La hora de la verdad

El Parlamen no elige a Quim Torra, pues quien realmente lo designa es un presunto delincuente

José María Carrascal
Actualizado:

QUE Quim Torra no es el verdadero presidente de Cataluña, aunque sea nombrado, no lo dice la oposición. Lo ha reconocido él mismo al admitir en su discurso de investidura que el verdadero presidente es quien le designó: Carles Puigdemont. Pocas veces, sí alguna, se habrá visto un nombramiento tan vergonzante. ¿Qué es, entonces, Quim Torra? Pues un suplente, un interino, un figurón que ocupa provisionalmente el cargo, que no puede ocupar el designado. Con lo que tropezamos con el primer reparo al nombramiento: si Torra fue elegido por Puigdemont para ocupar el puesto que él no podía ejercer por ser un fugitivo de la Justicia, tal nombramiento está viciado de origen. Se argüirá que lo elige el Parlament, pero más que elegirle, lo ratifica, pues quien realmente lo designa es un presunto delincuente. La segunda objeción es el rechazo con que le han recibido no sólo los partidos constitucionalistas, sino también los que vienen respaldando el secesionismo. Los más benignos han dicho que no representa a todos los catalanes, sólo a los independentistas, el resto, que busca el choque, no salir de atolladero. El más duro fue Domènech: «Queremos saber qué opina de los españoles. Entonces sabremos qué siente hacia ese 70 por ciento de catalanes que se sienten también españoles». Más que un endoso era una advertencia. Como si cundiera en ese campo, aunque nadie se atreve a decirlo temiendo ser acusado de traidor. ¿Le ha salido a Torra el tiro por la culata, si no ahora, más adelante? ¿O era lo que buscaba, sacar pecho? Lo sabremos pronto.

Él ni siquiera ha intentado disimular sus objetivos: restaurar a Puigdemont como president, eliminar e investigar los efectos nocivos de la aplicación del 155 y «continuar el proceso constituyente iniciado el 1-O para construir un Estado independiente catalán en forma de república». ¿Cómo? Recuperando todas las funciones de la Generalitat y multiplicando la actividad internacional y la agitación callejera en casa. Es su respuesta a la oferta de diálogo de Rajoy: desafiándole. Pero Puigdemont le ha nombrado representante precisamente por su fidelidad y fiereza. Así que de «vuelta a la normalidad» nada. Al revés: más confrontación. De reconocimiento de la Constitución y del Estatuto catalán, no me haga usted reír. Y de lo único que está dispuesto a hablar es del derecho a decidir. Algo que ningún gobierno español puede darle. Sin importarle las consecuencias. Nos esperan, pues, tiempos borrascosos. Paradójicamente, el único que parece interesado en que haya un gobierno en Cataluña es Rajoy. No sabemos si es sincero o un señuelo para que caigan de nuevo en el cepo del 155. Pero tendrá que mojarse porque Quim Torra viene en tromba y va a por todas. Ya no basta esperar a que se equivoque porque no cree equivocarse y considera no ya legítimo, sino obligatorio dinamitar todas las leyes actuales españolas y catalanas. Hay que hacerle frente. Llega la hora de la verdad, después de tantas mentiras, y nadie, partidos, jueces, gobierno, puede escaquearse so pena de acabar en el trastero de la historia.

José María CarrascalJosé María CarrascalArticulista de OpiniónJosé María Carrascal