Detalle de «Las Ciencias y las Artes» de Adriaen van Stalbent, de la colección del Museo del Prado
Detalle de «Las Ciencias y las Artes» de Adriaen van Stalbent, de la colección del Museo del Prado - Wikipedia

Juan de Espina, el excéntrico curioso que atesoró los códices de Leonardo da Vinci

Pedro Reula publica la primera monografía en 111 años sobre este enigmático coleccionista del siglo XVII del que escribió Quevedo y a cuyas fiestas acudía hasta Felipe IV

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Probablemente el nombre de Juan de Espina ni siquiera le suene, pero hubo un tiempo en el que todo el que se preciaba en Madrid suspiraba por asistir a alguna de las extraordinarias fiestas que este excéntrico coleccionista organizaba en su casa, a las que acudía hasta el mismísimo Felipe IV, y contemplar los extraños objetos que allí atesoraba, entre ellos los Códices Madrid de Leonardo da Vinci que actualmente se conservan en la Biblioteca Nacional.

Fue tal la popularidad de este singular personaje que Francisco de Quevedo le dedicó una de las semblanzas de sus «Grandes anales de quince días» en la que le describe como un sabio, amante del arte. «Su casa fue durante años abreviatura de las maravillas de Europa, para gran honra de nuestra nación, visitada por los extranjeros, que, de España no hablaban de otra cosa más que de su recuerdo», escribió el literato del Siglo de Oro.

La fama de nigromante que adquirió con sus espectáculos de magia natural continuó más si cabe tras su muerte en 1642 porque, de la pluma del dramaturgo José de Cañizares, este clérigo de polifacéticas aficiones se convirtió en el siglo XVIII en protagonista involuntario de populares comedias de magia que se representaron en todos los corrales españoles y americanos hasta 1865.

Pedro Reula Baquero
Pedro Reula Baquero- Cedida

Su historia daría para una novela, película, o incluso una serie, pero apenas es conocida hoy salvo por los investigadores que han indagado en una u otra de sus múltiples facetas. Pedro Reula Baquero, músico y doctor en Historia del Arte, ha reunido cuanto se sabe de él en « El camarín del desengaño» (Centro de Estudios Europa Hispánica, 2019), la primera monografía del personaje desde la que escribió Emilio Cotarelo hace 111 años. Entre las 534 páginas de esta ambiciosa aproximación a «un Juan de Espina total», aporta documentos históricos inéditos, como su partida de bautismo en 1583, que dan fe de la existencia real de este enigmático hidalgo de origen cántabro.

«El poder de fascinación de Juan de Espina sigue intacto, pero todavía recluido en lo más recóndito de la historia», afirma Reula, quien para entender a este «personaje pintoresco, que se dedicaba a cosas muy diferentes porque era un coleccionista, un músico teórico diletante, un aspirante a mago natural...» ha tenido que ponerlo en su contexto, el complejo mundo político, social y cultural del siglo XVII.

Los curiosos

«Juan de Espina no solamente era un personaje raro y extravagante que se dedicaba a la magia natural y a experimentos con la enarmonía y que tenía documentos de Leonardo da Vinci. Todo eso forma parte de una cultura de la época, de la cultura de los curiosos», afirma antes de explicar que éstas eran personas con mucha curiosidad por todos los aspectos del saber y que se fijaban en la filosofía, en las ciencias naturales, la astronomía, la tecnología o el arte. «Todas las ciencias y las artes formaban parte de su ámbito de la curiosidad», resume Reula. En aquel entonces, un curioso, virtuoso o diletante era un coleccionista, que en todo lo que reunía buscaba ampliar su saber. «Era un medio para alcanzar la virtud de la sabiduría», dice.

En España, se suele considerar curioso al aragonés Vincencio Juan de Lastanosa, pero esta figura «no estaba muy definida», según Reula, o no tuvo el hueco que adquirió en otros países, que quizá tenían límites menos estrechos para la curiosidad. En Italia, por ejemplo, se fundó a principios del siglo XVII la Academia del Lincei (Academia nacional de los Linces), que congregaba a estudiosos de diversas ciencias, entre los que se figuró Galileo Galilei. Con su variado interés por las artes y las ciencias y su ingente colección de obras de arte y curiosidades, Espina formaba parte de este variopinto «club» de curiosos de su tiempo del que formaban parte Giambattista della Porta, Manfredo Settala o Athanasius Kircher.

Su obsesión por Rodrigo Calderón

Incluso la obsesión de Juan de Espina por Rodrigo Calderón, que le llevó a coleccionar en un arcón todos los instrumentos con los que fue ajusticiado por corrupción el favorito del duque de Lerma, tiene un sentido en el relato que ofrece Reula del personaje. Los últimos momentos de valor y arrepentimiento del marqués de Siete Iglesias camino del cadalso, esos tan comentados que llevaron a forjar el dicho de «tener más orgullo que don Rodrigo en la horca» (pese a que fue degollado), lo convirtieron en un símbolo del desengaño de las riquezas y del poder.

