Sociedad

Martín y Sinforosa, los últimos guardianes de La Estrella

Desde hace más de 30 años, este matrimonio de octogenarios son los únicos vecinos que quedan en este pequeño poblado de Teruel

Sinforosa y Martín, los últimos habitantes de La Estrella, un pequeño poblado de Teruel
Sinforosa y Martín, los últimos habitantes de La Estrella, un pequeño poblado de Teruel - Rober Solsona

«Todos éramos conscientes de nuestra indefensión ante la cólera del tiempo y del invierno en la montaña, nos sabíamos solos y olvidados en medio de una tierra que ya nadie transitaba y esa misma indefensión nos acercaba y nos unía más aún que la amistad y la sangre». El escritor Julio Llamazares describía en su magistral novela «La lluvia amarilla» la vida de los últimos habitantes de un pueblo abandonado del Pirineo aragonés y del paso del tiempo y la memoria. Con un ánimo muy diferente al de sus protagonistas, en un poblado situado en la parte oriental de la sierra de Gúdar, vive un matrimonio que ya es la encarnación de la historia del lugar.

Entre riscos y tras tomar una pista sin asfaltar de 12 kilómetros, aparece el barrio de La Estrella. Ubicado al este de Mosqueruela y en el límite con la localidad de Villafranca, los barrancos de alrededor separan Teruel de Castellón.

El silencio domina ante la majestuosidad de las montañas. Ni siquiera sopla una brizna de viento y hace calor pese a estar en diciembre. Un recorrido por calles estrechas de casas deshabitadas, algunas medio derruidas que contrastan con otras restauradas, hacen que el tiempo se detenga para imaginar su pasado.

En su época de esplendor esta localidad llegó a contar con 300 habitantes

Rompe la quietud el ladrido de un perro atado junto a un árbol en la plaza del Santuario, cuya cúpula se divisa desde lejos. Lo acompañan hasta 24 gatos tumbados en el patio de piedra.

La puerta de una de las casas se abre y aparece Martín Colomer, quien saluda sonriente. Poco después sale su esposa, Sinforosa Sancho. Tienen 81 y 82 años respectivamente, pero se les nota poco aquejados de las dolencias de su edad. Son los únicos habitantes desde hace más de tres décadas de La Estrella, que en su época de esplendor llegó a contar con unas 300 personas.

Se conocieron cuando las ovejas de ella se escaparon con las de él y al principio no se hablaban. Pero al tiempo salieron a bailar en una de las tabernas que había por aquel entonces y ya han cumplido 55 años de casados.

Fue Sinforosa la que no se quiso mover del pueblo pese a que la gente lo abandonó por la falta de oportunidades. Aunque cobran una pequeña cantidad de la Seguridad Social, Martín trabaja en el campo. Ahora ha conseguido cultivar trufa negra, de la que espera sacar algo de dinero.

Residen desde la posguerra en una hospedería de varios siglos de antigüedad perteneciente al obispado. Nada tiene que ver con las comodidades actuales. Cuentan con luz desde hace unos ocho años a través de placas solares -«antes usábamos teas», comenta Martín- y no tienen televisión, «sólo radio».

Para llamar por el móvil tienen que subir al único punto del poblado en el que hay cobertura y, si necesitan acudir a comprar o al médico, se desplazan en un viejo Land-Rover a Villafranca, donde vive su hijo.

Martín Colomer, de 81 años, pasea por este poblado que llegó a tener 300 habitantes
Martín Colomer, de 81 años, pasea por este poblado que llegó a tener 300 habitantes- R. Solsona

La casa es interminable. Aparte de las habitaciones, baño y cocina para su uso personal, destaca una gran estancia que antes era una clase, en la que todavía están perfectamente colocados los pupitres y permanece colgado un mapa de la antigua URSS.

El Santuario, en gran parte mantenido por ellos, fue reconstruido sobre 1724. Cada último domingo de mayo, decenas de vecinos de Mosqueruela suben en romería hasta allí y celebran una fiesta en el pueblo.

La planta es de tres naves y todavía se conservan frescos originales, aunque muchos de ellos fueron pintados de blanco en la Guerra Civil, durante la cual también se destruyó el altar. Detrás de éste, se accede a una pequeña sacristía en la que aún se pueden observar ofrendas a la Virgen por curaciones milagrosas y fotografías y objetos de los peregrinos.

Placa en la calle del pueblo
Placa en la calle del pueblo- R. S.

Por todo el poblado hay detalles de su historia: desde una riada que acabó con la vida de 26 personas en 1883, hasta la placa del torero Silvino Zafón, conocido como «El Niño de la Estrella» y que murió por un accidente de moto en 1963. Pero la mejor memoria es la de sus habitantes. A Martín le cambia el semblante cuando le preguntan por la posguerra. «Fue muy dura. Aquí vimos cómo se llevaban a gente para fusilarla, amigos nuestros con sus hijos».

La Estrella fue refugio de maquis y por ella accedían a Valencia los guerrilleros. «A mi casa llegaron a venir Guardias Civiles disfrazados de maquis para sacar información, pero los reconocí y les pregunté por qué hacían eso. Sé que era peligroso, pero ellos callaron», relata Martín. «Después de pasar por todo eso te planteas por qué seguimos matándonos entre nosotros. Yo no tengo estudios, pero sé que este mundo no va bien. Nosotros vivimos con lo que tenemos y somos felices», reflexiona.

¿Y hasta cuándo seguirán aquí? «Hasta que duremos, que tampoco será mucho», afirman tajantes ambos. Cuando ocurra, y con la esperanza de que sea lo más tarde posible, La Estrella se quedará sin sus guardianes. Pero, como en «La lluvia amarilla», «hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas».

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