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Tulipanes

A los humanos nos encanta tropezar con la misma piedra

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La primera burbuja especulativa de la historia no puede ser más estética y colorista, pues fue la de los bulbos de tulipán en la opulenta Holanda del XVII. Los tulipanes, originarios de Turquía, se aclimataron perfectamente al suelo húmedo de los Países Bajos. A pesar de ser un bien frágil y de vida efímera, se convirtieron en símbolo de opulencia y se pusieron de moda. Holandeses de toda condición comenzaron a especular con los bulbos. Entre 1634 y 1637 se produjo la auténtica «tulipomanía». Fueron aceptados como valor bursátil y hasta nació un mercado de futuros donde se negociaban cosechas venideras. Algunos bulbos muy exóticos superaban el precio de una mansión. Pero a comienzos de febrero de 1637, inesperadamente, un lote a subasta en el mercado de Haarlem no encontró demanda. Ahí pinchó la burbuja de los tulipanes. Todo se fue al carajo en cadena, desatándose una grave crisis financiera.

Ayer la bolsa de Chicago admitió a la moneda virtual bitcoin en su mercado de derivados. No está mal para un fenómeno que el consejero delegado de Morgan Stanley ha tachado de «fraude» y que el inversor de leyenda Warren Buffett define como «una burbuja a punto de reventar». La criptodivisa más popular entre el millar que circula por internet nació en 2009. Fue obra de un programador anónimo -o de varios-, que se oculta bajo el sonoro seudónimo de Satoshi Nakamoto. Los iniciados especulan con que podría tratarse de un geek, un friki de la tecnología, japonés y de 42 años. Nada se ha probado. Lo que sí se sabe es que un bitcoin valía 334 dólares hace nueve años y esta semana ha llegado a los 16.000. Nakamoto presentó su invento en un artículo publicado en 2008, en plena crisis financiera. Proponía un sistema de pago «entre iguales» y «sin una autoridad central». La novedad de esta seudo moneda es que no está respaldada ni por gobiernos ni por bancos. Sería, según celebran los libertarios antiestablishment, «dinero del pueblo y para el pueblo». La realidad es que apenas permite hacer compras ni responde a nada que genere un valor tangible, como sí ocurre con el petróleo u otras materias primas. Recuerda al oro: todo se basa en una convención especulativa. Su único valor es la ilusión -por ahora cierta- de que cada día valdrá más; comprarlo para venderlo más caro (en la mañana del pasado jueves se revalorizó un 20%). Un amigo experto en estas lides sostiene que invertir en bitcoin «es como ir al casino». El profeta Krugman tacha la criptodivisa de «fantasía de libertarios anti-gobierno». Pero cuando Krugman dice algo urge hacer justo lo contrario, pues todavía resuena su profecía de 1998: «Internet se frenará drásticamente. En 2005 se verá que no ha aportado a la economía más que el fax». Un fenómeno.

La galopada del misterioso bitcoin evoca la fiebre de los tulipanes. El hombre nunca se aburre de estamparse contra el mismo peñasco. En Cataluña, miles de votantes se preparan para comprar de nuevo bulbos de flores amarillas que nunca brotarán. Puigdemont, alterado y espectral, deambula por el exilio con su reivindicativa bufanda amarilla de tulipán de invierno. Como diría el Oráculo de Omaha, otro fraude que va a reventar.