«Juan de Espina lo tomó como una imagen del neoestoicismo que él practicaba y que era la filosofía oficial del nuevo gobierno del conde-duque de Olivares y del nuevo reinado de Felipe IV», explica su biógrafo. Muchos de los virtuosos de la época tenían una vinculación muy directa con ese nuevo estoicismo cristianizado y adornaban sus cámaras con bustos o retratos de Justo Lipsio, Séneca o Epícteto, personajes fundamentales para esa corriente filosófica. Era la moda en Europa. Buscaban la sabiduría en el conocimiento de la verdad y la virtud en el desengaño de las apariencias terrenales.

Aunque Espina no era el único que coleccionaba fetiches, su empeño por poseer todo lo relacionado con Rodrigo Calderón mostraba, sin embargo, su particular desmesura. Tener en su poder la confesión general del exministro de Felipe III le costó una temporada entre rejas, procesado por la Inquisición. «Era un documento que no podía poseer», explica Reula. Posiblemente lo compró a un notario de Madrid que lo tenía custodiado, el mismo al que solía recurrir y al que hizo testamentario.

Rodrigo Calderón, retratado por Rubens
Rodrigo Calderón, retratado por Rubens

Aquel fue uno de los procesos que le llevaron a abandonar la corte camino de la cárcel de Toledo. «Las primeras noticias documentales de los archivos de la Inquisición se remontan a 1629, pero no sabemos cuántas delaciones tuvo porque se ha perdido todo. Solo se conservan las cartas entre el Consejo de la Inquisición, que estaba en Madrid, y el Tribunal de la Inquisición, con sede en Toledo. Son solo las migajas de todo ese proceso porque lo demás fue destruido. Alguien ordena que se destruya», asegura el investigador que apunta a una mano protectora con mucho poder, la del conde-duque de Olivares.

«Juan de Espina lo nombra heredero de sus bienes. Es su primer testamentario y también en el Memorial que dirige a Felipe IV hace referencia al conde-duque de Olivares», señala Reula. No se conocen cartas cruzadas entre ambos ni ninguna vinculación directa, pero sí alusiones en el Memorial de Espina a la protección otorgada por el hombre todopoderoso del momento.

Reula también sospecha que la semblanza que hace Quevedo de Espina en en «Los Grandes anales de quince días» fue un encargo del conde-duque. «Siempre se ha dicho que se escribió a raíz de la muerte de Juan de Espina, pero yo tengo dudas, pienso que la escribió en su defensa en un momento en el que estaba preso en las cárceles de la Inquisición en Toledo», afirma. El autor del Buscón aún formaba parte por aquel entonces de la camarilla del conde-duque de Olivares.

Un relevante documento que Reula ha sacado a la luz en su investigación aporta argumentos a esta idea. En la Biblioteca de la Universidad de Oviedo, encontró un volumen olvidado que hacía referencia a Juan de Espina. «Estaba en el catálogo de la biblioteca, pero no había sido referenciado nunca», cuenta. En un primer momento pensó que podía ser una de las múltiples copias de las comedias de magia de Cañizares, pero al consultarlo encontró una supuesta carta de Quevedo a un amigo en la que habla de Espina en unos términos que no tienen nada que ver con la elogiosa semblanza.

«Son los especialistas en la obra epistolar de Quevedo los que tendrán que confirmar que es suya», pero en ella Reula halla coincidencias con otros escritos con alusiones muy satíricas a Juan de Espina. «Curiosamente el cardenal Richelieu y Espina murieron en los mismos días y Quevedo habla en uno de ellos de "esas dos calaveras" y se los imagina bailando una pandorga en pareja en el purgatorio», recuerda.

La enigmática silla peregrina

Este «Capítulo de una carta que escrivió don Françisco de Quevedo a un amigo sobre la silla de don Juan de Espina» es el único documento que se describe como «silla mundi» este famoso artilugio que guardaba este coleccionista y que tanto dio de qué hablar en su época. Otros habían calificado a esta silla de «rica», «peregrina» o «grandiosa», pero poco más se decía sobre este ingenio. Se creía que servía para ver las estrellas por un pasaje de «El diablo Cojuelo» de Luis Vélez de Guevara, pero la mención de «silla mundi» indica con mayor claridad cómo debía de ser este enigmático artilugio, a juicio de Reula.

