Sociedad

Siddhartha Kaul, presidente de Aldeas Infantiles: «Hay 220 millones de niños en riesgo que necesitan ayuda»

Su ONG, fundada en 1949 y presente en 134 países, ha sido galardonada con el Premio Princesa de Asturias a la Concordia por su protección de los menores

Siddhartha Kaul, presidente de Aldeas Infantiles
Siddhartha Kaul, presidente de Aldeas Infantiles - ABC

Justo después de ser galardonado con el Premio Princesa de Asturias a la Concordia «por su contribución a la protección de los niños», el presidente de Aldeas Infantiles, Siddhartha Kaul, recibe a ABC en su sede de la India. Nacido en 1954 en Rajastán, Kaul es el tercer presidente que tiene esta ONG austriaca desde su fundación hace 67 años y, con una vida a caballo entre Europa y la India, conoce bien tanto la burocracia de los despachos como el trabajo sobre el terreno.

Su padre, un funcionario del Gobierno indio descontento con la ayuda que se prestaba a los niños más necesitados, estableció en 1964 la primera aldea infantil en este país, Greenfields, donde él pasó su juventud. En 1978, el propio Kaul abrió en Chennai la primera aldea al sur de la India y en los años 80 expandió la ONG por otros países de Asia, como Sri Lanka, Vietnam y Camboya. Como vicesecretario general en este continente, dirigió en 2004 la ayuda de emergencia tras el devastador tsunami del Indico, la mayor operación llevada a cabo hasta la fecha por la organización.

Lo primero, enhorabuena por el premio. ¿Cómo espera que ayude a su labor en España?

Espero con ilusión volver a España y agradecer este reconocimiento en persona porque nuestros amigos de allí han hecho un gran trabajo. España ha demostrado lo que se puede hacer en tiempos de crisis, ya que la gente se ha ayudado mutuamente para afrontar situaciones difíciles. Cuando empezamos allí en 1967, la ayuda de nuestra organización que recibía España procedía de otros países, pero ya es autosuficiente y se ha convertido en uno de nuestros diez primeros contribuyentes.

Todo ello a pesar de que, cuando estalló la crisis en 2008, España se vio muy afectada y nos dijeron que allí no iba a haber dinero para nuestros proyectos. Durante la crisis, pusimos en marcha programas especiales de recaudación de fondos en España para comprar libros y comida, lo que fue una especie de actuación de emergencia. España es hoy es, junto a Polonia y Corea del Sur, un ejemplo de autosuficiencia que queremos implantar en 2020 en 25 países, entre los que figuran China, India, Brasil y Argentina.

¿Cómo ha afectado la crisis económica a la solidaridad, y especialmente en países cuya clase media ha resultado muy castigada, como España?

Durante tres o cuatro años después de la crisis sentimos el impacto, pero no tanto como yo pensaba porque hay un sentimiento generalizado de solidaridad. Si alguien lo pasa mal, piensa que hay gente a su alrededor que lo pasa peor y quiere ayudar. La decisión más importante que tomamos fue conservar las promesas que habíamos hecho y que ningún niño perdiera sus programas. Aunque perdimos fondos y nos estancamos durante algunos años, nos estabilizamos en 2012 y la situación empezó a mejorar el año pasado, especialmente en Europa Central y, sobre todo, en Alemania y Francia.

Tras el fundador de Aldeas Infantiles, Hermann Gmeiner y Helmut Kunt, usted llegó al cargo en 2012 y fue reelegido en junio. ¿Cuáles son sus objetivos?

Hay mucho trabajo por hacer. En todo el mundo hay 220 millones de niños en riesgo de pobreza, exclusión social, guerra… Todos ellos necesitan ayuda y todo el mundo debe ayudar, desde los Gobiernos hasta las ONG. Nosotros estamos presentes en 134 países y, tras un proceso de consulta, tenemos una estrategia que es nuestro camino hacia 2020. Tenemos que aumentar nuestros programas para cuidar a más niños, contribuir más al fortalecimiento de las familias y desarrollar más programas educativos en Asia y África. Para hacer todo esto debemos aumentar nuestros ingresos. Aparte del objetivo de reducir la pobreza, lo importante es coordinarse con otras organizaciones para no duplicar tareas.

A corto plazo, ahora tenemos en marcha dos proyectos de emergencia: con los refugiados y con los damnificados por el terremoto de Nepal el año pasado, cuya reconstrucción es un claro ejemplo de mala gestión. Había mucho dinero y conocimiento disponible, pero no se está usando bien por el funcionamiento de la política en Nepal. Hace poco se descubrió que solo se había usado el 10 por ciento de la ayuda otorgada. Al contrario que en Nepal y Haití, la situación fue muy distinta tras el tsunami del Indico porque los gobiernos funcionaron bien durante la reconstrucción.

La pobreza sigue estando muy extendida en la India. ¿Qué puede aportar a la organización con su experiencia y la de su padre como directores de una aldea infantil?

Lo más importante es proporcionar una buena educación. En algunas aldeas, los niños de nuestros programas son los primeros en leer y escribir. Sin educación, no se puede salir del ciclo de la pobreza. El problema es que todas nuestras sociedades excluyen a los que son diferentes, ya sea por el color de la piel, la religión o cualquier otro motivo. No somos inclusivos. En Europa hay ahora un rechazo a los emigrantes porque no tienen oportunidades en sus países. Cuando pregunto a los jóvenes en los campos de refugiados, todos me dicen que emigran porque no tienen educación ni futuro en sus países.

Por ser los más débiles, los niños son siempre los más vulnerables a la desgracia. A la pobreza, el hambre, la guerra y la falta de educación se suma ahora la emigración. ¿Cuáles son los principales peligros para ellos en el mundo del siglo XXI?

Los niños no tienen nada que decir; son los adultos los que toman decisiones. El mayor riesgo es no incluirlos en el desarrollo económico. Todos los países gastan mucho en defensa y armas y, cuando hay alguna crisis, lo primero que recortan es la salud y la educación. Afortunadamente, algunos países están dando un buen ejemplo, como los del norte y centro de Europa. Cuando hay una emergencia, los que más sufren son los niños y las mujeres.

¿Qué es lo peor y lo mejor que ha visto en su trabajo?

He visto mucho sufrimiento, pero recuerdo algo que pasó cuando estaba en la Universidad y vivía en nuestra primera aldea, Greenfields, en los años 70. A medianoche, una pareja de ancianos vino a entregar una recién nacida, ya que su hija había dado luz sin estar casada e iba a quedar marcada para toda su vida. Si se descubría el nacimiento, era probable que incluso mataran al bebé.

Pensé que la India era un lugar muy injusto porque aquella niña no tenía ninguna culpa. Al final, acogimos al bebé y, cuando se corrió la voz al cabo de media hora, todas las mujeres de la aldea vinieron a nuestra casa para adoptarla. En un instante pasé de ver lo peor a lo mejor de la vida. La niña se quedó allí, estudió, fue a la Universidad, se casó y hoy es profesora y tiene sus propios hijos. Pero estos abandonos de bebés no deseados siguen ocurriendo hoy día.

¿Qué ha aprendido después de tantos años en este trabajo?

Que uno debe aprender a apreciar lo que tiene, lo que no es fácil hoy día porque todo el mundo quiere más. Le pregunto a mis amigos europeos de qué se quejan, ya que el 90 por ciento del mundo está peor que ellos, que son unos privilegiados. Lo mismo le digo a mis hijos.

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