Margarita García Robayo, fotografiada en una librería de Madrid poco antes de la entrevista
Margarita García Robayo, fotografiada en una librería de Madrid poco antes de la entrevista - ERNESTO AGUDO
LIBROS

Margarita García Robayo: «Es muy loco que el realismo mágico siga siendo un referente tan fuerte»

La escritora colombiana es una de las voces más incontestables de la nueva narrativa hispanoamericana y en «Primera persona» vuelve a demostrarlo, esta vez desde la no ficción

MadridActualizado:

Margarita García Robayo (Cartagena, Colombia, 1980) es un torrente de talento. Cuando escribe, y cuando habla. A este lado del charco tenemos la suerte de leerla a menudo, pero menos de escucharla. Por eso fue un lujo coincidir con ella la última vez que pasó por Madrid para presentar «Primera persona» (Editorial Tránsito), una colección de escritos formulados desde el yo, pero que en realidad hablan de nosotros.

¿Quién sería ese nosotros: su generación, las mujeres, Hispanoamérica, los autores?

Todos ellos. Pero, si marcamos líneas más visibles, en primer lugar está el nosotras, la subjetividad de la mirada de una mujer sobre las mujeres, pero no es un libro feminista.

Decir eso le restaría valor.

Claro. Planteo una serie de contradicciones que encuentro dentro de esta cosa que está tan en boga que es las mujeres como conjunto. Como individuo, es muy difícil cuestionar todo un movimiento, pero en el libro me atreví a hacerlo.

¿Y qué contradicciones ve?

Un montón. Una gran falla es la imposibilidad de ver los matices;ese blanco o negro no ayuda a complejizar la discusión, y las discusiones tienen que ser complejas, porque si no estamos redundando en lo mismo. Y hay una cosa que se deriva de lo anterior: la incapacidad de reconocer lo que se ha recorrido, como si antes no hubiésemos sido marginadas. Y esa especie de deber ser, de solidaridad ciega, como si las mujeres sólo por ser mujeres fuéramos santas. Dicho esto, entiendo la necesidad de extremar algunas cosas, porque del otro lado el hombre blanco de clase media ha vivido con privilegios incuestionables toda la vida, y si ahora se siente un poco incomodado, se la tiene que bancar.

Su ficción está atravesada por la búsqueda de identidad.

Sí, totalmente. Uno suele tener claro de dónde viene, el origen no suele ser una cuestión conflictiva. Lo que no está nunca claro, al menos en mi caso, es adónde pertenezco, de dónde termino siendo. Esa pertenencia es como el hueco que no consigo llenar de sentido.

Ahora vive en Buenos Aires.

Sí, porque tengo dos hijos y están allá, pero voy mucho a otros lados. La sociología dice que la patria es un hijo.

¿Su patria son sus hijos?

Yo diría que sí. No sé si mi patria, pero es algo que le sumó algún sentido que me hacía falta. Nunca me dije: «Necesito tener hijos para completar no sé qué cosa»; pero, una vez existen, te ponen en cuestión un montón de cosas e intentas clarificar otras, no todo puede seguir siendo tan por definir.

¿Qué diferencias narrativas encuentra entre escribir desde el yo y hacerlo desde el otro?

Si bien es válido que una historia, en la literatura, parta de la experiencia personal, no se puede agotar en ella, porque entonces no pasa de ser anécdota, y yo tengo la pretensión de hacer literatura. Si quisiera hablar de mí misma, escribiría un «post» en Facebook. Yo escribo desde la necesidad de decir cosas, las tramas cada vez me interesan menos.

¿Por qué?

Una buena trama es una buena trama, pero se me acaba cuando termina el libro, mientras que un libro que te dice cosas, que te muestra una mirada que desconocías sobre algo que sí conoces… Para mí, la conmoción en los libros es fundamental, más allá de que los personajes cierren y sea una trama perfecta. Lo que más me importa es lo que yo pueda aportar en términos de mi mirada sobre un tema específico y que eso de algún modo toque al lector en su emotividad.

Veo que como autora busca lo mismo que como lectora.

Sí, es así. Antes no era tan así, pero ahora cada vez más busco eso que intento producir, esa conmoción.

Es cuestión de madurez.

Sí, porque eso se puede trasladar también a la vida. Yo lo que busco en la gente no es lo que hace, sino lo que a nivel humano me pueda transmitir.

Por cierto, ya es hora de que desaparezca ese prejuicio de que los autores hispanoamericanos sólo escriben realismo mágico, ¿no cree?

Tiendo a pensar, porque soy demasiado optimista, que la gente ya no piensa eso, pero es mentira. En Colombia, cuando a los escritores jóvenes nos hablan de García Márquez no sentimos que sin eso no nos podríamos haber formado. Es algo tan lejano en el tiempo, en las búsquedas y en las sensibilidades de las nuevas generaciones… Es muy loco que para el mundo siga siendo un referente tan fuerte, porque no es así.

¿Y desde dónde escribe?

Hay un tema que siempre me jala y del que me veo obligada a hablar, y tiene que ver con nuestra realidad común, que es la desigualdad. La gran diferencia entre una crisis europea y una latinoamericana es que acá siempre empieza por un piso más alto. Yo no escribiría lo que escribo si no viviera en un lugar marginal, siempre miro desde la periferia, porque es lo que me ha tocado en la vida.