Mario Praz (Roma, 1896-1982)
Mario Praz (Roma, 1896-1982)
LIBROS

«El pacto con la serpiente», vivir dentro de una libélula

Mario Praz fue un crítico literario y artístico cuyo predicamento por lo escondido, por lo secundario, aún deja huella

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Comienzo a escribir esta crítica y me descubro a mí mismo enredado en una descripción minuciosa del cuadro de la portada del libro, una representación de Eva de turbadora sensualidad tomada de un cuadro del siglo XVI. Pero ¿qué estoy haciendo? La serpiente me ha mordido, y estoy reaccionando a su veneno. No escribo una crítica sobre un libro de Mario Praz: escribo como lo haría Praz. Escribo como si fuera, dentro de mis modestas posibilidades, Praz. Y esto ¿qué es? Steiner afirma en algún lugar que «comprender» significa «traducir». Pero hay un comprender más profundo que consiste no en decir lo que dice el otro con otras palabras («traducir»), sino en ser el otro, en fundirse. Observo que esto mismo me sucede a veces con los libros y los autores que me fascinan: toda posible distancia «crítica» queda anulada, y empiezo a pensar y a escribir como si fuera el autor que debería diseccionar, y que en realidad me está diseccionando a mí. Leer a Praz es entrar en su mente erudita, frondosa, prolija, deslumbrante. Leer a Mario Praz es convertirse, aunque sea durante unas horas o unos días, en Mario Praz.

Pero lo mismo le sucede a él. Praz no es tanto un crítico (alguien que se separa y examina) como un participante. No es exactamente un estudioso del romanticismo y del decadentismo, sino que es él mismo un esteta, un decadente. «Yo tengo una debilidad por estos menores que buscan las mariposas bajo el arco de Tito», escribe. Le fascinan los talentos de segunda fila, los rincones de la gran biblioteca universal, que son los que dan verdadera profundidad, misterio y perspectiva al hecho literario.

El color del tiempo

Los escritores geniales como Shakespeare, escribe, no tienen cara: su rostro es un huevo vacío. Pero los «menores» que buscan mariposas son, sobre todo, personas, cuyas vidas nos cuenta con detalle y simpatía. Su texto sobre Monckton Miles, por ejemplo, es una disección de la persona, mucho más interesante que su obra secundaria y olvidada. Todos los libros merecen ser leídos, afirma Praz a propósito de Symonds: «Nunca se sabe, todo puede ser documento», ya que hasta los libros más intrascendentes contienen en su interior el «color del tiempo», el color de su tiempo.

La visión del «romanticismo» de Praz siempre me ha maravillado: es, simplemente, la literatura del siglo XIX. Románticos son Byron, Flaubert, Swinburne, Proust. «No se puede habitar una araña o una libélula gigante», escribe a propósito del estilo Liberty. Claro que no, pero vemos que él ha soñado con hacerlo y que en realidad, su alma habita dentro de una inmensa libélula de cristal. Por esa misma razón, en un giro psicológico característico (ya que todos los estetas terminan siendo moralistas), juzga su adorado «estilo floreale» con cierto desdén. «Uno siempre asesina lo que ama», afirma Wilde, un autor al que Praz, como era de esperar, trata con una severidad alarmante.