la agridulce historia de una relación, con sus euforias y bajones, alegre en lo triste, y luminosa.

Alejandro Palomas

Un disco para acompañar la escritura en los anocheceres estivales: «John Dowland, Lute Music 1», interpretado por Nigel North (Laúd). Es como si la soledad estuviera habitada de respiración poco sólida, como si lo malo quedara fuera. Una canción para conducir por el campo al amanecer: «Hallelujah», de Leonard Cohen. Podría escucharla en bucle hasta ensordecer. Me da la vida, es como si me acunara y me empujara a seguir luchando por mis sueños. Un grupo para bailar solo en el bosque como si el resto del mundo hubiera desaparecido: Simply Red. Sigo fiel a la furia pelirroja, aunque ya no estén. Me renuevan la sangre y me vacían de agresividad. Con Simply Red siento que pertenezco, no sé a qué, pero pertenezco.

Carmen Posadas

Cada verano de mi vida tiene su banda sonora. Algunas son románticas, otras trepidantes, las hay nostálgicas e incluso pachangueras. Empezando por la prehistoria, en mis primeros veranos no había la música que yo elegía, sino la que escuchaban mis padres, mis abuelos o mis tíos, que eran muy jóvenes y a mí me parecían el colmo de lo «canchero», como se dice allá, en Uruguay. Haciendo un repaso rápido de aquellos veranos de mi infancia, su banda sonora sería un mix entre el jazz de Ella Fitzgerald y las canciones de Nat King Cole que les gustaba a mis abuelos, pasando por el adorado Gilbert Bécaud de mi madre, el «Oh, Carol!» de mis tíos y, mi música favorita de entonces, el calipso de Harry Belafonte de mi padre. Ya en la adolescencia, la banda sonora de mis veranos tiene que ver, cómo no, con el amor, de modo que ahí están para siempre en mi recuerdo «Je t'aime moi non plus», «Rain & Tears» y todas las canciones de Simon y Garfunkel. Ya casada, me dio por el flamenco y las rumbitas: Los Chichos, los Gipsy Kings, Romero San Juan… y , separada de mi primer marido, caí en los brazos de Stevie Wonder para proclamar que «I just called to say I love you». Mi segunda soltería duró poco, así que, aquí me tienen, de nuevo casada y entregada, esta vez, a la música francesa de los cincuenta, a los boleros, a los tangos. De este modo, mis veranos de entonces son recuerdos de Georges Brassens, Cuco Sánchez, Chavela Vargas y, por supuesto, de Gardel. Los más recientes, en cambio, son más eclécticos, por no decir contradictorios, así que tienen como banda sonora desde «La Macarena» y el «Aserejé», hasta Queen o Police y, por supuesto, toda la música latina del mundo, que me encanta. Lo que nunca hay en la banda sonora de mis veranos (ni de mis inviernos tampoco) es música clásica. Lo siento. Debe de ser deformación profesional, pero solo me gusta la música con palabras. Por eso adoro la ópera y sé que está muy mal decirlo. pero me temo que es la verdad: Mahler o Ravel, y no digamos Britten, Discepolo o Shostakovich me dejan más fría que un tinto de verano.

Patricio Pron

Vengo de un sitio que suele ser muy caluroso en verano, y sin embargo, en los últimos años he perdido el hábito de (y el entusiasmo por) las altas temperaturas. No me gustan las playas, odio las piscinas, tengo sospechas bien fundadas sobre las condiciones sanitarias de buena parte de los chiringuitos de este país, no me gustan los helados. Mi «canción del verano» es cualquiera que venga del frío y (en lo posible) lo provoque. Por ejemplo «Glósóli» de los islandeses Sigur Rós, que es lo más parecido que conozco al sonido del viento del norte.

Marta Sanz

Cada verano, y siempre que quiero que lo sea, escucho «La ley del desierto, la ley del mar», de Radio Futura. Porque me transmite alegría de vivir, energía y, en lugar de producirme la nostalgia de los dieciocho años y del tiempo que ya no volverá, sigue sorprendiéndome y movilizandome. Con esas fusiones perfectas de ritmo, palabra, melodía, cultura y cuerpo, me siento rejuvenecer. No, no me siento rejuvenecer: soy joven y con un suave balanceo voy por ahí a la hora que cierran los pubs, con un suave balanceo sin sonreír más de lo necesario... Fenomenal.

