Luis Ventoso

De Dinamarca a Albania

Al final están descubriendo lo evidente: Cataluña es España

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DÍA tras día endilgaron a los catalanes el embuste que su república, una vez liberados de los desagradables chupópteros españoles, sería como Dinamarca, o mejor, que para eso tenemos playa. La milonga fue divulgada sin tregua desde TV3, órgano de propaganda del odio a España que el Estado debería haber cerrado hace tiempo, pues resulta execrable que nuestros impuestos sostengan un servicio consagrado a destruir la legalidad constitucional. También vendían la milonga danesa las alegres radios de Godó echadas al monte, las universidades acogotadas por el pensamiento único, las prédicas santurronas de Junqueras, Mas y muchos curillas identitarios, y las alucinaciones psicotrópicas de los iluminados de la CUP. Incluso empresarios del ponderado «seny», hoy lívidos al constatar que la insurrección los acerca a la ruina, la gozaban dando lecciones de cejas altas por despachos ilustres de Madrid, donde con soniquete perdonavidas reclamaban «un encaje que permita que por fin nos sintamos cómodos en España, porque ahora no lo estamos, ¿entiendes?».

El golpe de Estado a cámara lenta que padecemos –mientras nuestro presidente medita si se debe detener a unos delincuentes compulsivos– deja algo claro: una Cataluña independiente no sería Dinamarca. Sería Albania. Siete compañías catalanas, valoradas en 52.600 millones de euros, se han dado el piro sin que haya llegado a declararse la independencia. No son unas firmas cualquiera. Constituyen la entraña empresarial y financiera de Cataluña y parte de su mejor historia. El Sabadell, que ha escapado a Alicante, lo fundó en 1881 un lobby de empresarios barceloneses para financiar su comercio de lana y carbón. La historia de Caixabank, un gigante con 32.000 empleados y 13,8 millones de clientes, se pierde en dos cajas de ahorros locales de 1844 y 1904. El coloso ha escapado a Valencia y Baleares. La Sociedad General de Aguas de Barcelona (Agbar), hoy multinacional y francesa, tiene 145 años de vida y se acaba de largar a Madrid. En la Diagonal brilla todavía la torre Agbar, el orgulloso pepino de cristal de Jean Nouvel que inauguraron los Reyes en 2005, cuando en Cataluña corrían tiempos menos majaderos.

Esas compañías son profundamente catalanistas, la mayoría en el sentido más positivo y menos excluyente. Retirar sus cúpulas de su tierra en 48 horas tiene que haberles supuesto un trago emocional durísimo. ¿Por qué lo han hecho? La versión oficial es que se mudan ante la creciente «inseguridad jurídica». Pero esa no es la razón real, pues la región no se va a independizar, y el Estado, aunque parezca soñoliento, sigue garantizando allí el imperio de la ley. Se van por otro motivo más sencillo: la insurrección sediciosa, su desprecio constante al vecino, había convertido lo catalán en enojoso para los clientes del resto de España, que se estaban dando de baja en masa. Así que las empresas catalanas han tenido que hacer un gesto de españolismo para cortar una sangría que las llevaba al garete. Dicho de otra manera: esas compañías viven de España y son España, del mismo modo que lo es Cataluña desde siempre (y bien que le ha ido). Vayan volviendo a casa, que fuera hace un frío que pela…