Juan Manuel de Prada - Raros como yo

Crepúsculo de una ninfa

La obra de Elisabeth Mulder partió de la novela rosa para luego ir en pos de Somerset Maugham o las Brönte

Juan Manuel de Prada
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En sus retratos de juventud, Elisabeth Mulder (1904-1987) tiene algo de «madonna renacentista» y algo de actriz de cinematógrafo que se hubiese propuesto sobrevivir al tránsito del mudo al sonoro. Su mirada, de una serenidad doliente, parece haberse asomado a ese abismo donde se agolpan las pasiones que no osan pronunciar su nombre. Intuimos que debió de ser una mujer que escondía un espíritu en perpetua complicidad con las esencias puras; como si, bajo su apariencia carnal, se agazapase un hada o una ninfa habitante de regiones que no figuran en los mapas.

Había nacido en Barcelona, hija única de una familia burguesa con aficiones artísticas. Su padre, Enrique Mulder, holandés de madre española, era médico y pintor diletante; su madre, Zoraida Pierluisi Grau, portorriqueña de ascendencia italiana y catalana, contaba entre sus ancestros con el célebre compositor Giovanni Pierluigi da Palestrina. Su infancia se repartió entre Barcelona y Puerto Rico, donde sus progenitores regentaban una hacienda dedicada al cultivo de la caña.

Caudal tenebroso

La formación de Elisabeth Mulder, ajena a las convenciones pedagógicas de la época, iba a prefigurar el talante de la escritora, alejado de escuelas y conciliábulos. En 1921, con apenas diecisiete años, se casa con Ezequiel Dauner, un abogado que había colgado la toga para consagrarse a los negocios y a la política municipal. Tras algunas escaramuzas periodísticas se estrena como poetisa en 1927 con «Embrujamiento», un libro de trasfondo doliente aliviado por el tono cascabelero de los versos quebrados. Pero será en «Sinfonía en rojo» (1928) donde Elisabeth Mulder se atreva a liberar el caudal tenebroso de sus angustias, la fiebre abrasada de su vida interior, que la llevaba en pos de imposibles ideales, como la falena vuela en pos de la luz que abrasa sus alas.

En 1930 enviuda súbitamente y ya nunca volverá a casarse. Por estas mismas fechas estrena sus primeras armas como narradora en la revista «Lecturas», una publicación femenina que seguía las enseñanzas de las revistas noveleras fundadas por Zamacois. Poco a poco, sus narraciones van abandonando los senderos trillados del sentimentalismo para introducir elementos de renovación en los esquemas del género rosa. También en estos años se ejercita en la traducción de Baudelaire y Pushkin, Shelley y Keats; y quizá esta convivencia con los maestros le sirve para comprender que la poesía no figura entre sus dones.

Las mejores novelas de Mulder destacan por su introspección psicológica y su cosmopolitismo

En 1935 publica su primera gran obra, «La historia de Java», una parábola sobre la libertad femenina y un esforzado «tour de force» narrativo, ya que cede el protagonismo (y el punto de vista) a Java, una gata salvaje que rehuye el trato con los humanos y mantiene una tensa relación de riñas y reconciliaciones con un «hombre rubio» al que llegará a obsesionar. La respiración de la frase, inequívocamente poemática, cierto clima de desasosiego inaprensible y la alusión constante a sentimientos prohibidos contribuyen a mostrarnos la radiografía de una mujer que se siente «extranjera en cualquier parte».

Durante la Guerra Civil, Elisabeth Mulder tendrá que solicitar protección al Consulado de los Países Bajos, atemorizada ante los expolios y tropelías de los milicianos anarquistas. Los logros más granados de su literatura se irán sucediendo a lo largo de la década de los cuarenta, con novelas que se aventuran por los vericuetos de la introspección psicológica y el cosmopolitismo, en la estela de Somerset Maugham. «La gran novela desecha más que aprovecha y el gran novelista debe tener bastante más de filtro que de esponja», escribió Elisabeth Mulder, en una de las escasas ocasiones en que se resignó a enunciar su poética.

Lento crepúsculo

En «Crepúsculo de una ninfa» (1942) prueba, a través de la saga de una familia en decadencia, una historia de pasiones elementales y personajes un tanto patológicos, como una suerte de versión desvaída de «Cumbres borrascosas». «El hombre que acabó en las islas» (1944) es una novela de «tempo» lento en la que la descripción de ambientes sirve Mulder para expresar los climas anímicos de su esquivo protagonista. «Alba Grey» (1947) quizá sea el libro más nítidamente mulderiano, pues en él quedan reflejadas esas «populosas soledades» que afligen a sus criaturas, convirtiéndolas en perseguidoras de quimeras.

A partir de aquí, la producción de Elisabeth Mulder decrece drásticamente, tal vez por agotamiento de su numen, tal vez hastiada de su constante preterición. Su última obra meritoria, «El vendedor de vidas» (1953), de estirpe barojiana, sustituye los escenarios cosmopolitas por la Barcelona de la posguerra, asaltada por los fantasmas de la miseria y el estraperlo. Herida por una ceguera progresiva que la va empujando lentamente hacia el crepúsculo, se despedirá con «Las noches del gato verde» (1963), una incursión en la literatura infantil. Durante más de treinta años, Elisabeth Mulder vivirá ese tibio y confortable anonimato de quienes ya nada esperan, enviando esporádicos artículos a «La Vanguardia» y ABC que le publican muy remolonamente, cuando se los publican.

Quizá en el momento de su extinción, cuando por fin era llama pura, pudo al fin susurrar su secreto. Los necrólogos no lo escucharon y su defunción apenas fue reseñada en la prensa, quizá porque el mundo del que Elisabeth Mulder desertaba ya no era su mundo.

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