Inclemencias

Ante un problema repetido con carácter endémico, ningún gobernante puede culpar, como Napoleón, al general Invierno

Ignacio Camacho
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La política siempre se toma revancha contra el oportunismo. Lo que unos dicen en la oposición se acaba volviendo en su contra cuando gobiernan, y viceversa: por eso es menester ser cuidadosos tanto en las críticas como en las promesas. A Rajoy, que sabe algo de eso porque se tuvo que envainar su programa fiscal en el primer minuto de mandato, le están pasando factura por sus antiguas burlas sobre Magdalena Álvarez a cuenta de cierta nevada y su correspondiente colapso. Pero los socialistas tampoco fueron clementes con Aznar, ni éste con González, cada vez que el temporal provocaba en Guadarrama el habitual atasco. La hemeroteca y Google dan testimonio de la reiteración del problema año tras año. De lo que no hay noticia es de asunción de responsabilidades en forma de destituciones o de renuncias: no se ha dado el caso.

En la sociedad moderna, y más aún en la posmoderna, la gente no acepta la inevitabilidad de los contratiempos; la mentalidad dominante está acostumbrada a una suerte de protección indolora que excluye el concepto mismo del riesgo. Por eso ningún gobernante puede culpar de sus fracasos, como Napoleón, al general Invierno, sobre todo si se trata de un desastre repetido en fecha y lugar con carácter endémico. Una nevada en la sierra de Castilla no es la «bomba ciclónica» de Estados Unidos, sino una contingencia ordinaria que debe estar prevista en un país moderno; más aún en el día del retorno vacacional, con experiencia contrastada de tráfico intenso.

Al evidente fallo de prevención, Fomento y la DGT han sumado el agravante de arrogancia culpando a los conductores de imprudencia. Que en muchos casos habrá existido sin duda, pero que en términos generales constituye una mala excusa rayana en ofensa. Tráfico comunica en un lenguaje burocrático poco comprensible el estado de las rutas, y en último término tiene la obligación de cortar las vías inutilizables y establecer las necesarias cautelas. Lo peor que cabe hacer en una situación de esta clase es descargar sobre las víctimas el resultado de la propia torpeza. Los ciudadanos ya están bastante cabreados por la ineficacia administrativa para aguantar encima insolencias y cuando se paga un peaje lo mínimo que cabe esperar es que el que lo cobra se preocupe de tener despejada la carretera.

La del fin de semana ha sido una manifiesta demostración de descuido e incompetencia. Las autoridades han aparecido tarde y mal, como las quitanieves, sin autocrítica y sin pedir disculpas, lanzando evasivas de autodefensa. Y no sólo ante la opinión pública y la oposición: ayer mismo había entre Interior y Fomento notables aunque soterradas acusaciones internas. Sólo ha estado a la altura el Ejército, al que los políticos acuden como remedio operativo urgente de su falta de destreza. Al menos esta crisis debería servir para que nadie vuelva a usar como arma arrojadiza una tormenta.

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