Santiago Martín

Eucaristía, fuente de vida

El Papa ha decidido recordarnos dónde está nuestro tesoro, porque es allí donde debe estar nuestro corazón

Santiago Martín
MadridActualizado:

Aprovechando que las cosas están un poco más calmadas en Cataluña, puedo dejar de escribir sobre ese conflicto absurdo y fratricida, para fijarme en otras cosas que pasan en la Iglesia. Hay mucha tensión, tanto interna como externa, pero también hay muchos motivos de esperanza y de consuelo.

Por ejemplo, me ha llenado de alegría que el Santo Padre haya comenzado un ciclo dedicado a la Eucaristía en sus catequesis de los miércoles. No podía haber elegido mejor tema ni haber empezado mejor de lo que lo ha hecho. Citando a los mártires de Abilene, afirmó que un católico no puede vivir sin la Eucaristía. La Eucaristía, recordaba el Papa, es para nosotros no sólo rito o culto, liturgia o celebración fraternal; es presencia real de Cristo y es actualización incruenta pero auténtica del sacrificio del Señor en la cruz. Es Cristo que se vuelve a entregar por nosotros y que se queda realmente en unas humildes especies como son las del pan y las del vino. No podemos vivir sin Cristo y por eso no podemos vivir sin la Eucaristía. Aquellos mártires de Abilene, en el norte de África, a los que se refiere el Papa, recibieron una oferta que, aparentemente, era generosa y que les evitaba la tortura y la muerte. Bastaba con renunciar a la misa dominical. No se les pedía ni siquiera ofrecer incienso ante el altar del emperador o de los dioses paganos. Después de reflexionar, su respuesta fue tajante y unánime. «Sin la Eucaristía no podemos vivir». Y fueron al martirio.

Esta es la experiencia de tantos, confío en que de la inmensa mayoría de los católicos practicantes. ¿Cómo íbamos a llevar la cruz de cada día sin el consuelo y la fuerza que recibimos al comulgar? No es una cuestión psicológica, una especie de autoconvencimiento o un placebo que nos hace engañarnos a nosotros mismos. Es algo que hemos experimentado con mayor o menor intensidad desde que hicimos la primera comunión y, niños aún, sabíamos sin entender y gustábamos sin comprender. El Papa ha decidido recordarnos dónde está nuestro tesoro, porque es allí donde debe estar nuestro corazón. Cuando éste está puesto en Cristo, en la acción de gracias a Cristo por su amor, todo lo demás viene por añadidura.

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