Supuesto retrato de Leonardo
Supuesto retrato de Leonardo - GALERÍA DE LOS UFFIZI, FLORENCIA

Leonardo da Vinci: retrato de un genio con muchas luces... y algunas sombras

Ve la luz en España una biografía del artista, escrita por Walter Isaacson, que será llevada al cine con otro Leonardo (DiCaprio) como protagonista

MadridActualizado:
«Cabeza de una joven», de Leonardo. Estudio para «La Virgen de las rocas»
«Cabeza de una joven», de Leonardo. Estudio para «La Virgen de las rocas»- ABC

A falta de un año para conmemorar los 500 años de la muerte de Leonardo da Vinci, ya hay mucho movimiento en torno a uno de los mayores genios de la Historia. Primero fue la compra, por parte de un príncipe saudí, de «Salvator Mundi» por 450 millones de dólares, aún habiendo serias dudas sobre su autoría. Y ahora una monumental biografía, editada en España por Debate, arroja luz sobre el artista y su obra. Biógrafo de personalidades tan fascinantes como Steve Jobs (2011), Einstein (2008), Benjamin Franklin (2003) o Kissinger (1992), Walter Isaacson –profesor de la Universidad de Tulane, fue editor de «Time» y presidente de la CNN– se enfrenta a una figura compleja, enigmática, con mil y una aristas, a la que dará vida en el cine otro Leonardo más mortal (DiCaprio) en un filme basado en su libro. Su principal virtud ha sido trazar la vida y la obra de Da Vinci a partir de sus maravillosos cuadernos: más de 7.200 páginas abarrotadas de dibujos y anotaciones. Curioso insaciable, lo apuntaba todo en un cuaderno que llevaba atado al cinturón. No en vano, procede de una familia de notarios. Salía a la calle en busca de rostros que dibujar, de cadáveres que diseccionar.

«La Dama del Armiño», de Leonardo
«La Dama del Armiño», de Leonardo- ABC

Además de su curiosidad sin límite, suplía su falta de estudios gracias a sus dotes de observación, su aguda mirada, una imaginación desbordante y su obsesión por fusionar arte y ciencia, humanidades y tecnología. Nada le era ajeno: hizo estudios de anatomía, fósiles, pájaros, óptica, perspectiva, máquinas, botánica, geología, armamento, geometría (nunca se le dio bien la aritmética), astronomía, hidrodinámica, espectáculos teatrales... Salieron de su zurda y prodigiosa mano algunos de los más hermosos retratos femeninos de la Historia del Arte (la Mona Lisa, la Dama del Armiño, la Belle Ferronière, Ginevra de Benci...) –tan solo conocemos uno masculino–, fascinantes y coreográficas composiciones en las que manipuló magistralmente la perspectiva («La Última Cena») –según Isaacson, «revela los movimientos del alma mediante los movimientos del cuerpo»)–, complejas obras narrativas como «Santa Ana, la Virgen y el Niño», y se devanó los sesos para hallar la proporción áurea y probar la cuadratura del círculo. Lo estudió con ahínco en «El hombre de Vitruvio».

Fragmento de «La Adoración de los Reyes», de Leonardo
Fragmento de «La Adoración de los Reyes», de Leonardo - ABC

El vuelo de las aves

«La Gioconda», de Leonardo
«La Gioconda», de Leonardo- MUSEO DEL LOUVRE

Fascinado por los remolinos de agua y el movimiento, no paró hasta saber por qué brilla la luna y por qué el cielo es azul. Estuvo más de 20 años observando el vuelo de las aves y tratando de que el hombre volase. A ello dedicó una docena de cuadernos: más de 500 dibujos y 35.000 palabras. Quizá todo se deba a un recuerdo de la infancia que le atormentaba: un pájaro llegó volando y se posó en la cuna, le metió la cola en la boca y le hurgó dentro. Leonardo diseñó ballestas gigantes, tanques tortuga, una lira en forma de cráneo de caballo, unas gafas para sus inmersiones en el Arno y hasta frivolidades como la fórmula para fabricar un tinte rubio oscuro o cómo preparar el baño para la esposa de Ludovico Sforza. Su lista de tareas pendientes es sorprendente: describir cómo es la lengua del pájaro carpintero, la mandíbula de un cocodrilo, la placenta de un ternero, el movimiento de las alas de las libélulas... Vamos, lo normal para el común de los mortales.

