25-N: Día Internacional contra la Violencia de Género

Mujeres «expulsadas» del infierno

Fueron los agresores de Fátima y Patricia, maltratadas durante años, los que curiosamente pusieron fin a su relación. Tras la pesadilla ellas lograron un empleo, su tabla de salvación

Fátima posa junto al cartel de otra de las mujeres a las que ha ayudado la Fundación Integra a conseguir un empleo, en la sede de esta entidad en Madrid - REPORTAJE GRÁFICO: ISABEL PERMUY // VÍDEO: FUNDACIÓN INTEGRA

Fátima y Patricia son sus nombres. Y no lo son. Presentarse con su nombre real es un «derecho» que parece que no tienen aún. El miedo obtura su independencia. Y estrechar la mano, mirar a los ojos del interlocutor y dar su nombre es su primer gesto de ruptura con vidas pasadas y un denominador común: su marido fue un agresor.

Lo curioso de Fátima, 28 años y marroquí de cuna, residente en Leganés y que trabaja como dependienta en una tienda de la capital; y de Patricia, 41 años, boliviana de procedencia, y con un empleo en la caja de un supermercado también en Madrid, es que ninguna de las dos supo desatar el lazo del maltrato por sí misma. En el caso de Fátima, tras nueve años encerrada en un piso compartido en Madrid junto con el hombre, también marroquí, con quien la habían casado sus familias, fue un enfado de él lo que acabó con esta unión. «Si no, todavía estaría allí, sin hablar, sometida. Me tenía como una mercancía, como si me hubiese comprado. Y yo sentía que valía menos que un mueble de la casa. Lo peor no fue una paliza, eso en mi país, en mi cultura, lo de pegar es normal. Tu madre y tu padre te pegan porque te quieren, es un síntoma de querer. Lo peor para mí fue que no me hiciese sentir importante, que me anulase por completo», reconoce esta joven de profundos ojos marrones ribeteados en un verde esperanza muy simbólico.

«Reprocho a mi madre que, cuando la telefoneaba, me decía que aguantase, que no podía volver a Marruecos siendo una divorciada. Me decía que aquello era el destino que me había tocado y yo la creí. Pensaba "me moriré aquí", siendo una silla más. Le echo en cara que no dijese "estoy aquí, te apoyo, no estás sola", y me sentía tan sola, sin amigos, en un piso del que no tenía la llave», recuerda Fátima, que también trae a su mente un episodio en el que él le rajó la cara con una llave. Hasta ver la sangre él no detuvo su divertimento. «Aprendí a abrir la puerta con una tarjeta de crédito», concede pizpireta, como un soplo de libertad sobrevenida.

El mayor gesto de ultraje que rememora esta bellísima joven conduce, sin embargo, al último día de su convivencia, cuando él se enfadó y tiró sus cosas por la ventana. Ahí, ella y su hija, comenzaron una nueva vida. Para Fátima fue como si arrojase a ambas por la ventana.

El sueño de una vida en Europa

Había llegado a España con 19 años, casada con un chico al que no conocía y parecía encantador, pero con el gran sueño de conquistar Europa y el nuevo mundo de oportunidades que prometía. Para permanecer encerrada durante casi una década en unos pocos metros cuadrados. Al salir, no hablaba ni una palabra de español. En poco más de un año, se expresa con fluidez y entereza, como si un «milagro» se hubiese cruzado en su vida.

Tanto Fátima como Patricia dieron con sus huesos en un centro de acogida, y de ahí, comenzaron la formación laboral que les proporciona la Fundación Integra. Esta entidad, presidida por la exalcaldesa de Madrid, Ana Botella, ha logrado dar un empleo a 2.600 mujeres estos últimos años (9.300 desde la creación de la entidad en 2001), a sabiendas de que esa independencia económica les granjeará una vida digna que no habían tenido hasta ahora. Ahora sienten que pueden, dice Botella: «El trabajo hace que su autoestima, muy dañada, se vaya recuperando poco a poco. Las mujeres víctimas de violencia de género muchas veces no denuncian porque no son independientes, y la única independencia que existe es la económica. Es fundamental el trabajo para que sean autosuficientes y se atrevan a salir de la situación en que se encuentran».

