Jaime Siles, fotografiado en su casa de Valencia
Jaime Siles, fotografiado en su casa de Valencia - Rober Solsona

Jaime Siles: «El nacionalismo es una forma de imbecilidad»

El poeta publica «Galería de rara antigüedad», un libro que confronta la cultura clásica con el reflejo íntimo de la propia vida

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A Jaime Siles (Valencia, 1951) se le acumulan los nombres propios en la conversación. No es un recurso retórico, ni pomposidad, es que sus lecturas forman parte indisoluble de su ser. Es inevitable que no emerjan a cada poco Baudelaire, Aristóteles, Platón, Homero o tantos otros. Lleva mucho en esto de los versos, como poeta y como crítico en este periódico, pero no parece cansado. Más bien al contrario: al otro lado del teléfono fijo (no tiene móvil, porque le quitaría «demasiado tiempo»), sus palabras vibran con el ímpetu de la juventud. Dice que todavía conserva aquellas pasiones adolescentes, y a ellas ha vuelto en su último libro, «Galería de rara antigüedad» (Visor), que lleva el marchamo del XXVIII premio Jaime Gil de Biedma.

¿Por qué eso de «rara antigüedad»?

Porque el libro habla de figuras de la antigüedad, pero no todas son reales. Hay algunas que son de ficción. No es un libro de erudición, ni muchísimo menos de arqueología. Es un libro de poesía lírica en el que he intentado objetivar mi relación con la antigüedad clásica desde que tenía quince o dieciséis años, más o menos.

En el primer poema ya deja claro que «La Ilíada» ha sido una obra cotidiana para usted.

«La Ilíada» es una enciclopedia portátil. Era lo que un joven griego debía saber. Ahí aprendía cómo ir al combate, cómo curar una herida, cómo hacer un sacrificio, cómo hacer un brindis, cómo combatir, cómo despedirse de su mujer… Era, sobre todo, un tratado de educación.

Y un espejo en donde mirarnos, ¿no?

La antigüedad es un espejo de nosotros mismos, siempre lo ha sido. Las generaciones que lo han estudiado, y antes se estudiaba muchísimo, era precisamente porque constituye algo así como un laboratorio cerrado de conductas y de posibilidades. Y se puede aprender allí lo que pasa si tú aprietas un botón determinado. Una de las maravillosas creaciones de la tragedia griega es precisamente eso: el estudio de las conductas, saber cómo la gente va a reaccionar, y si estamos dispuestos nosotros a ponernos en tales situaciones.

Sin embargo, en esta obra nos muestra el reflejo íntimo que le devuelve la antigüedad.

Lo acabas de definir maravillosamente bien. No es un libro arqueológico: es un reflejo íntimo. Es un libro que me ha salido de dentro. No es el libro de un viajero que va a Grecia, ve una escultura y escribe sobre ella, o sobre un paisaje. De eso nada. Son todo paisajes interiores.

¿Y qué se ve en esos paisajes?

Mi vocación juvenil, infantil casi, muchísimos años de contacto con esa gran cultura que fue Grecia. Ese gran espejo que es la antigüedad clásica nos sirve a nosotros para entendernos en cada momento de nuestras propias vidas. Todo lo que ha pasado vuelve a pasar. Con variantes, con cambios, pero todo lo que pasa vuelve a suceder. Por eso los griegos decían que las musas podían saber todo lo que es, todo lo que ha sido y todo lo que será. Y esa es una función muy importante de la verdadera poesía.

¿La de ref lejar las constantes de la humanidad?

Exactamente. Los griegos vivían siempre prisioneros del círculo. Aristóteles decía que el tiempo parece ser un círculo, y que no podemos salir de él. Platón dice una cosa bellísima: «El tiempo es la imagen móvil de la eternidad».

Hablando de cosas que se repiten... ¿Cómo ve usted, que ha vivido en Alemania, Austria, Suiza, Italia y Francia, esta vuelta al nacionalismo en Europa?

Yo me considero de nacionalidad un europeo. Y creo que el nacionalismo es una forma de imbecilidad. Lo digo sinceramente. Es una forma de imbecilidad porque tú no puedes pensar que el señor que vive a 30 kilómetros más abajo o más arriba de ti es más tonto o más listo que tú. No puede ser así. Los seres humanos somos exactamente iguales.

En el siglo XIX el romanticismo usó la literatura para crear el sentimiento nacional, y ahora parece que los nuevos nacionalismos son impermeables a la cultura.

Eran situaciones muy distintas. En el XIX hay estados nacionales que emergen. Alemania en ese momento no es un Estado. Italia tampoco. La llegada de esos nuevos nacionalismos son los que provocan, en parte, en el XX, las dos guerras mundiales... Es increíble cómo un pueblo cultísimo como era el alemán pudo caer en manos de un nacionalismo que produjo millones de muertos y creó nada menos que la Segunda Guerra Mundial. Era una especie de droga.

¿De droga?

El nacionalismo puede ser considerado como una enfermedad, una enfermedad del alma y la mente a la vez.

¿Y cómo explica, después de tantos desastres, esa vuelta al nacionalismo?

Creo que cuando hay globalización, como en este momento, y un deseo de estado supranacional y de conciencia supranacional, hay siempre resistencias a ellos. Eso ha pasado siempre. Los nacionalismos hoy son un arcaísmo en nuestra realidad. Cuando la humanidad da un paso con el pie izquierdo o derecho hacia delante, tarda siglos el segundo pie en ponerse al mismo nivel.

