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España contra Israel Ramón Pérez Maura

Ante una resolución que cuestiona directamente si Israel tiene un vínculo histórico con el Muro de las Lamentaciones, España no quiso definirse. ¿Es ésa nuestra política exterior en la región?

Como en tantos otros lugares del planeta, también en Oriente Medio se han dado cuenta algunos terroristas de que es más probable ganar posiciones en la mesa de negociaciones que en el campo de batalla. Y como vimos en Colombia, con la inmensa mayor parte de Occidente apoyando la condonación de toda pena de cárcel a los culpables de delitos de lesa humanidad, quienes están sobre el terreno deben defender sus posiciones frente a las de los que creían sus aliados. El pasado jueves volvimos a tener un ejemplo especialmente penoso en el conflicto entre israelíes y palestinos en el que la política exterior española volvió a jugar un papel especialmente penoso.

La Autoridad Nacional Palestina convive con los terroristas de Hamas, pero apuesta mayoritariamente por vencer a Israel en las mesas de negociación y no en calles ensangrentadas. Eso es un adelanto, qué duda cabe. Aunque en ese contexto, promueve todo tipo de resoluciones que a fin de cuentas implican decir que Israel carece de un derecho a existir. Al menos en Tierra Santa. Los palestinos han llevado ahora al Consejo Ejecutivo de la UNESCO, la organización de la ONU para la Cultura, la Educación y la Ciencia, una condena a Israel por sus medidas ilegales «contra la libertad de culto y el acceso de musulmanes» a sus lugares sagrados. Supongamos por un momento que fuera cierto que Israel impide ilegalmente ese acceso. Eso podría ser, efectivamente, una causa de condena a Israel. El problema es que la resolución era revestida de elementos denigratorios para el derecho de existencia del Estado de Israel, que es denominado «potencia ocupante» diez veces, lo que implica decir que no tiene ningún vínculo con lo que los judíos llaman el Monte del Templo. Es difícil mayor aberración histórica: en ese lugar, también conocido como monte Moriah, fue el sacrificio de Isaac y allí erigió el Rey David el santuario que debía albergar el Arca de la Alianza, tradición en la que se enraiza la cultura cristiana.

La iniciativa palestina que implica negar las raíces del Estado de Israel fue sometida a votación el jueves entre los 58 estados miembros del órgano de Gobierno de la UNESCO. Y fue aprobada con 24 votos a favor, 26 abstenciones y seis votos en contra. Entre los que votaron en contra estaban países de cuya probidad democrática es difícil dudar: Estados Unidos, Reino Unido, Holanda, Alemania... España prefirió no sumarse a esa compañía y se abstuvo. Es decir: ante una resolución que cuestiona directamente si Israel tiene un vínculo histórico con el Muro de las Lamentaciones, España no quiso definirse. ¿Es ésa nuestra política exterior en la región?

Podríamos aprovechar para aclarar nuestra visión de para qué vale la UNESCO. Votaciones como la del jueves tienen el resultado práctico de que Estados Unidos sigue sin pagar sus cuotas, que son básicas para el funcionamiento de la organización. Y que ayer mismo Israel anunciara la suspensión de su cooperación con la UNESCO. Nunca supimos que esta organización hubiera sido creada para resolver los problemas de Oriente Medio y votos como el que emitió España el pasado jueves sirven para que la utilidad de la organización sea cada vez menor, mientras nosotros seguimos pagando unas cuotas que se desperdician por la casi nula utilidad de la organización.

Los palestinos han pasado del terrorismo a buscar esta victoria en la mesa diplomática negando el derecho del Estado de Israel a su propia historia. Y algunos países occidentales como España y Francia les avalan.

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