«San Jerónimo», de Leonardo
«San Jerónimo», de Leonardo- ABC

El retrato en claroscuro (con luces y sombras, como sus obras) que traza Walter Isaacson de este genio vegetariano es benévolo (rubio, atlético, fuerte, afable, ameno conversador, elegante, refinado, sofisticado), aunque no esconde que fue un inadaptado (bastardo y homosexual), ni sus errores y fracasos, que los tuvo. Así, la pintura al óleo y temple sobre yeso seco empleada en «La Última Cena» no ha aguantado el paso de los años y casi se ha desvanecido («una idea genial pero de ejecución defectuosa», advierte Isaacson, que define a Da Vinci como «maestro de lo inconcluso»). Tenía la manía de dejar sin acabar la mayoría de los proyectos que emprendía. Disfrutaba más concibiendo una idea que ejecutándola. No se deshizo nunca de algunas de sus obras. Es el caso de «La Adoración de los Reyes» («la pintura inacabada más influyente en la Historia del Arte») y «San Jerónimo», que retocó décadas después para dibujar correctamente el esternocleidomastoideo: supo entonces que hay músculos dobles en el cuello. Perfeccionista hasta lo enfermizo, le gustaba retocar la pintura al óleo con sus manos. Resultan emocionantes los rastros de sus huellas dactilares en la «Anunciación» y en el retrato de Ginevra de Benci. Tampoco se deshizo nunca de la Mona Lisa. «Leonardo crea una sonrisa imposible de retener, esquiva a quienes intentan verla», dice Isaacson, para quien la copia del Museo del Prado «es la más bella».

De la pluma al bisturí

«El hombre de Vitruvio», de Leonardo
«El hombre de Vitruvio», de Leonardo- ABC

Cuesta imaginar a alguien tan distinguido como lo pintan, a un dandi que lucía túnicas rosadas en satén y terciopelo, cubierto de sangre diseccionando caballos, vacas o cadáveres humanos, mientras se descomponían a toda velocidad, para desentrañar cómo era el interior del cuerpo y poder dibujarlo y pintarlo. Como estaba prohibido diseccionar cadáveres femeninos, recurrió a una vaca para estudiar el feto. «La mano de Leonardo fue tan hábil con la pluma como con el bisturí», advierte Isaacson. Entre sus hallazgos, hizo la primera descripción de la arterioesclerosis como un proceso en función del tiempo, fue uno de los primeros en observar que el sistema sanguíneo estaba en el corazón y no en el hígado y el primero en saber cómo funciona la válvula aórtica.

Visionario y pionero del humanismo científico (aunó curiosidad científica y virtuosismo artístico), ideó proyectos megalómanos que no se llevaron a cabo: desviar el Arno excavando un canal de diez metros de profundidad, construir un canal navegable entre Florencia y el Mediterráneo, drenar las marismas de Piombino... Algunos se harían realidad siglos después.