Lorenzo Silva

Recomiendo, a quienes no la conozcan, a la «crooner» argentina Karen Souza. En sus discos, cualquiera de ellos, hace versiones formidables de canciones perturbadoras, que vuelve aún más perturbadoras con la dulzura aterciopelada de su voz y su dicción impecable. Valgan como botón de muestra sus versiones de «Tainted Love», de Soft Cell, «Creep», de Radiohead, o «Shape Of My Heart», de Sting. Sin olvidarse de la que hizo de «Strawberry Fields», con el impagable refuerzo de Los Panchos.

Gonzalo Torné

Pues así, de buenas a primeras, recomendaría el grupo Hidrogenesse, que he escuchado mucho este año, primero con gran interés y después con admiración. Como tienen muchas canciones dirigiría al oyente a «Disfraz de Tigre», que es una especie de hechizo sonoro sobre la diferencia entre uso y mención; «Vuelve conmigo a Italia», que tiene un ritmillo muy agradable y habla (creo) de la conveniencia de olvidar para poder experimentar de nuevo; y sobre todo «Historia del mundo contada por las computadoras», esta canción aparece en un disco temático dedicado al matemático Alan Turing. En los seis minutos largos que dura (y que van acelerándose al ritmo que las computadoras toman el control del planeta) la letra muta del análisis histórico a la demografía, de la depredación capitalista al armamento nuclear, de la computación a la desintegración de la especie en la nada. Diría que es una obra maestra de la música popular contemporánea pero también podría escucharse en la sala de un museo.

Berta Vías Mahou

Hace años en casa de un amigo mexicano escuché un disco de La Sonora Tropicana. Desde entonces cada verano nos acompaña en nuestros trayectos a las playas de Cantabria. Mis padres, en cuanto subían al coche, pedían que pusiéramos la que da título al disco: «El Chuponcito». Me gusta recordar cómo disfrutaban del ritmo alegre y sensual de esta cumbia colombiana. De la letra pícara y a la vez ingenua. De la voz dulce de la cantante: «Todos mis amiguitos cuando me ven me piden un rico chuponcito. El chuponcito más sabroso y más riquito…».

Enrique Vila-Matas

La fiesta de los 50 años de la editorial Tusquets comenzó realmente cuando irrumpió la música en el jardín y sonó «Stand By Me» (cantada por Florence + The Machine) y regresó para mí el verano de 1962 cuando Ben E. King la popularizó. Es una pieza musical que cambia siempre automáticamente mi estado de ánimo. El secreto de su éxito a lo largo de tantos años parece estar en que es un ostinato (repetición constante de un fragmento musical) que hace reconocible de inmediato la canción, siendo bien curioso que, pese a la repetición, no resulte aburrida en ningún momento; al contrario el ostinato le confiere al conjunto una unidad homogénea.

Manuel Vilas

Escucho de manera obsesiva el Intermezzo de la ópera «Cavalleria rusticana», de Pietro Mascagni. Esta ópera se estrenó en Roma, en 1890, y se basa en un relato de Giovanni Verga. Pero yo solo soy adicto al Intermezzo, y allí no canta nadie. El resto de «Cavalleria rusticana» no me interesa. Es mi forma de escuchar música: elijo solo aquello que me conmueve. El Intermezzo dura tres minutos. Este Intermezzo es de una belleza infinita. Me rompe el corazón. Me eleva. Es de una delicadeza intemporal, tiene dentro de sí una idea de reconciliación con la vida.

Carlos Zanón

Mi disco favorito desde siempre es «Steve McQueen», de Prefab Sprout de 1985. Es una obra maestra de un genio llamado Paddy McAloon con una producción en su punto de Thomas Dolby. Grandes canciones, elegantes, directas al tiempo que sofisticadas, atemporales, cantadas con garra, voz costelliana. Pop anglosajón inteligente. Canción: «Morir o matar», de Nacho Vegas, me parece una absoluta barbaridad narrativa. O ésa o la versión de Bill Murray de «More than this», de Roxy Music, en «Lost in translation». Grupo: Vampire Weekend.