NIETO
DOMINGOS CON HISTORIA

Andreu Nin, la otra revolución pendiente

Hay mucho de leyenda en el Nin rescatado de los escombros éticos de la izquierda española

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR
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Si la revolución nacionalsindicalista alzó en los años de posguerra el mito de Manuel Hedilla, el socialismo revolucionario popularizó una imagen que encarnaba la autenticidad frustrada de un marxismo intransigente. Entre quienes accedieron a su compromiso político dos décadas después de acabarse la contienda, Andreu Nin fue ese mártir de la causa de los trabajadores, ese heterodoxo sacrificado a manos estalinistas, que se reivindicó en aulas universitarias y círculos intelectuales.

Los sucesos de la Barcelona de mayo de 1937, y en especial el homenaje literario y moral de Georges Orwell a los perdedores del POUM, llevaron la tragedia de Nin al corazón de la juventud contestataria de los años de prosperidad occidental. Nin representaba la honestidad frente al cinismo, la revolución en estado puro frente a los trapicheos reformistas del comunismo ortodoxo, el impulso moral de quienes quisieron cambiar el mundo frente a los verdugos cínicos de un poder totalitario. Simbolizaba, en definitiva, esa otra revolución que quedó pendiente en las alforjas sentimentales de un sector de la izquierda, como pendiente quedó la España nacional soñada por los fundadores del falangismo. A un lado, el socialismo libertario, el comunismo sin estalinismo, el poder obrero sin dictadura burocrática. Al otro, la unidad de destino, la justicia y disciplina de una España imperial, el orden nuevo de una nación que superara el desencuentro entre la derecha sin sensibilidad social y la izquierda sin sentido de lo nacional.

La comparación entre estas expectativas que se arrancaron de cuajo supone acercarse al modo en que muchos españoles vivieron las razones del atroz enfrentamiento armado y también la forma en que lo revivieron los jóvenes que se libraron de él, para rememorarlo ordenando, a través de los mitos generados por la contienda, sus propias actitudes ante el pasado y el futuro de España. Porque en la generosidad de algunas de las actuaciones de aquella guerra, muchos llegaron a dignificar la abnegación y el patriotismo de los combatientes de uno u otro lado, y en especial de los que parecieron ser vencidos por quienes ensuciaban la causa que decían defender. La capacidad de reconciliación con el pasado empezó quizás en aquella búsqueda de la parte de verdad que se escondía, como dijo Marañón tantas veces, no en las ideas que se defendían, sino en la rectitud de la conducta con que se vivieron.

Mucha leyenda

Naturalmente, mucho hay de leyenda en aquel Nin rescatado de los escombros éticos de la izquierda socialista española. Nin fue un funcionario soviético durante casi una década, un fervoroso partidario del leninismo ortodoxo, como lo eran sus mentores en la URSS. La resistencia al estalinismo en estos sectores no se hizo desde la defensa de la democracia, sino desde la aceptación del curso dictatorial iniciado en octubre de 1917. Se trataba de bolcheviques endurecidos, intransigentes. Y esa fue la condición de Nin desde su viaje a Rusia en los años veinte hasta su asesinato en una cárcel clandestina de la policía secreta soviética en Alcalá de Henares en junio de 1937. Tomar partido por Trotsky en su querella con Stalin no era un signo de apertura política, sino una elección de la tendencia totalitaria a defender.

Su muerte habla del coraje moral ante los graves acontecimientos de la historia. Trotsky escribió el mejor epitafio que se le ha dedicado

Sin embargo, del mismo modo que la personalidad de Trotsky y sus críticas feroces a la burocratización del régimen soviético despertaron simpatías entre grupos revolucionarios también la estatura cultural y el desafío a la subordinación de los trabajadores españoles a la URSS justifican la seducción ejercida por la figura trágica de Nin en amplios sectores de nuestra izquierda. Nin fue un exquisito traductor al catalán de Dostoyevsky, Tólstoi y Chéjov, dotado de una elegancia expositiva de la que carecían sus adversarios. Y en su radicalidad política siempre encontraremos la exigencia de que las doctrinas y los hechos se expresen en el mismo idioma moral.

Conviene no confundir, como lo ha hecho cierto hispanismo británico, la posición de Nin con la indulgencia y el reformismo. Lo que le caracterizó en sus enfrentamientos con el estalinismo no fue solo la lucha por la libertad. Fue, también, la denuncia de los pactos con los partidos burgueses del Frente Popular, considerados como una deserción en el camino hacia una verdadera dictadura del proletariado. Sus propuestas de un gobierno puramente obrero y campesino recogen mucho mejor la esencia de sus principios que cualquier ensoñación de laborismo de izquierdas y de socialismo en libertad con que se pretende deformar su pensamiento. Pero ¡claro que sus análisis manifestaban una fuerza expresiva y una inteligencia que no era la del mezquino burócrata sin horizontes ideológicos! ¡Y que su defensa de la clase obrera española, en la guerra civil, frente a los intereses de la URSS, resulta conmovedora!

Energía revolucionaria

En la mitificación de Nin se encuentran esos elementos de energía revolucionaria y de singular patriotismo, en el que la causa del propio pueblo no se deja en manos de la diplomacia extranjera. Es esto lo que pone sordina a otros aspectos, hoy más deplorables, como el sectarismo, la falta de flexibilidad táctica, o la negación de los derechos de una clase media que defendía la causa republicana con tanto vigor como los partidos obreros.

Añadamos a ello lo que el propio Nin encarnó como ninguna otra figura en aquella España revolucionaria: la defensa de la dignidad personal ante una maquinaria de terror. Nin fue torturado salvajemente y asesinado, cuando se trataba de hacerle confesar su complicidad con el fascismo. Su testimonio fue, como siempre ocurre, el que nos ofrece una dimensión del coraje moral ante los graves acontecimientos de la historia.

Si su estrategia política pudo ser desastrosa, pasó airosamente la prueba de una firmeza personal que no lograron intimidar sus torturadores. Unas semanas después de su asesinato, Trotsky escribió el mejor de los epitafios que se le han dedicado: «Se esforzó por defender la tindependencia del proletariado español contra las maquinaciones burocráticas de la pandilla en el poder en Moscú. Ese fue su único crimen. Y lo pagó con su vida».