Javier Gomá
Javier Gomá - José Ramón Ladra

Gomá: «Alejandro Magno no es superior al inmigrante en patera desde el punto de vista de la dignidad»

El filósofo publica «Dignidad» una obra que recupera del abandono teórico el concepto central que rige los conflictos sociales y éticos en el siglo XXI, desde la eutanasia a la inmigración o la genética

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Decía Aristóteles que el hombre es un animal político, zoon politikón, y eso incluye a los filósofos. Javier Gomá (Bilbao, 1965) seguramente traduciría la expresión como «animal cívico», porque en el centro de su obra figura desde los inicios el laberinto de la convivencia. Después de su trilogía sobre la Ejemplaridad, le ha llegado el turno a la «Dignidad», título de su nueva obra, publicada por Galaxia Gutenberg, un concepto olvidado por la filosofía, central en las reivindicaciones sociales y éticas del siglo XXI, que él ha puesto ahora en el centro. La inmanente dignidad de la vida y de la muerte, de la paradoja que somos, cobra en su prosa de línea clara una importancia insospechada que ya no podemos ignorar. El filósofo dirige la Fundación March y participa en grandes instituciones culturales, crea obras de teatro sobre el duelo y busca el pulso feliz en un mundo demasiado acostumbrado a la desgracia y la crítica, la demolición y el espectáculo.

—¿Estamos desenganchados de la búsqueda de la concordia?

—Somos hijos del romanticismo. El romanticismo aportó a la cultura moderna una autoconciencia que ha llevado a una ampliación de la libertad subjetiva y a la conciencia de que cada individuo es irrepetible. Pero el romanticismo tiene un gran defecto. En Madrid,o Barcelona, en grandes ciudades, ¿cómo conviven millones de personas que se consideran únicas, irrepetibles, geniales?

—¿Cómo?

—Ha llegado la tarea moral pendiente, que ya no es ser libres, sino ser libres juntos. Y eso significa la aceptación positiva de determinadas limitaciones a la subjetividad.

—Usted escribe: ser civilizado es hoy elegir el modo de autolimitarse.

—En una sociedad democrática compuesta de millones de «genios», la única manera de hacer convivir a tanta gente es una ley coactiva, salvo que los ciudadanos se autolimiten voluntariamente. Ahí encontramos la amistad como modelo. De los amigos se dice que se tienen ley. No implica coacciones, pero el incumplimiento tiene consecuencias. Es la aceptación positiva de una solidaridad, complicidad, cooperación con el amigo. Uno puede imaginar como ideal una república de la amistad, formada por ciudadanos que acepten algunos límites propicios a la convivencia.

—Nada que ver con Facebook y su millón de amigos.

—Ni con el amiguismo en los cargos políticos.

—¿El problema es educativo?

—Hoy todos somos románticos sin saberlo. El niño que va al colegio ha mamado leche materna en su casa, en la tele, en las redes, de un ideario de autenticidad, de sinceridad, de autorrealización, que es la vulgarización del ideario romántico, que es bueno para el autoconocimiento pero malo para la convivencia.

—¿Por qué es tan difícil de modular?

—Somos herederos de una doctrina que considera que la libertad solo puede ser absoluta y sin límites y que toda restricción es alienante.

—Dice que la alta cultura contemporánea está condicionada por el prestigio de la tristeza. ¿Ha dimitido la cultura de su carácter didáctico?

—Nos insisten tantas veces. ¿Para qué sirve la filosofía? Para producir ciudadanos críticos. Hombre a mí me gustaría que también fuese para producir ciudadanos gozosos. Es cierto que para ser gozador inteligente debes ser crítico. Pero desenmascarar, deslegitimar discursos de opresión no es la finalidad. Petrarca dice: ¿Por qué hay tantos libros sobre la tristeza y ninguno sobre la dignidad? Para ver la tristeza basta con abrir los ojos —dice—, mientras que la dignidad requiere cavar profundo.

