MÚSICA

Refinamiento alemán en el Concierto de Año Nuevo en Viena

Christian Thielemann fue el primer germano que dirigió a la Orquesta Filarmónica de Viena en la célebre gala

MadridActualizado:

Una audiencia de cincuenta millones de personas en más de noventa países de los cinco continentes es una cifra insólita para un concierto de música clásica. Lo consigue cada año, sin embargo, el Concierto de Año Nuevo de Viena, una gala insólita que ha conseguido otorgar a una música «ligera e intrascendente», pero al tiempo, espumosa y contagiosamente alegre como son los valses austríacos, una desbordante popularidad.

Transformado en fenómeno sociológico -las entradas se sortean cada año entre las personas registradas en la página web de la Filarmónica de Viena-, el Concierto de Año Nuevo, sin duda el más luminoso acontecimiento anual del mundo de la música clásica, nació, sin embargo, en circunstancias oscuras. El 31 de diciembre de 1939, los músicos vieneses ofrecieron un concierto con obras de la dinastía Strauss cuya recaudación se destinaría a una campaña nazi: Kriegswinterhilfswerk.

Oposición al nazismo

Apenas un año más tarde, y en plena Segunda Guerra Mundial, la Filarmónica de Viena ofreció el 1 de enero de 1941 un concierto matinal bajo el título Johann Strauss Concert; unos lo quisieron ver como una expresión de la individualidad vienesa frente a la ocupación nazi, pero las autoridades alemanas se apropiaron de la gala y la utilizaron como elemento de propaganda.

Clemens Krauss dirigió los primeros conciertos; tras el final de la guerra, los aliados le castigaron prohibiéndole dirigir durante dos años, por lo que le sustituyó Joseph Krips. En 1948 se levantó el castigo a Krauss y volvió al podio de la Filarmónica cada primero de año hasta 1954. Tras su muerte, en mayo de ese año, el Concierto de Año Nuevo en Viena lo dirigiría, hasta 1979, Willi Boskovsky, y desde entonces y hasta 1986, Lorin Maazel.

Y es que la tradición de elegir cada año un director diferente tiene apenas tres décadas de vida. Herbert von Karajan fue el primero, el 1 de enero de 1987, en un concierto inolvidable, y le han seguido Claudio Abbado (1988 y 1991), Carlos Kleiber (1989 y 1992), Zubin Mehta (1990, 1995, 1998, 2007 y 2015), Riccardo Muti (1993, 1997, 2000, 2004 y 2018), Lorin Maazel (1994, 1996, 1999 y 2005), Nikolaus Harnoncourt (2001 y, 2003), Seiji Ozawa (2002), Mariss Jansons (2006, 2012 y 2016), Georges Prêtre (2008 y 2010), Daniel Barenboim (2009 y, 2014), Franz Welser-Möst (2011 y 2013) y Gustavo Dudamel (2017).

A muchos les sorprendió el anuncio, el pasado año, de que el encargado de dirigir a la Orquesta Filarmónica de Viena en su más señalado concierto del año sería Christian Thielemann (Berlín, 1959), que dirige a los vieneses desde el año 2000, y que es el primer alemán que se pone al frente de la formación vienesa en esta gala. Director de la Staatskapelle de Dresde, además de director artístico del Festival de Pascua de Salzburgo y director musical del Festival de Bayreuth, es precisamente en el denso repertorio wagneriano y bruckneriano donde Thielemann ha brillado especialmente. No eran pocos los que dudaban de que fuera capaz de encender la chispa de estas floridas partituras. Él se defendió recordando que durante su juventud había dirigido a menudo este repertorio.

Una tímida sonrisa

Un repertorio, por otra parte, que parece infinito, y que permite a cada director encontrar alguna que otra pieza inédita o semidesconocida con que aportar su particular sello en un concierto lleno de tradiciones inamovibles -la intepretación de «En el bello Danubio azul», la felicitación unísona de los músicos, los aplausos rítmicos del público en la marcial «Marcha Radetzky»...-; Thielemann incluyó seis novedades: la «Marcha Schönfeld», de Carl Michael Ziehrer; la polca «Exprés» y el «Vals de Eva», ambas de Johann Strauss hijo; la polca «La bailarina», de Josef Strauss; «Noche de ópera», otra polca de Eduard Strauss; y el vals «Entreacto», de Josef Hellmesberger jr.

Parecía Thielemann consciente de la histórica ocasión, y a su rostro teutón solo asomó la sonrisa muy avanzado el concierto. Hasta entonces mantuvo rígida la figura para firmar una dirección firme y refinada de las piezas elegidas.

La transparencia y la elegancia fueron el denominador común de las interpretaciones: Particularmente hermosos fueron los diez minutos finales del concierto, con el vals de Josef Strauss «Música de las esferas»; la entidad que orquesta y director dieron a la obertura de la opereta «El barón gitano», de Johann Strauss hijo; o el encanto de la pieza del mismo autor «Vida de artista», que en la retransmisión contó con la complicidad de la contemporáneamente dinámica coreografía de Andrey Kaydanovskiy.

En los bises, el maestro se mostró relajado y feliz; dejó descansar la batuta en señal de admiración a la orquesta, y también su flequillo se sintió libre.