Màxim Huerta en la final del Roland Garros
Màxim Huerta en la final del Roland Garros - EFE

Màxim Huerta, breve historia de un ministro breve

El escritor ha sido el titular más efímero de la historia de nuestra democracia

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Breve y polémica ha sido la historia de Màxim Huerta en el Ministerio de Cultura y Deporte. Desde el minuto uno, cuando el presidente Pedro Sánchez pronunció su nombre, la llegada de este periodista y escritor a la Casa de las Siete Chimeneas –nombre de la sede del ministerio en la Plaza del Rey– fue de sorpresa en sorpresa. Ayer en la despedida hablaba de una «jauría» y del «ruido» para definir las críticas y las polémicas que le han rodeado, un exceso verbal impropio de quien llegó reivindicando una cierta ingenuidad al asumir un cargo político de primera línea. A pesar de arriesgarse con su escasa experiencia de gestión pública, la política es un juego duro que no perdona a nadie.

Como político ha sido el ministro más breve de la historia de nuestra democracia. Màxim Huerta fue una incorporación de última hora que sonaba a improvisación al frente de un Ministerio en el que ha durado menos de una semana. Se ha sabido después que Pedro Sánchez había recibido varias negativas antes de fichar al periodista, que inició su carrera como presentador de informativos en Canal 9 y Telecinco y dio el salto a la fama en el programa de Ana Rosa.

Problemas a las puertas

Después de unos años perteneciendo a la «jauría» mediática, el viernes pasado recogía la cartera de manos del exministro Íñigo Méndez de Vigo con una alocución con ribetes de emoción personal que ganaron la atención de todo el mundo. Hay que señalar que los primeros problemas le recibían de manera festiva y reivindicativa a las puertas de su toma de posesión, con una manifestación de trabajadores del Teatro de la Zarzuela cantando contra la fusión con el Real.

El primer plano de la actualidad tiene un alto precio que se llama escrutinio. A falta de proyecto propio –lo cual era imposible por cómo se habían precipitado los acontemimientos– fueron sus manifestaciones en las redes sociales las que captaron la atención de todo el mundo desde el primer momento. Así llegaron las primeras polémicas asociadas a sus gustos, y hay que decir que comenzó a gestionarlas con bastante soltura. Una vez nombrado ministro, el tiempo se acelera. El sábado se daba su primer baño de multitudes en la Feria del libro de Madrid, un ámbito en el que se le vió cómodo, en el parque del Retiro madrileño a rebosar de lectores y escritores, amigos todos del ministro y de la novedad, que buscaban hacerse fotos con él.

Pero en aquellos momentos había otra legión de lectores haciendo arqueología en su cuenta de Twitter. Pronto llegó un alud de comentarios por sus antiguas e inconvenientes frases sobre el deporte y otros temas de su competencia. Twitter es lapidario, demasiado para alguien que no sabe que será ministro.

No pudo trasnochar, porque el domingo tocaba vuelo hacia París para apoyar a Rafael Nadal en su épica victoria en la final del Roland Garros –tuiteó roland con dos eles y se lo afearon, ya no le perdonaban ni una a esas alturas– y, mientras estaba allí, con un sombrero de paja que recordaba el de un Vincent Van Gogh, pero sofisticado, comenzaban a barajarse nombres que trataba de reclutar y tal vez acudirían para apoyarle, por ejemplo en la Secretaría de Estado para el Deporte y otros cargos que el BOE aún ni había definido. Llegó a hablarse de Conchita Martínez, candidata que causó algunos comentarios por su (regular) relación con Nadal.

En sus pocas apariciones televisivas y radiofónicas ha gastado la mayor parte de su tiempo en antena explicando los antiguos tuits que envió y que le han resultado tan incómodos como ministro de Deporte como sus opiniones a veces abruptas sobre mil cosas. A la postre se pensaba alguien «normal». ¿Quién no ha tenido problemas con Hacienda? Esos problemas han acabado con su efímera carrera.

El sector cultural decidió darle una oportunidad. No ha habido tiempo para ver nada, desgraciadamente. Pero supimos que su primera protección política no le vino del aparato del partido, sino de otra persona procedente del sector cultural que alcanzó el rango de ministro de Cultura en el Gobierno de Zapatero: Ángeles Gonzalez-Sinde. Los miembros más destacados del equipo de Màxim Huerta coinciden con los leales de la exministra.

Ha mantenido dos importantes reuniones de trabajo en su mandato. Una fue el martes, durante mas de tres horas, con su jefe de gabinete y con el secretario de Cultura del PSOE. El tema era urgente, muy urgente: el conflicto que vive la SGAE, en una deriva peligrosa que precisa decisiones del nuevo Gobierno. A la salida de la reunión advirtió en Twitter que él ya estaba poniendo la lupa sobre la SGAE. No le ha dado tiempo ni a quitarla.

La otra reunión tuvo lugar ayer a las 16 horas, en La Moncloa. Pedro Sánchez le llamó para pedirle que pusiera su cargo a disposición del Gobierno. Y lo puso. Dimitió desde un atril con rótulo actualizado de su Departamento. Pero dijo su adiós con un cartel a la espalda que decía «Ministerio de Educación, Cultura y Deportes». Ni a cambiarlo ha dado tiempo.