Javier Carbajo
LA ENFERMEDAD DEL S. XXI

No hay pensión sin soledad

Una historia en torno a la soledad basada en noticias reales

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La cadera le seguía doliendo. Parecía que estaba mejor pero al poner un pie en la escalera para bajar a la cocina se dio cuenta de que había movimientos que aún no podía realizar sin que sintiera un doloroso latigazo. El verdadero problema radicaba en la escalera en sí misma; en tener que enfrentarse a diario a ella para desplazarse por la que era su casa de toda la vida. Noventa y tres años de recuerdos acumulados, que rodaron escaleras abajo quince días atrás, cuando Delia cayó al faltarle los últimos cinco escalones.

Regresó al dormitorio, cogió el teléfono y llamó a la residencia en la que vivía su única hermana, Mercedes, diez años más pequeña.

—Me cansé de estar sola, hermana. Además, el dolor de cadera me está matando. Me voy contigo, está decidido.

Delia acababa de tomar una de las decisiones más trascendentales de su vida. La casa, ubicada en Madrid, no era grande pero las dos plantas se habían convertido en una escalada imposible, tanto como la búsqueda de compañía. La de su hermana sin duda sería la mejor, así que echó la llave para partir hacia León, cargando con la nostalgia que la memoria permite, rumbo a la residencia.

Toda la vida separadas

El lugar, a las afueras de la ciudad, no le pareció mal. Al fin y al cabo le iba a asegurar que se acababa el tiempo de la soledad.

Mercedes le fue presentando a los residentes más allegados. Cada uno tenía sus batallas, ganadas y perdidas. Fue conociendo historias en las que cabían todos los matices de la vida. Ternura, espanto, dolor, aventura, sufrimiento, felicidad, tesón, esfuerzo, sacrificio… abandono, en muchos casos, la razón por la que estaban allí la mayoría de ellos. Delia y Mercedes contaron que perdieron a sus padres siendo muy pequeñas, durante la guerra civil. Después las separaron. Durante años nada supo la una de la otra. Delia se casó y tuvo un hijo que llevaba más de dos décadas viviendo en el extranjero, «no me acuerdo dónde, ha cambiado tanto de país que me hago un lío», les contó sabiendo que nadie se atrevía a preguntarle si se preocupaba por ella, o si le enviaba dinero. Su sola presencia allí era la respuesta.

En la habitación que compartían, la recién llegada le mostró a su hermana una cajita de nácar en la que guardaba el anillo de boda de su madre. Jamás supo qué sentido tenía que la mujer lo dejara guardado en aquella caja. ¿Tal vez intuyó que su hora estaba cerca y quiso que sus hijas lo conservaran? Mercedes se emocionó al ver los objetos de los que no tenía conocimiento hasta ese día. Delia se lo había ocultado para evitarle un sufrimiento innecesario. Pero ya daba igual, había pasado lo peor de la vida. Estaban juntas para acometer el último trayecto, aquel que marca la senda del adiós definitivo en el que no iban a sentirse solas.

Tramposa pensión

A la hora de la sobremesa solían juntarse varios ancianos para comentar alguna lectura, la noticia del día que habían visto en la televisión o simplemente compartir algunas reflexiones. «¡Menuda indecencia lo de las pensiones!». La voz grave de Eustaquio acalló el murmullo. Estaba enfadado. Había seguido el debate mantenido en el Congreso de los Diputados sobre las pensiones. Era miércoles.

—No les importamos pero luego bien que quieren nuestros votos —sentenció con severidad Rafa.

—Es una vergüenza —Manuel, conserje jubilado y padre de dos hijos que apenas se ocupaban de él—. Te pasas la vida trabajando para que ahora te den una limosna.

—Por eso hemos acabado aquí, si no tenemos casi ni para vivir —Rafa destilaba una amargura de las que se van forjando lentamente a través de los años—. ¿Y vosotras? —se refirió a las hermanas—. ¿También vuestra pensión es miserable? No sé para qué pregunto.

—Bueno… —a Delia se le acababa de atragantar su estancia en la residencia, al tomar consciencia del porqué estaban, Mercedes y ella, en el lugar— yo cobro una pensión de viudedad.

—Y yo una no contributiva… —añadió Mercedes.

Clavaron su mirada en la hermana de Delia, como si demandaran el resto de información.

—Vale… de 380 euros.

O sea, la miseria de todos, pensaron mientras se fueron dispersando ante la falta de ganas de seguir con la conversación.

La norma que rompe el alma

Los meses transcurrían monótonos pero al menos en compañía. A punto de cumplirse un año de estancia de Delia, Mercedes recibió una notificación con muchos sellos oficiales que le anunciaban la retirada de su pensión por considerar que al vivir en la misma residencia que su hermana formaban una unidad familiar bajo un mismo techo. Tuvo que leerla varias veces, no porque no la entendiera sino porque no conseguía creérselo. «Vale que estar aquí es como tener una familia, pero de ahí a considerarlo una unidad familiar… ¿de cuántos, de los cuarenta que residimos aquí porque no tenemos una alternativa mejor?». Rompió la carta de impotencia. Delia, que lo presenció, fue recogiendo los trocitos para pegarlos, «mujer, que la necesitamos para reclamar».

Y así lo hicieron. Pero de nada sirvió. Si Mercedes quería conservar su pensión, Delia tendría que marcharse de la residencia. Sonaba tan absurdo como cruel.

—¿Qué vamos a hacer ahora? No puedes irte, es injusto —expresó Rafa abatido.

—Pero no puedo quedarme. Si le quitan su pensión no podemos pagar las dos plazas sólo con la mía. Tiene que quedarse ella, porque era la que estaba aquí —Delia tragó saliva—. Soy la mayor de las dos. Tengo que sacrificarme yo.

Morir como quieran ellos

Un mes después… Delia sostenía con las dos manos el bolso sobre la falda. Giró la cabeza para comprobar que el taxi había llegado. Entre todos habían juntado para que no tuviera que ir en autobús hasta la estación, donde cogería un tren a Madrid. Doce ancianos y su hermana permanecían de pie, mientras ella se resistía a marcharse quedándose anclada en el banco. El taxi tocó el claxon dos veces. Entonces Delia abrió el bolso, extrajo del interior un ejemplar de «Campos de Castilla», de Antonio Machado, y la cajita de nácar con el anillo de mamá. Se levantó con parsimonia y se lo entregó a su hermana. Sin hablar. Sin gestos ni abrazos. Dijo adiós dejándoles a todos el regalo de una lágrima que escapó al ámbito de su fortaleza.

En Madrid, nada más abrir la casa se le vino encima. El día de su cumpleaños Mercedes la llamó pero Delia atendía el teléfono embriagada como estaba de tristeza. Intuía próximo el final. Al meterse en la cama sintió una opresión en el pecho que le desajustó las ganas de luchar para seguir viviendo. Se puso a pensar en su intento de huir de la soledad en dos ocasiones. A la ilusión con la que se fue a vivir junto a su hermana, le siguió la decepción de tener que volver a estar sola para que Mercedes no se quedara desasistida. Finalmente llegó la derrota. Y, con ella, la certeza de que una decisión administrativa le estaba robando la oportunidad para morir en paz.

«(…)las estirpes condenadas

a cien años de soledad

no tenían una segunda oportunidad

sobre la tierra».

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Cien años de soledad