Fátima ya no tiene miedo a las agresiones, aunque reconoce que siente una gran desconfianza hacia la gente todavía
Fátima ya no tiene miedo a las agresiones, aunque reconoce que siente una gran desconfianza hacia la gente todavía

Pocos minutos después, Fátima asiente: «Ahora sé que puedo con todo, tengo dos manos y dos pies, y estoy muy contenta. Me siento responsable y trabajadora».

Patricia también confiesa que está contenta con su empleo, que se maquilla y se viste gracias a él, que saber que sirve es lo más importante para su recuperación. Su condena fue la dependencia económica de su marido, un tipo con melena rubia, ojos verdes y aparentemente el «príncipe azul» que se transformó en el «sapo» malvado del cuento. «Era muy atento y yo siempre había trabajado haciendo labores domésticas. Él dijo que no era necesario que continuase y cuando empecé a vivir con él, me separó de todo, de mi familia, de mis amistades. No me di cuenta el primer año de toda la anulación. No quería intrusos en nuestra relación, eran sus palabras». Los ingresos propios fueron para esta mujer el primer síntoma de libertad.

Los ingresos propios, conseguidos gracias a la labor de la Fundación Integra, fueron el primer síntoma de libertad para estas mujeres

La tortura psicológica y física de su marido, un ciudadano español en busca y captura tras haber sido condenado a cinco años de prisión, le hizo zozobrar durante años y ahora solo quiere ser feliz. A golpe de lágrimas suelta lastre de una vida llevada al límite. «Pensé en el suicidio. Me hizo tantas cosas que no puedo aún contarlas», concede esta mujer, que se retiró del juicio por coacción del abogado de su expareja, algo de lo que ahora se arrepiente. «Debía dar mi verdad, contar todo lo que me había hecho. Quizás a él también le hubiese servido de algo saber lo que había hecho. Recuerdo los ojos con los que me miró el primer día en el tribunal como dos dardos envenenados que se me clavaron» hasta el corazón, comenta Patricia, una imagen de la que no ha podido desprenderse, como de la de su enloquecido agresor rebanando las cabezas de los muñecos que habían regalado al bebé que venía en camino. «Los juguetes estaban endemoniados, mientras me gritaba que también yo lo estaba», recuerda a llanto vivo.

«Es un enfermo, un pobre psicópata, solo siento un profundo odio y desprecio hacia él, un miserable. Tras los malos tratos, se convertía en un perrito. Y tú tienes una mente tan frágil que te dejas manipular. Todavía me duran las pesadillas, los dolores, las náuseas», recapitula Patricia, mientras Fátima calla por su hija. Todavía lleva algunos sábados a su pequeña junto al hombre al que no quiere poner calificativos. Es curioso como esta joven marroquí ha interiorizado el maltrato desde su infancia. También como intenta romper con él, con una desconfianza que, asume, lo impregna todo.

Las preguntas, duras, no le caen bien. «¿Es tu padre también un maltratador con tu madre?» «Yo amo a mi padre, en mi cultura es normal. Mi madre decidió aguantar». Responde Fátima con el primer punto de flaqueza en su robusto discurso, armado a base de terapia y ayuda de la fundación, adonde sigue acudiendo. «¿Te fías de dejar a su hija con su padre, la respetará como mujer como no te respetó a ti?». «No confío al 100%. Espero que con su hija sea diferente, porque yo a mi padre lo amo». Repite para sus adentros.

«Quiero soltar el muerto, para que sus gusanos no sigan intoxicando, como dice una figura muy espiritual»

«Ya ha conseguido el número de mi nueva casa. Después de años de terapia, sigues teniendo el miedo en el cuerpo», evoca Patricia, que quiere «dejarlo ir, y soltar el muerto», como dice, muy espiritual, para que «sus gusanos» no le «sigan intoxicando». «Antes creía en el amor enterno, ahora sé que nada lo es, si alguien me acompaña a vivir feliz en esta vida, maravilloso, pero puedo caminar relajada entre la gente, como canta Shakira en el tema de "La Bicicleta"», canturrea esta boliviana dicharachera. «Todas las mujeres merecemos ser felices».

40 mujeres han muerto en lo que va de 2016 a manos de sus mujeres. 25 menores han quedado huérfanos. Otros ocho casos permanecen bajo investigación.

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