Un 4 de diciembre

«Es muy tentador sentirse Adán en el Paraíso y hacernos creer que antes de nosotros no había nada»

Yolanda Vallejo
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Deberían ponerse de moda los rabillos de pasa, como en su día se pusieron de moda las nueces de California o las bayas de Goji; como la soja o como las pulseras magnéticas de la Teletienda. Con los rabillos de pasa, y sus propiedades neuronales, nos iría a todos muchísimo mejor, como ya nos advertían en el colegio, no se haga el olvidadizo a estas alturas. Fantásticas para la memoria, según decían los maestros. Incluso para la memoria histórica. Porque si 20 años no es nada, 40 se han posicionado como la cifra mágica para las celebraciones. De un tiempo a esta parte, de todo hace 40 años, incluso de lo que hace 80 o más. Año arriba, año abajo, resulta que hace 40 años de la muerte del dictador, 40 de la Transición, 40 de la Constitución, 40 de los primeros gobiernos democráticos, y 40 años –mañana– de aquel 4 de diciembre de 1977, que cada uno interpreta como mejor le parece. Cosa de los rabillos de pasa, será.

Aquel 4 de diciembre de 1977 era domingo. Los andaluces –no eran tiempos de corrección lingüística aún– estábamos llamados a salir a las calles para reclamar el derecho –ni artículo 143, ni 151, que aún faltaba un año para cuantificar nuestros derechos y deberes en la Constitución- a la autonomía de nuestra región– tampoco eran tiempos de corrección geográfica y se decía región. En nuestra provincia, dos manifestaciones, en Cádiz y en Algeciras, estaban convocadas para las 12 de la mañana. Un domingo, con frío según avanzaba el tiempo en los noticieros, pero con sol. Enrique Múgica, desde la portada del periódico, afirmaba que «Las Fuerzas Armadas han aceptado la democracia, han enterrado los fantasmas de la Guerra Civil», y mientras una bomba en Madrid dejaba pérdidas considerables en el Palacio de Justicia y en el Tribunal Tutelar de Menores, en nuestra ciudad se anunciaba que «el día 15 comenzará a funcionar la nueva Residencia sanitaria». Entonces, como ahora, lo de las fechas era relativo. Aquel día, la opinión en el periódico local tenía las firmas de Ramón Vargas-Machuca «La libertad de enseñanza o el miedo a la libertad» y de Antonio Morillo Crespo «Viva la Constitución». Daban en la primera cadena de Televisión Española un nuevo capítulo de ‘Lucas Tunner’, y luego el programa ‘625 líneas’. El turrón de chocolate Suchard valía 112 pesetas y una botella de Freixenet Carta Nevada se podía comprar por 305 pesetas. Estaban cerca las Navidades, claro, y los sueños de los andaluces pasaban por la licuadora Moulinex –el pequeño electrodoméstico inservible, siempre me ha parecido cautivador– que costaba 3.560 pesetas. Seguíamos despertando al progreso, a la libertad, a la democracia, no conviene olvidarlo.

Ese 4 de diciembre, el alcalde Emilio Beltrami no iría a la manifestación –como sí hizo el presidente de la Diputación, Antonio Barbadillo– por encontrarse enfermo, aunque envió su apoyo a los manifestantes, que antes de comenzar su marcha, a la altura de la antigua plaza de toros, «colocaron una corona de flores en memoria de los que allí murieron ejecutados en 1936». La manifestación, con un número de participantes cercano a los 70.000, iba encabezada por la comparsa ‘Nuestra Andalucía’ que caminaba por la Avenida «interpretando coplas de su repertorio», intercaladas con los gritos de «Andalucía, unida, jamás será vencida». Según cuenta la prensa local, al pasar por el Gobierno Civil, una persona «colocó una bandera andaluza» mientras los manifestantes aplaudían.

Luego se sabría que, aunque con mayor o menor participación, en todas las capitales andaluzas la cosa se había desarrollado con tranquilidad y sin incidentes, excepto en Málaga, donde fue asesinado a tiros –y por la espalda– Manuel José García Caparrós, lo que teñiría para siempre de luto una fecha que, en principio, estaba llamada a ser declarada Día de Andalucía, como decían los titulares de todos los periódicos el martes siguiente –los lunes, ya se sabe–. La muerte del joven malagueño simbolizó, de alguna manera, la lucha del pueblo andaluz y el determinismo de su gente a la hora de reclamar sus derechos. Lo habíamos visto ya en las huelgas del sector naval en nuestra provincia y en las protestas de los jornaleros sevillanos. Los andaluces, como luego diría el himno, queríamos volver a ser lo que fuimos –sea lo que sea, aquello que fuimos, dicho sea de paso–.

Por eso me parece de justicia que una calle en nuestra ciudad lleve el nombre de 4 de diciembre de 1977, y por eso le he contado lo que ocurrió aquel día, según las escrituras. Porque es muy tentador sentirse Adán en el Paraíso y hacernos creer que antes de nosotros no había nada. Porque queda muy bien traer a ‘Raza Mora’ y a los familiares de Caparrós y cantar un pasodoble y convocar a los vecinos y vecinas, y poner una bandera, como si, de pronto, hubieran descubierto la piedra filosofal.

Pero todo eso ya lo habían hecho nuestros padres, hace 40 años. Con toda la normalidad del mundo, con toda la responsabilidad del mundo, con toda la ilusión del mundo. Lástima que los rabillos de pasa no se hayan puesto de moda. A más de uno le vendrían bien. Sobre todo, para recordar, que antes de mañana, ya hubo un ayer blanco y verde. Le pese a quien le pese.

Yolanda VallejoYolanda VallejoArticulista de OpiniónYolanda Vallejo