—Dice el verso de Vallejo «y al voltear me da con su tristeza en la cabeza»...

—En efecto. A partir del romanticismo se expresa la trilogía de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud, con los que llega a la plenitud una cultura que, en nombre de la liberación, se creó una filosofía que sospechaba de todo. Durante siglos la cultura fue un instrumento de socialización: cómo pasar del salvaje al ciudadano. A partir de Marx la cultura es solo un instrumento de dominación. La última expresión de eso fue la posmodernidad, la conversión de la cultura en el desmontaje total de las bases de nuestra tradición.

—¿Cómo estaba la dignidad, en recesión o solo abandonada?

—En el discurso cotidiano es absolutamente dominante, en las constituciones, la jurisprudencia, la robótica, la eutanasia, ingeniería genética, en los movimientos sociales, como los indignados, la ecología, el animalismo.

—Pero ausente en el campo teórico.

—Me di cuenta de que el concepto de dignidad, y también su historia, es inteligible cuando se coloca en el contexto de su debate con la miseria. ¿La vida es digna de ser vivida sí o no? La naturaleza crea el prodigio de la persona y luego le da el mismo destino que a los mosquitos. ¿Dónde ponemos el esfuerzo entonces, en ahondar en la tristeza y la miseria o en ofrecer argumentos que despierten en el lector el sentimiento de su propia dignidad?

—No hay término medio.

—El rechazo del pensar en la dignidad resulta estupefaciente. Es uno de los conceptos más revolucionarios que hay.

—La dignidad es inexpropiable, dice.

—Por lo tanto, ante cualquier intento de colectivización del individuo, aunque sea por una causa justa o de interés común la dignidad se resiste. Si está bien fundamentada, los totalitarismos serían imposibles. Incluso cuando la democracia tiene un riesgo, cuando la mayoría decreta contra la minoría.

—¿Sin un buen sistema educativo ponemos en peligro su prevalencia?

—Sugiero que la educación debe crear profesionales capaces de desarrollar un oficio con el que ganarse la vida. Ya es mucho un país de buenos profesionales. Pero la educación además y antes debe crear ciudadanos conscientes de nuestra dignidad. Esa dignidad que muchas veces estorba se resiste a las actividades sujetas a precio.

—¿Y cómo estamos?

—Después de Bolonia se ha puesto muchísimo el acento en lo profesional. Las humanidades son importantes porque no se trata solo de vivir, sino de una vida digna de lo humano. Antes que profesionales debemos formar ciudadanos.

—Son más gobernables los profesionales así entendidos.

—Claro, porque están sujetos a precio y el que pueda pagarlo los dominará.

—Hay un bordón moral en la obra...

—No solo están los valores de peso: la salud, la vivienda, la vida… No se trata solo de añadir más años a la vida, sino más vida a los años. Y vida humana. Me enamoran las disciplinas que le dan densidad, profundidad, conciencia, belleza y gozo a la vida. Trato de ponerlo por escrito por si a alguien también le sirve.

—Hay una especie de ecuación en el libro: la dignidad humana está en todo lo que significa el otro: el inmigrante, el disidente, el extranjero. Y todo se reduce: igualitarismo, cosmopolitismo; una sola raza de hombres dignos.

—Solamente hay una raza: la humanidad. Y solo un principio: la dignidad. Es una intuición del siglo XX

—Pero suena al siglo de las Luces.

—Pero entonces solo se referían a varones franceses blancos de clase alta.

—Ya. En el Bill of Rights que consagra la igualdad ante la ley de los hombres no se cita la palabra esclavitud, claro.

—Hay un progreso moral sin duda en nuestra civilización. La gran aportación del siglo XX será la dignidad abstracta. Durante milenios estaba vinculada a ciertas determinaciones: cuna, sangre, dinero, raza, sexo, religión… incluso del talento o las hazañas. La gran intuición del siglo XX es que la dignidad fundamental se abstrae de todas esas determinaciones. El origen de nuestra dignidad estriba en que pertenecemos a una especie que es mortal y que es consciente de que lo es.

