Vídeo: Casi 5 millones de personas mayores de 65 años viven solos en España - ATLAS
La soledad, enfermedad del siglo XXI

El tiempo regalado

A Lourdes le llamó la atención la carta de una lectora de edad similar a la suya que, al igual que ella, vivía en una residencia de ancianos...

Actualizado:

Miró la pequeña planta que sobrevivía en su ventana a pesar de los rigores del invierno. La primavera se resistía, «será por el cambio climático ese del que hablan», intentó explicar con mucho poso y poco conocimiento académico Pepa, compañera de habitación de Lourdes. Ésta era mucho más reservada. Verse en una residencia cuando aún quedaban años por delante para sentirse viva, para recorrer el último trayecto en el que creemos que las raíces que echamos al formar una familia serán nuestro cobijo, el abrigo que nos protegerá de la soledad, estaba siendo un trago demasiado duro.

Para Lourdes, que tenía tres hijos, las raíces de la vida se habían secado. Tal vez por eso cada mañana al despertar necesitaba acercarse a la pequeña ventana de su habitación compartida para comprobar que la planta seguía creciendo. Al menos había algo de savia a su alrededor.

El domingo era el peor día; un túnel negro que conectaba una semana con la otra. Recordaba las reuniones familiares en casa cuando todavía era una madre y abuela que tenía un cometido y su marido vivía. Ahora, en cambio, se sentía un estorbo aparcado en un centro para ancianos. El trato no era malo pero el vacío, inmenso. Aquel domingo del inicio de una primavera inundada por el frío y la lluvia, un periódico cayó en sus manos mientras se disponía a pasar un rato en un sofá del salón comunitario. Le llamó la atención la carta de una lectora, una tal Pilar, de edad similar a la suya, que, al igual que ella, vivía en una residencia de ancianos.

–Siempre apartada de todos. ¡Lourdes, acércate aquí con nosotros! –le gritó Pepa desde el otro lado de la sala.

Lourdes declinó con un gesto educado, se puso las gafas y comenzó a leer…

«Lo que tengo y lo que no tengo»

«Esta carta representa el balance de mi vida. Tengo 82 años, 4 hijos, 11 nietos, 2 bisnietos y una habitación de 12 m². Ya no tengo mi casa ni mis cosas queridas, pero sí quien me arregla la habitación, me hace la comida y la cama, me toma la tensión y me pesa. Ya no tengo las risas de mis nietos, el verlos crecer, abrazarse y pelearse; algunos vienen a verme cada 15 días; otros, cada tres o cuatro meses; otros, nunca. Ya no hago croquetas, ni huevos rellenos, ni rulos de carne picada, ni punto, ni crochet. Aún tengo pasatiempos para hacer y sudokus que entretienen algo. No sé cuánto me quedará, pero debo acostumbrarme a esta soledad; voy a terapia ocupacional y ayudo en lo que puedo a quienes están peor que yo, aunque no quiero intimar demasiado. Desaparecen con frecuencia. Dicen que la vida se alarga cada vez más. ¿Para qué? Cuando estoy sola, puedo mirar las fotos de mi familia y algunos recuerdos de casa que me he traído. Y eso es todo. Espero que las próximas generaciones vean que la familia se forma para tener un mañana (con los hijos) y pagar a nuestros padres por el tiempo que nos regalaron al criarnos».

La última frase cabalgó sobre las lágrimas de Lourdes. Cerró el periódico bruscamente y salió corriendo hacia el patio (la residencia no tenía jardín), tirando algunos objetos en su carrera. La vio una celadora y fue tras ella, rescatándola de la tormenta. En tan sólo unos segundos se había empapado: «¿Está loca o qué la pasa?, así va a coger una pulmonía».

–No, no estoy loca. Estoy sola –respondió Lourdes y se abrazó a la celadora.

El incidente generó un pequeño revuelo en el centro, siempre tan falto de emociones o de novedades que rompieran la monótona rutina del abandono.

–Esto es como la prostitución –sentenció uno de los compañeros de Lourdes–. Alguien habrá que esté aquí por propia voluntad, pero la mayoría estamos por imposición de nuestras familias o porque no nos queda otro remedio.

–Lourdes no acaba de adaptarse –añadió Pepa con pena, y fue a recoger el periódico caído en el suelo y abierto por la página que estaba leyendo su amiga–. No me extraña que se haya ido llorando.

Pepa leyó la carta ante el imponente silencio del grupo reunido en el salón, sobre el que planeó la sombra de la cruda realidad que tantas veces intentaban eludir al cabo del día. Ese domingo, a través de la reacción de Lourdes, se había cernido con crueldad sobre todos ellos. Fue a verla pero ella no quería compañía. Estuvo varios días sin apenas comer ni relacionarse con nadie en la residencia, compartiendo consigo misma el abismo hondo y negro de la soledad.

Las llamadas de sus hijos, cada vez más insistentes debido a que se aproximaba el día en el que irían a visitarla, no eran atendidas en el teléfono móvil. Por eso acabaron llamando a través de centralita y entonces habló con su hija, convencida de que si respondía dejaría de insistir.

–Vale, mamá, entonces nos vemos el sábado –apenas habían iniciado la conversación-. Lo siento, te dejo que tengo trabajo. Ah, mamá, una cosa…

–Dime.

–¿Quieres que te llevemos algo?

–Ya lo hablamos el sábado. No hace falta que traigas nada.

Repasó la carta una y otra vez deseando con todas sus fuerzas poder hablar con Pilar, su autora. En todas y cada una de sus palabras se veía reflejada. Hacía incluso las mismas recetas y no solía relacionarse demasiado con sus compañeros del centro porque ya le había pasado en varias ocasiones, que cuando se encariñaba con alguien fallecía porque a esas edades es lo normal. A esas edades…

Negar lo inevitable

Los nietos habían crecido mucho, claro, había transcurrido tanto tiempo desde la última vez que los vio. Ya era sábado. Ya estaban allí. Dos hijos y cuatro nietos. Los primeros con cara de tener prisa por irse y los segundos, distraídos con sus juegos. A la pregunta de si necesitaba algo, Lourdes respondió:

–Sí. Necesito el tiempo que os regalé cuando erais pequeños. Ese tiempo que ya no pasáis conmigo ni dejáis que pase con mis nietos. ¿Qué ha ocurrido con ese tiempo? ¿Lo tenéis vosotros?

En lugar de respuestas hubo un absurdo cruce de reproches entre los hijos, que a ella le sonaron a ruido distante y lejano. Se despidió antes de lo habitual y fue a su habitación con el ánimo encogido, dedicándose a quitarle las hojas secas a la pequeña planta de la ventana. Pensar la conducía solo a una triste melancolía, aunque no podía evitarlo. Se hacen campañas en medios de comunicación contra el abandono animal pero ninguna para que no abandonemos a nuestros mayores. ¿Adónde va ese tiempo que regalaron a los hijos al criarlos de pequeños? Es un tiempo que parece evaporarse para quienes deciden dejar a sus padres o abuelos en un centro en contra de su voluntad.

Pepa intentó animarla:

–Vamos, Lourdes, no lo pienses más, mañana será otro día…

Eso sí, idéntico al anterior. Idéntico al de mañana.