Un agente le regala al pequeño Mohamed, de seis años, algo de ropa.
Un agente le regala al pequeño Mohamed, de seis años, algo de ropa. - ANTONIO VÁZQUEZ
REPORTAJE

Crónica de una larga y lenta espera

LA VOZ vive en el muelle de Barbate las eternas horas que están pasando los inmigrantes en los puertos antes de poder ser trasladados a otros lugares habilitados. Los agentes de la Guardia Civil los custodian y hacen «lo que se puede»

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Una tabla de surf rota se apoya en los bajos de un módulo prefabricado en el puerto de Barbate. «Petit, fais attention!», se escucha. Mohamed tiene seis años y salta encima de ella, se tumba y comienza a hacer brazadas como si estuviera sobre el agua mientras ríe con ganas y todos le miran con ternura. Él juega, se distrae, intenta pasar el tiempo con todo lo que ve a su alrededor. No hay mucho. Hace más de doce horas que fue rescatado junto a su padre de una patera mientras intentaban cruzar el Estrecho. Y ahí está. Jugando, como lo que es, un niño, a la espera de que haya sitio en algún centro de acogida para él. Le preguntan su edad y señala el número que le han pintado en la pulsera blanca que le han puesto los agentes para tenerlo identificado. «¿Huit, ocho? No, no...», bromea con el chico uno de los guardias civiles que lleva las mismas horas o más que Mohamed en el muelle. La tabla, por cierto, es de otros dos compatriotas del pequeño que se lanzaron con ella desde la costa marroquí para cruzar a remo hasta que, también, fueron rescatados.

Dentro de esos dos barracones con rejas blancas hay más. Sesenta personas que tumbadas en el suelo descansan, medio duermen, hablan entre ellos y también esperan. «Bonjour», buenos días, dice uno de ellos mientras cambia de postura cansado del suelo de metal. Aquí no hay rastro de esas camas improvisadas de los polideportivos. Senegal, Nigeria, Camboya, Guinea... nos cuentan que son sus países de origen, de los que huyen. Ya están en la otra orilla y esperando tener esa supuesta «mejor vida» que vienen a buscar. Pero de momento llevan casi un día entero aguardando que el sistema de acogida también se ponga en marcha para ellos. El mismo que está colapsado y se ha quedado sin sitio donde recibirlos ni personal suficiente para atenderlos. Y hasta que no se descongestione lo ya congestionado, seguirán ahí.

Alexander dice que tiene 17 años. Nos sorprendemos porque su físico parece el de un chico mayor de edad. «Todos quieren ser menores para ir a los centros para ellos, vienen aprendidos», cuenta alguien que conoce la situación de sobra. Lo de Alexander ya se verá si le hacen las pruebas oseométricas. De momento también espera. Es nigeriano y habla muy bien inglés. «¿Por qué has venido?», «A sobrevivir. Mi país está muy mal: guerras, terrorismo, violaciones...». Cuenta que fue su decisión y no la de su familia y que para llegar ha pasado dos días en las aguas del Estrecho. «¿Quién te trajo?», «Me ayudaron ellos y me monté». No quiere decir quiénes son «ellos» pero asegura que no tuvo que pagar nada, que durante el viaje de cuatro meses que hizo hasta Tanger fue conociendo a «mucha gente».

La conversación continúa por poco tiempo más. Está cansado. Sus ojos cargados así lo reflejan. Eso no se puede esconder. Mientras otro 'compañero de viaje' tiende su manta mojada sobre una valla del puerto, él responde algo que da mucho que pensar: «sí... pensaba que al llegar iba a ser todo mejor». «¿Y qué vas a hacer ahora?», «I have a dream (tengo un sueño), quiero trabajar». «¿Aquí en España?», «¡Sí, ya no me muevo más!». «Suerte», nos despedimos.

«La verdad es que pensaba que al llegar iba a ser todo mejor...», cuenta un nigeriano rescatado

Alrededor de esta y otras cientos de historias hay ese otro mundo que los recibe como puede. «Anoche estábamos buscando 90 bocadillos y leche por donde fuera». Lo cuenta Javier Rodríguez, concejal de Seguridad de Barbate que se ha desplazado con el alcalde al muelle. Esta situación no es competencia de las administraciones locales pero entienden que no pueden mirar hacia otro lado. «Tenemos que buscarles agua, comida... lo que haga falta... no podemos dejarlos así».