Volviendo a los versos... ¿Qué le parece el panorama poético de hoy en España?

La poesía, como el teatro, siempre está en crisis. Pero ese estar en crisis es bueno. Porque la poesía es un reflejo de la sociedad y se busca a sí misma y se expresa a sí misma como lo hace la sociedad. En los años veinte y treinta, que ahora sabemos que fue un gran momento para la física, hubo varios congresos porque se pensaban que la física del momento era un desastre. No hay que ser pesimista. Hay que ser crítico, exigente, riguroso. La poesía es muy diversa. Y lo que se le pide a un poema, sea de la tendencia que sea, es que sea eso: un poema, un buen poema. Y hay muy buenos poemas.

¿Y la lengua? ¿Qué tiempos vive?

Hemos sufrido una depauperación del lenguaje, en líneas generales. Todo es muy uniforme hoy. Y hemos perdido una gran capacidad en nuestra representación verbal de la realidad. Y esto sí es grave: si uno no tiene una exacta representación verbal de la realidad, su visión de la realidad es defectuosa o errónea.

Las cosas son invisibles si no tenemos palabras para nombrarlas.

Lo decía Wittgenstein: «Los límites de mi inteligencia son los límites de mi lenguaje».

¿Es un problema de educación?

Sí, y es fácil resolverlo. Hoy los niños no leen, no escriben, no hacen redacciones, no aprenden poemas de memoria… La memoria, en la literatura como en la vida, es un elemento importante. No se trata de saberse la lista de los reyes godos, pero sí conocer algún poema, algún texto, reconocer alguna imagen. Tener lo que en la antigüedad se llamaba una abundancia de lenguaje.

¿Cómo ve la ya larga deriva de las humanidades en este sistema educativo?

Es un problema terrible. Yo he sido presidente durante años de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, y siempre hemos tenido que estar defendiendo la posición del latín y del griego en nuestros estudios. Pero es que luego han tenido que defenderse los filósofos y los historiadores. La sociedad no se da cuenta de que si renuncia a determinadas materias, renuncia a sí misma.

El argumento de fondo es que son saberes inútiles.

No podemos pensar que solo es útil aquello que produce un beneficio económico más o menos inmediato. Hay muchas otras utilidades que no tienen un refrendo económico, pero que son absolutamente útiles y absolutamente necesarias. Cada vez que las humanidades han desaparecido de los planes de enseñanza –en el caso del latín y del griego se ve de forma muy clara–, la sociedad da un paso enorme hacia atrás.

Y como profesor de universidad, ¿ha visto que el nivel haya bajado en los últimos años?

No es el nivel de la universidad el que ha bajado. Lo que ha fallado sobre todo es la enseñanza primaria y secundaria. A la universidad llega la gente con lo que le han enseñado en el colegio y en el instituto. Y lo que ha pasado –y esto no es solo un tema de ministerios, es un tema social– es que la gente ha creído que todo es fácil. Y la vida es difícil. Hay que crear unos niveles de exigencia en todo. Nadie quiere que el peor médico le asista ni que el peor abogado le defienda. No, queremos que haya buenos especialistas. Y para eso tiene que haber un nivel de exigencia. Y de competitividad. No podemos renunciar a ese nivel de competitividad. Durante años ha habido una penalización del esfuerzo en la enseñanza. Eso no puede ser. Es una barbaridad.

Por cierto, ¿hay alguna contradicción en ser poeta y crítico al mismo tiempo?

En la literatura, y en la poesía, es muy difícil separar una cosa de la otra. Baudelaire dijo muy bien que todo poeta debe llevar un crítico dentro. En la antigüedad clásica, Calímaco era un gran filólogo y un gran crítico. Y no digamos ya en el XX, donde tenemos a Eliot o Pound: dos grandes críticos y dos grandes poetas. En España los poetas del 27 fueron muy buenos críticos. Lo que escribe Lorca sobre la imagen es un texto de altísima teoría crítica. Y después están Carlos Bousoño, o Jaime Gil de Biedma, o José Ángel Valente.

¿Por qué la poesía y no más bien la nada? ¿Por qué existe una cosa tan rara?

Es una necesidad para el ser humano. Nuestra condición es casi animal. Y sin poesía, sin arte, sin filosofía y sin religión estaríamos a la intemperie. Iríamos casi a cuatro patas. La poesía es la percepción de un instante de la realidad visto en toda su profundidad y todo su magnetismo. Y por eso desde la antigüedad hasta hoy ha seguido atrayendo a las generaciones.

¿Y por qué ha dedicado su vida a ella?

Porque la necesito. Porque no sabría vivir sin ella. Porque tuve buenos profesores que me enseñaron a entender los textos.

¿Qué le ha dado la poesía después de tantos años?

La poesía siempre es una búsqueda, y lo que se busca en la poesía es la verdad. La poesía es el camino más directo y más rápido a uno mismo. Quien lee poesía se civiliza, y quien se civiliza es tolerante, y quien es tolerante no puede ser, bajo ningún concepto, nacionalista.

¿Le queda algo de aquel adolescente que se enamoró del mundo clásico?

Conservo las ilusiones, pero sé que no soy aquel. Y aquel ya no soy yo. Deseo, sobre todo, no decepcionarme. Que el hombre de hoy no decepcione al joven de ayer.