—Es un concepto revolucionario.

—Alejandro Magno no es superior al inmigrante que pasa el Estrecho en patera desde el punto de vista de la dignidad, llevada a las últimas consecuencias. Eso hace que revienten todas las fronteras. Los Estados pueden imponer la ciudadanía legal, pero hay otra por encima, el cosmo-politismo, de ahí viene la palabra. Por ser hombre o mujer estás dotado de determinados derechos que deben ser respetados en cualquier lugar del mundo.

—El mundo y los telediarios hablan de una desigual implantación.

—Sí, pero la gente no cae en que si está en los telediarios es porque el siglo XX ha efectuado un progreso moral extraordinario. Desde el origen de la historia el extranjero era el paria sin derechos.

—Señala que en el mundo no ha desaparecido la indignidad pero quien la comete ya no sale impune.

—La diferencia entre una violación hace dos siglos y ahora. Durante milenios había violaciones encubiertas con otros nombres: esclava, concubina, extranjera, sierva bajo el derecho de pernada, el señorito y la criada… Hoy se viola, sí, pero menos y ya no puedes hacerlo sin envilecerte. Hay un escándalo en ello.

—Ese progreso es de toda la sociedad no de una ideología.

—Coincidiendo con el auge del capitalismo —no digo a causa de él— se ha pasado de la ley de la naturaleza, que es la ley del más fuerte, a la ley de la civilización, que es la ley del más débil. Esos casos estorban el progreso, hacen que la humanidad vaya más lenta, pero nos dignifican.

—Sin embargo, tenemos una percepción de vivir en una era de debilidad.

—¿Por qué si hemos progresado tanto cunde el descontento? No es tan extraño que el progreso de la conciencia de la dignidad produzca indignación. Nos escandalizamos por el trato que damos a los inmigrantes, pero es un prodigio civilizatorio otorgarles la misma dignidad equiparable a los nacionales. Esto es nuevo en la historia universal.

—¿Por qué tengo la impresión de que quienes reivindican la eutanasia como muerte digna hablan más de muerte que de dignidad?

—El filósofo no tiene un recetario que sirva para todos los casos prácticos. Pero si se habla de muerte digna no puede ser sugiriendo que quien en esas mismas circunstancias no opta por la muerte no tiene una vida digna. Tú podrás decidir que mueres, pero si decides morir no podrás decirme que vivirías sin dignidad. La dignidad es el principio ético más universal que existe. Mucho más que la felicidad.

—La felicidad tiene más bibliografía.

—El propio Aristóteles dice que la virtud aumenta las probabilidades de felicidad pero no asegura nada, como Príamo en Troya, al que no puede exigir que sea feliz si ha perdido a sus hijos.

—¿La dignidad no tiene excepciones?

—Tú puedes mantener la dignidad incluso en la cola del crematorio de Auschwitz. La felicidad no es universal pero la dignidad sí. No puedo imaginar una circunstancia en el mundo entero en la que uno no pueda obrar con dignidad. Por eso la dignidad de elegir la muerte no puede negar que vivir es igualmente o quizá más digno.

—¿Defiende el fervor para abandonar la tristeza de la cultura?

—Percibo una incapacidad de nuestra cultura hacia lo sublime. A partir del romanticismo se asoció lo sublime a lo perverso. La grandiosidad del abismo, de lo malo. Hoy la única grandeza que asumimos es la cuantitativa. El puente más largo, el edificio más alto... ¿Dónde quedó la grandeza de lo cualitativo? Lo digno de perdurar, de memoria, de admiración… Vivimos en una sociedad bizca para la grandeza cualitativa.

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Diálogos ABC

Con motivo de la presentación del libro el 19 de septiembre en el Teatro Real, tendrá lugar un Diálogo ABC, una conversación entre Javier Gomá y Bieito Rubido sobre la Dignidad. Para reservar plaza es necesario contactar con eventos@abc.es o 913399447. Imprescindible confirmación.