Estado de derecho

Cataluña es hoy la casa de tócame Roque, un gallinero alborotado

José María Carrascal
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Todo el prestigio que Cataluña acumuló en los dos últimos siglos, los realmente importantes (en los anteriores fue un anexo a la Corona de Aragón, excepto en aquella quijotada de los almogávares, que se fue como vino, sin dejar rastro) lo están dilapidando sus líderes cuando se pusieron a gobernarla. Lo que significa, como sospechaban sus mentes más agudas, Plá y Graziel por ejemplo, que gobernar no se les da. Pujol y su entorno familiar ante los tribunales; Mas convencido de que era más astuto que nadie, con el piso empeñado; Puigdemont, preparándose para ser presidente desde Bruselas; Junqueras pidiendo a los jueces que le absuelvan por ser un buen católico, están ofreciendo una imagen de Cataluña opuesta a la emprendedora, realista, moderna y capaz que tenía. «Lo que no se puede hacer es el ridículo», les advirtió Tarradellas al regresar del exilio. No ya en el ridículo, sino en lo grotesco están cayendo esos personajes de TBO, camino del esperpento, pues ¿cómo llamarían ustedes a gobernar telemáticamente desde el extranjero o desde la cárcel, con permisos del juez para asistir a los grandes eventos? Iban a ser el espectáculo del siglo, el hazmerreír del planeta, estoy seguro de que acudirían turistas de todas partes para presenciarlo y hacerse un selfie. Y, sin embargo, es lo único que les va quedando: presentarse como víctimas. Sin darse cuenta de que sólo mostrarían que España es una democracia. Algo en lo que nunca han creído por no saber qué es.

Estamos viendo que el plan secesionista catalán se reducía a pedir al gobierno algo que no podía darles -un referéndum de independencia ilegal- y obligase a los jueces a no impedirlo, que la separación de poderes no autoriza. Puede que el haber concedido los anteriores Presidentes a los nacionalistas catalanes cuanto les pidieron (Zapatero sobre todo) les hizo creer que el actual se lo concedería. Sin saber que la política es «el arte de lo posible» (Bismarck) y que pedían un imposible al prohibirlo la Constitución. Como era imposible que los jueces dejaran en libertad a un Junqueras que persiste en el secesionismo unilateral, como explicó luego a sus fieles. Debían creer que el resto de los españoles, incluidos los catalanes que también desean serlo, éramos tontos. O los tontos son ellos. Los acontecimientos apuntan a lo último. Cataluña es hoy la casa de tócame Roque, un gallinero alborotado, un psiquiátrico con Napoleones por todas partes, el personal cada vez más dividido y la salida, más lejos. ¿Es Rajoy el culpable de todo ello? Hombre, de ser así, no le ha salido del todo mal, si pensamos que a Pujol llegó a ser el hombre más poderoso de España, que Mas era el Moisés que iba a llevar a su pueblo a la «tierra prometida», que Puigdemont proclamó un república fantasma y que Junqueras confunde el Tribunal Supremo con un confesionario. ¡Qué cuatro patas de banco! En fin, uno duerme más tranquilo sabiendo que España es un Estado de Derecho.

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