Homosexualidad

«Santa Ana, la Virgen y el Niño», de Leonardo
«Santa Ana, la Virgen y el Niño», de Leonardo- MUSEO DEL LOUVRE

Pintor de ángeles andróginos, fue homosexual, al igual que Botticelli, Donatello, Cellini o Miguel Ángel. Aunque lo llevó con mucho menos tormento que éste último. Leonardo fue acusado de sodomía con Jacobo Saltarelli, de 17 años. Tuvo a su servicio a muchos jóvenes, como Atalante Migliorotti, un músico, o Gian Giacomo Caprotti, apodado Salai (diablillo), un ladronzuelo de 10 años del que el maestro se encaprichó y con el que vivió casi toda su vida. Seguramente fue su amante. «Leda y el cisne», única escena abiertamente sexual de Leonardo, está desaparecida, aunque sabemos cómo era porque se conservan muchas copias. Se le atribuyó a Da Vinci un impúdico ángel con pechos femeninos y pene erecto, que seguramente fue obra de Salai. La Familia Real británica, comenta Isaacson, se avergonzaba de esta obra, que fue robada y acabó en Alemania.

A los 55 años, conoce a Francesco Melzi, de 14 años e hijo de un noble. Leonardo lo adoptó: fue para él un padre y su maestro. Melzi se convirtió en su secretario personal y uno de sus ayudantes en el taller. Le nombró albacea y recibió la mayor parte de la herencia, por culpa de la cual Leonardo mantuvo agrias disputas y demandas judiciales con sus once hermanastros.

Rivalidad con Miguel Ángel

La biografía aborda su amistad con Maquiavelo y su rivalidad con Miguel Ángel, con quien no tenía nada que ver (éste era irascible, neurótico, atormentado, austero, iba desaliñado y sucio). Relata Isaacson algunos episodios que revelan la mala relación entre ellos. Quisieron enfrentar a Leonardo, de 51 años, y Miguel Ángel, de 28, en una competición artística con sendos encargos para la Sala del Gran Consejo del Palazzo della Signoria de Florencia. El primero, plasmando en una pared una escena de la Batalla de Anghiari. El segundo, en otra, una escena de la Batalla de Cascina. Los dos abandonaron sus proyectos y fue Vasari quien acabó decorando la sala.

«La muerte de Leonardo» (1818), de Ingres
«La muerte de Leonardo» (1818), de Ingres - ABC

Mecenas

No tuvo Da Vinci mucho ojo con sus mecenas: Ludovico Sforza envevenó a su sobrino para quedarse con el ducado de Milán, César Borgia era un tirano y piscópata... Leonardo estuvo ocho meses a su servicio y viajó con sus ejércitos. Sorprende que, siendo pacifista, trabajara para él. Isaacson lo explica así:«Le atraía el poder. Aborrecía la guerra, pero también le fascinaba». Fue Francisco I de Francia su principal mecenas. Decía Cellini que estaba enamorado de Leonardo. Éste muere el 2 de mayo de 1519 a los 67 años. Según el fantasioso Vasari, en brazos del rey, escena que inmortalizó Ingres. La última obra de Leonardo fue un dibujo de cuatro triángulos rectángulos. Interrumpió el trabajo «porque la sopa se enfría». Curiosamente, fueron esas las últimas palabras que anotó un hombre que escribió de todo y sobre todo lo divino y humano.

Dibujo anatómico de Leonardo
Dibujo anatómico de Leonardo- ABC

No elude Isaacson en su biografía hablar de la teoría conspirativa de Dan Brown en «El Código Da Vinci» («constituye un estupendo giro argumental para una novela trepidante, pero no respaldada por la realidad»), ni de obras que han centrado recientes polémicas, como el dibujo de «La joven Principessa» (se ha identificado con Blanca Sforza, hija ilegítima del duque de Milán) y «Salvator Mundi». Habla de los debates sobre ellas entre los especialistas (Carlo Pedretti, Martin Kemp, Mina Gregori...) Una historia detectivesca, incluido un perito forense, huellas dactilares, demandas judiciales... Tanto su vida como su obra siguen siendo, 500 años después de su muerte, un misterio. Tras leer esta apasionante biografía, nos preguntamos cómo un hombre pudo hacer todo esto, y mucho más, en una sola vida. Dan ganas de tirarse al Arno con las gafas que inventó.