Imagen del documental «40 Years on Track, con el que se conmemoró el nacimiento del Interrail en 1972
Imagen del documental «40 Years on Track, con el que se conmemoró el nacimiento del Interrail en 1972 - ABC

Interrail, viaje al corazón de Europa y de la memoria

Nacio en 1972 para impulsar los viajes iniciáticos de millones de europeos por el continente a buen precio, gracias a un acuerdo internacional de las organizaciones ferroviarias

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El domingo 8 de julio Teresa se echó al hombro una mochila de veintiún días y se dirigió al aeropuerto de Barajas. Allí la esperaban otras seis amigas con idéntica predisposición y, con toda probabilidad, idéntico nerviosismo. Ese día comenzaba un sarao que llevaban organizando desde noviembre, arañándole horas libres a la vida universitaria, discutiendo el dónde y el cuándo. ¿El qué? El Interrail, ese periplo en tren por toda Europa que, curiosamente, empieza y acaba en avión. Ese periplo de la juventud en el que se empiezan a coleccionar anécdotas para sobrevivir a los días futuros (y laborables).

De Madrid saltaron a Ámsterdam, la primera parada de un recorrido de siete países, ocho ciudades y muchas noches largas. A estas alturas ya estarán por Viena y se habrán dado cuenta de que el continente es inabarcable. Hay mucho que ver, muy poco tiempo, y llegado un momento concreto, desconocemos cuál, el cuerpo prefiere una cerveza a un nuevo museo. Cuando pasen los años, apenas recordarán algunos flashes del viaje, pero guardarán la sensación de que hicieron lo único que podían hacer: disfrutar. Al menos eso le pasa a Santi, que hace seis veranos también comenzó su itinerario en Holanda.

«Más que recuerdos concretos, perfectos, guardo un collage de sensaciones, de imágenes», explica. Aquel fue su primer gran viaje con amigos, con todo lo que eso supone. Básicamente, recorrieron Europa como si fuera un gran parque temático, entre la solemnidad y el salero, entre la cultura y los bares. Dice que hay un momento que lo resume todo: su visita al Altar de Pérgamo en Berlín. «La sala estaba llena de turistas de todo el mundo, y nosotros nos colocamos en un escalón cada uno. Y allí, junto a los relieves milenarios de la centauromaquia, empezamos a bailar “Call me maybe” tal y como lo hacían las animadoras de los Miami Dolphines... Fue un momento sublime porque me gusta viajar, me gusta bailar, me gusta la cultura, y, por encima de todo, me gusta ese vídeo de los Miami Dolphines», cuenta entre risas.

Permanecen las sensaciones, las anécdotas. La memoria es caprichosa y rescata ciertos momentos por una razón muy sencilla: porque sí. Bernardo, que viajó el mismo verano que Santi aunque nunca se lo encontró, siempre se acuerda del hombre que había estado en la cárcel por tirar un cóctel molotov en una discoteca. «Hablamos mucho con él», comenta. ¿Y dónde lo conocisteis? «No sé… En Hungría, creo… Era en Europa Central. Eso seguro», responde. A veces, los lugares no importan tanto como las palabras. Otros sí. Porque él no se olvida del día que durmió en una playa de Pula (Croacia). En realidad, fue el día que no durmió. «No nos dejaron», relata. ¿La policía? «No, los borrachos».

Al año siguiente, al otro lado de la costa croata, Ana y sus amigas se repartían antihistamínicos para poder dormir en el tren Viena-Roma. «Nos ahorramos la noche de albergue y le ganamos un día al viaje», recuerda entre risas, ya como farmacéutica. Era ya la última etapa de un viaje en el que conocieron a más gente de la que pudieron retener y en el que se pasearon por Europa a base de «freetours», que era lo único que se preocupaban por conseguir en cada lugar. «Al final, te dejas ir por ahí», remata.

Precisamente a Italia se fue Jesús en el otoño del 84, cuando el Interrail era una cosa nueva y él iba a comenzar su segundo año de universidad. Se fue allí por el arte, como los jóvenes burgueses del siglo XVIII que querían ver a los grandes maestros de primera mano y emprendían un recorrido conocido como el Grand Tour. Sin embargo, las memorias que más brillan ahora tienen que ver más con su juventud que con Miguel Ángel. «Entré en la Capilla Sixtina con prismáticos… Ni te imaginas las vistas. Entonces había más descontrol y libertad», relata. También sufrió un Stendhal de dos horas frente a «La piedad» -«me puse a llorar y no sabía por qué»- y bailó en Venecia sin un duro en el bolsillo porque ya se habían evaporado las diez mil pesetas que llevaban para sobrevivir. «Estábamos en la Plaza de San Marcos, rodeados de cafés y terrazas de lujo, y éramos los más pobres del lugar. Parecía una película de Charlot… A día de hoy todavía no sé cómo conseguimos sobrevivir el mes entero con tan poco dinero».

Alfonso consiguió viajar sin efectivo de Vigo a Copenhague, aunque nunca llegó Nueva Zelanda, que era su objetivo a finales de los setenta. «Me encantaba hacer autostop. También los trenes y el autobús. Son formas de sentir el viaje, de sentir la distancia, de abrirte a lo inesperado», asevera por teléfono mientras afronta un trayecto de 56 horas, que es lo que se tarda en ir desde Madrid a Kiev por carretera. Decíamos que la memoria es caprichosa, pero puede domarse a base de diarios, a base de escritura. Él recuerda todas las paradas de aquella odisea y de las siguientes, los trenes que ha tomado, los libros que leyó. «Siempre leo en los viajes, porque creo que hay páginas que te pueden llevar a nuevas lugares. Se lee para viajar y se viaja para leer», afina.

Se viaja, también, para haber viajado, para cultivar el recuerdo, para trufar de anécdotas las conversaciones futuras. Pero seguramente Teresa no esté pensando en esto porque estará demasiado ocupada luchando contra el sueño, buscando algún sitio donde comer, conociendo a alguien o visitando la Ópera de Viena. Quién sabe. Quizás ya esté en el tren yendo a su nuevo destino.