Arash Arjomandi

El regreso de la amenaza nuclear Arash Arjomandi

Hacía más de dos décadas que a todos nos parecía que la guerra nuclear era ya parte del pasado

Arash Arjomandi - Actualizado: Guardado en: Opinión

Hacía más de dos décadas que a todos nos parecía que la guerra nuclear era ya parte del pasado y que la aniquilación completa de nuestra especie, como límite absoluto de cualquier situación de conflicto, era ya ciencia-ficción.

La crisis actual en el seno de la OTAN, por un lado, y la posibilidad, cada vez más amenazadora, de actuaciones erráticas por parte de potencias nucleares, por otro, hace que el horizonte de la autodestrucción total vuelva a primera plano. Ello reaviva el clásico debate acerca de la necesidad o no de retornar a políticas de contrapesos disuasorios para asegurar la paz.

La obra más importante jamás escrita acerca del horizonte de la destrucción total de la especie humana es The Fate of the Earth (El destino de la Tierra) del prestigioso periodista Jonathan Schell. Este libro –que en 1982 fue galardonado por el Los Angeles Times y nominado para el Pulitzer, entre otras distinciones– muestra de forma incontestable y en bello estilo periodístico la falsedad de la denominada teoría de la disuasión: aquella que afirma que la mejor garante de la paz es una escalada atómica, pues, al tener un límite máximo (la destrucción absoluta), hace que ninguna potencia se atreva a apretar el botón nuclear.

Hasta tal punto este libro es importante que –según explica el alto cargo del Banco Mundial y ex directivo del FMI, Augusto López-Claros– fue decisivo para que los líderes de la antigua Unión Soviética, y posteriores colaboradores de Mijaíl Gorbachov en la glásnost, se persuadieran de la futilidad de la carrera atómica y de lo mucho que estaba perjudicando a la economía soviética.

Una de las aportaciones del libro de Schell es un elegante pero demoledor desmantelamiento de la lógica disuasoria. Algo que Michael Wallace ha probado empíricamente en su Arms Races and Escalation. Wallace ha demostrado estadísticamente que en situaciones de disputas armamentísticas severas las probabilidades de la guerra aumentan de forma arrolladora: de las 96 situaciones en que, entre 1830 y 1965, se dio un desafío de fuerzas entre potencias armamentísticas (como podrían ser, hoy, el caso de EEUU, China, Corea del Norte, Rusia o Irán) y una mostración de poderíos militares, 23 casos finalizaron en guerra, en tanto que sólo hubo 3 contiendas en ausencia de escaladas armamentísticas.

Tal como indica el sociólogo Nader Saiedi de la UCLA, es una verdad histórica innegable que las grandes guerras modernas (las napoleónicas y las dos Guerras Mundiales) fueron resultado directo de una obsesión de los estados-nación por mantener un equilibro del terror. Es una deducción casi física y matemática que toda equiparación de fuerzas entre potencias no puede soslayar aquello que precisamente busca evitar: el enfrentamiento bélico.

Los llamados realistas o defensores de la teoría disuasoria sacan, una y otra vez, a colación la guerra fría como supuesta prueba de que la paz puede ser fruto de un calculado y preciso equilibro nuclear; pero no se percatan de dos grandes fisuras en su argumentación: si bien durante la guerra fría no se usaron armas atómicas, esa misma guerra fría fue la causa directa de múltiples guerras convencionales. Por otro lado, esa situación no es extrapolable al momento actual por cuanto la guerra fría confinó la carrera nuclear a sólo dos potencias, en tanto que la proliferación actual propiciará, tarde o temprano, que líderes extremistas o grupos radicales usen armas atómicas, máxime cuando tales perfiles no temen la aniquilación del mundo por cuanto ven en ella un sentido ultramundano.

Schell y otros estudiosos como Paul Joseph tienen claro que la falaz teoría disuasoria es una derivación lógica del sacro-santo principio de la seguridad nacional. A escala colectiva, en las relaciones entre naciones, nos hallamos en un sistema hobbesiano y anárquico, por cuanto no existe un contrato vinculante entre las naciones, equiparable al contrato social que garantiza la paz civil dentro de cada democracia. En este general sálvese quien pueda, es natural que la única estrategia racional y pragmática para las naciones sea procurar equipararse a las demás potencias en términos armamentísticos. Algo que la historia moderna muestra que conduce inexorablemente a confrontaciones bélicas.

Joseph propone una alternativa: la misma que indicara visionariamente Bahá’u’lláh –cuyo bicentenario se conmemora precisamente este año–: hay que sustituir la seguridad nacional por políticas de seguridad planetaria; hay que apostar por el principio de seguridad colectiva de la humanidad.

Este cambio de paradigma –como lo denomina Joseph– de reemplazar las actuales políticas armamentísticas por el principio de conservación de la humanidad supone dejar de ubicar la amenaza en las otras naciones-estado para tornar la mirada hacia el verdadero enemigo que busca exterminar a toda la especie humana por igual; lo que Eugenio Trías denomina los tres límites absolutos: el límite de una aniquilación nuclear, el límite medioambiental al crecimiento y el límite tecnológico (debido a la barrera de la velocidad de la luz, que nos está impidiendo salir de nuestra soledad cósmica).

Arash Arjomandi es filósofo y profesor de la EUSS (UAB)

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