Cuando los inmigrantes son desembarcados por Salvamento Marítimo, tras ser avistados y auxiliados en alta mar también por Guardia Civil, en el puerto reciben la asistencia de Cruz Roja quien les da ropa seca, mantas y una primera atención sanitaria. Pero hasta aquí, luego quedan en manos de los guardias civiles que los custodian. Y hasta que la Policía Nacional no dice dónde pueden ser trasladados, sean comisarías o polideportivos habilitados y custodiados, no se activa el siguiente paso. Y en estos últimos días todo va lento. Muy lento. Y cuando se soluciona algo, llegan más.

Lo saben muy bien los agentes de la Guardia Civil que están en este puerto de Barbate, un puesto modesto que tiene que hacer frente a una situación de emergencia a diario. Desde hace ya meses, cada vez a más. Y ahora, en verano. Cuando las playas de todo el litoral de la Janda, están como están. Y ellos sin poder apenas patrullar. Con el narcotráfico por ejemplo dejando su firma en cada momento o en plena temporada de riesgo de incendios.

En pleno verano, la Janda está sin patrullas de la Guardia Civil, salvo urgencias, por esta problemática, con zonas como Los Caños o Zahara

Son las doce y hay que limpiar los módulos. Los subsaharianos salen. Entran las limpiadoras. Son tres y una de ellas, Ana, supuestamente disfruta de su primer día de vacaciones. «Ya ves... aquí estoy», dice mientras coge el mocho para pasárselo al módulo de aseos. «Esto es muy fuerte, se desborda todo... tienen que buscar ya una solución».

Aprieta algo más el calor en el muelle. Frente a los barracones, unas cajas de cartón con bolsas. En ellas, perfectamente identificadas por el número que le han asignado a cada uno de los inmigrantes y que tienen escrito en sus pulseras, están sus pertenencias. Móviles y algo de dinero en varios de estos paquetes. Algunos han metido los billetes dentro de globos para que no se les mojaran. «No hay mucho. Vienen con lo justo». Esas bolsas se entregarán a la Policía que les devolverán sus cosas cuando el trámite así lo permita.

Y sigue la espera pero el intento de buscar soluciones no para. El teniente de Barbate da vueltas de un lado para otro con el móvil tratando de gestionar, no ceja en su empeño de ordenar lo desordenado. Mantas, alimentos, traslados... una continua lucha de búsqueda de recursos para seguir aguantando esta marejada que se les ha venido encima.

De repente llega un coche. De él baja la pareja de uno de los agentes. Trae una bolsa con ropa. Es para el pequeño Mohamed. «Tengo un hijo de más o menos su edad». Se la entrega y cuando el pequeño comprueba que es una camiseta de España ríe y se la pone de inmediato.

La hora de la comida

Ya son más de las dos de la tarde. Tras el desayuno, un bocadillo de queso y leche, toca el almuerzo. Los agentes empiezan a descargar cajas con comida precocinada. La ha donado la Policía Nacional. Hay arroz y también canelones pero la mayoría prefiere lo primero. Se acercan al muelle dos voluntarias. No pertenecen a ninguna ONG. «¿Por qué lo haces?», «porque sí. No hay más», responde una de ellas. No para de meter bandejas en el microondas que se ha traído del cuartel de Barbate para poder calentarles a los inquilinos el ‘plato del día’. «Son los estados los que dan la espalda a esta problemática. Ya van tarde. Se está avisando desde hace mucho tiempo», lamenta otra de ellas mientras sirve vasos de agua.

«Esto no es nuevo. Soy barbateña y desde niña les he visto llegar. Lo que no podemos hacer es normalizarlo. Cada uno trae una historia y un duelo y hay que atenderles».

Y así van pasando las horas y la vida en estos módulos sigue. Despacio. Hasta que pasadas las seis de la tarde, más de un día después de que llegaran, dos furgones y un autobús los recogen para llevarlos a su siguiente destino: el polideportivo del Saladillo, en Algeciras, donde todos ellos serán reseñados y se tramitarán sus expedientes por su situación irregular en España. Porque, no nos olvidemos, han entrado de manera ilegal.

Ahí, tendrán que volver esperar. Y después, ya en libertad al ser subsaharianos aunque en situación irregular, serán acogidos en otro sitio o se tendrán que buscar la vida. De momento su primer lugar en España han sido dos módulos de apenas treinta metros cuadrados, que sin que hayan salido todavía ya están asignados para los siguientes. De nuevo, unos últimos en llegar que tendrán que volver a esperar.