Plano de Texeira en el que se ve la casa de Juan de Espina, la más alta de la antigua calle San José, hoy Loreto y Chicote
Plano de Texeira en el que se ve la casa de Juan de Espina, la más alta de la antigua calle San José, hoy Loreto y Chicote- Biblioteca Nacional

«Lo primero que me vino a la cabeza fueron los titilimundis o mundinovis, esos espectáculos de ilusión óptica basados en la linterna mágica que aparecieron en España un poco después, en la segunda mitad del siglo XVII» relata, pero « la cámara oscura se conocía desde la antigüedad». Formaba parte del repertorio de trucos de todos los magos naturales de la época. Este dispositivo consistía en un recinto cerrado en el que se practicaba un pequeño agujero en una de sus paredes y las imágenes del exterior se proyectaban invertidas dentro de la caja oscura.

«Por lo que intuyo, la silla mundi debía de ser una especie de cámara oscura portátil, construida sobre una silla», continúa el investigador, aclarando que en ese momento una silla era una cabina que llevaban los sirvientes con el señor sentado dentro. Es decir, la famosa silla probablemente era una especie de cabina telefónica cerrada, con un asiento, en la que se proyectaban imágenes del exterior.

A sus contemporáneos debió de fascinar esta misteriosa silla y el resto de las maravillas que celosamente guardaba en su casa Juan de Espina, entre ellas sus instrumentos musicales enarmónicos con los que pretendía recuperar la perfección de la música o su colección de autómatas, de los que se llegó a decir que le limpiaban la casa y le daban de comer. Un famosillo de la corte, que organizaba fabulosas pandorgas, pero que vivía solo como un asceta, retirado del mundo, rodeado de toda clase de curiosos artilugios, era carne de leyenda... y también de burla.

«Todos los romances son satíricos. Menos la relación de la fiesta de 1627 que se conserva en la Biblioteca Nacional y otra copia en el manuscrito de Oviedo que es bastante más benevolente, el resto de las alusiones son demoledoras con Juan de Espina», comenta Reula. En enero de 1628 quiso celebrar la curación del rey de una grave enfermedad que casi se lo llevó a la tumba con una gran fiesta que resultó un auténtico fiasco. Según cuenta el investigador, «todos los que asistieron, hasta las narices de Juan de Espina, escribieron en su contra». Cayó en desgracia. A los pocos días debió de abandonar la corte. Le siguieron años de procesos inquisitoriales, una segunda etapa en Sevilla tras ser excarcelado (en su juventud sirvió al arzobispo Fernando Niño de Guevara) antes de su regreso a Madrid. Su presencia pública fue apagándose poco a poco, aunque aún recibió en su casa a Baltasar Gracián.

Su desaparecida herencia

En su testamento de 1639, Juan de Espina dejó escrito que le enterraran en el ataúd que guardaba debajo de su cama y en la parroquia de San Martín, a una profundidad suficiente como para que nadie removiera sus restos. No contó con que tiempo después, en la época de José Bonaparte, se derribaría la iglesia y con los años su lugar de descanso se convertiría en un Caja Madrid.

Fragmento del testamento de Juan de Espina de 1639, con su firma
Fragmento del testamento de Juan de Espina de 1639, con su firma - Archivo Histórico de Protocolos de Madrid

Dejó a Felipe IV su colección de pinturas, los dibujos, los instrumentos de música y la silla peregrina. Hay constancia de que el secretario de la Cámara del Rey recibió su legado, porque lo firman sus testamentarios, pero ahí se pierde su pista. Reula ha consultado en el Palacio Real los pocos documentos que se conservan de esos años, pero no ha encontrado nada. Espina murió el 30 de diciembre de 1642 y el todopoderoso conde duque de Olivares fue desfenestrado en enero de 1643. Fueron unos días trágicos del reinado de Felipe IV y quizá con el revuelo en la corte los objetos de Juan de Espina quedaron sin registrar porque no hay constancia en destino. Solo en un inventario de 1636 de las colecciones reales de Felipe IV aparece un relicario que le regaló Espina al rey. Es lo único que se sabe que fue de él, el relicario y los dos códices de Leonardo da Vinci que debió de comprar a Pompeo Leoni, aunque no hay una completa certidumbre.

Quizá algún día se llegue a conocer el paradero del dibujo a plumilla de Jan Wierix de don Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes de Valdepero, que Francisco Pacheco le vendió en 1624. O se llegue a saber qué obras de arte atesoró y qué fue de ellas. O el destino de su famosa «silla mundi». «¿Te imaginas? Sería fabuloso, o encontrar algún retrato de Juan de Espina, porque tampoco se sabe cómo era», comenta Reula. No hay noticia de ningún retrato suyo, pero bien podría haberse hecho retratar, según este investigador porque «era vanidoso, le gustaba que todo el mundo viera que tenía muchas cosas, pero por otra parte las ocultaba. Juan de Espina y todo lo que le rodea era así, el juego de enseñar y de ocultar». Un personaje pintoresco y fascinante, con muchos misterios aún por aclarar.