Masiva manifestación del pasado 8-M en la capital cordobesa
Masiva manifestación del pasado 8-M en la capital cordobesa - Álvaro Carmona
El dedo en el ojo

¡A las batucadas!

De la lucha de clases a la de género, esa es la añagaza

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Miro a mi alrededor el semblante de cuantas mujeres pasan a mi lado y creo intuir en ellas que desde el pasado jueves 8 de marzo, día de reivindicación feminista, se les ve como más «empoderadas», como más «puestas en valor». Debe ser que la «brecha de género» ha comenzado a cicatrizar y que desde ahora las diferencias de salario, de cargas de trabajo y de amarguras hayan comenzado a remitir gracias al vocerío, a la arenga y a la soflama.

Terminaron las performances, las boutades, las batucadas, los «manifiestos y manifiestas», los talleres de concienciación, las puestas en escenas de bizarros espectáculos, las manifas antitodo, el petulante vocerío, las consignas y las pegatinas, las pancartas bisoñas aunque ocurrentes… Se han desahogado contra el capitalismo, contra el neoliberalismo, contra el clericalismo, contra la opresión heteropatriarcal, contra las violencias machistas, contra el techo de cristal, contra la brecha de género y contra la humedad relativa del aire. Parece que el calentón ya ha pasado aunque esta expresión no creo que coseche demasiada fortuna entre la parroquia feminista; seguro que es interpretada como una manifestación del machismo que todos los hombres llevamos dentro y que nos hace deslizarnos por el lado calenturiento de la vida.

La revolución de la mujer no comenzó ayer sino que viene dándose desde hace años hasta alcanzar los necesarios niveles de justicia. Hoy en España las condiciones de vida de la mujer se encuentran entre las mejores del resto de países europeos y hemos avanzado mucho en esta cuestión. Y ello ha sido gracias, en gran medida, a toda una legión de mujeres que de manera sosegada han ido conquistando sus derechos y su espacio. Y en ese camino todos las hemos acompañado y lo seguiremos haciendo. Pero se hace necesario huir de las estridencias y de las histerias feministas de género que solo consiguen enrarecer el ambiente, reabrir la cutre guerra de sexos y cabrear al personal más de lo razonable. También hay que huir de las nuevas masculinidades que proponen algunos varones feministas; cuidado con estos últimos iluminados.

Que no nos engañen. El movimiento feminista que viene escribiendo el relato de la lucha de la mujer con renglones torcidos en estos últimos años, proviene de una manera de ver la vida enfocada con la lente del marxismo; la lucha de clases ha dado paso a la lucha de «géneros», término, por cierto, equívoco y erróneo por hiperideologizado. Hoy no basta con ser feminista sino que también hay que militar en el anticapitalismo (el libre mercado es opresor de las mujeres) o en el anticlericalismo (la Iglesia es castrante). Y hay que abrazar también la santa doctrina laica de las «violencias machistas», los «micromachismos» y alguna que otra añagaza más. «Machete al machote», «contra el Vaticano poder clitoriano» o «la talla 38 me oprime el chocho» son algunas de las letanías que deben aprenderse a recitar en actitud delirante. Ustedes sabrán disculpar tan desagradable lenguaje.

Es la ultraizquierda quien se ha adueñado de este esperpéntico espectáculo que los vertederos sociales de las redes se han encargado de amplificar. Afortunadamente la mayoría de las mujeres mantienen el sosiego y la cordura, no porque sean sumisas como opinan las feministas, sino porque aún conservan el suficiente nivel de lucidez y autosuficiencia como para avanzar por ellas mismas sin necesidad de ser pastoreadas por cuatro desaprensivas.

Desde aquí mi homenaje a todas esas mujeres que serenamente han hecho lo necesario por conquistar su legítimo lugar. Con ellas estamos todos; con las otras, las ruidosas batucadas.