CRÍTICA DE TEATRO

«Incendios», el cuchillo en la garganta

Mario Gas dirige en el teatro de La Abadía la obra de Wajdi Mouawad, con Nuria Espert al frente del reparto

Nuria Espert y Edu Soto, en una escena de «Incendios»
Nuria Espert y Edu Soto, en una escena de «Incendios» - Teatro de La Abadía
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN - Actualizado: Guardado en: Cultura , Teatros

«La infancia es un cuchillo clavado en la garganta. No se lo arranca uno fácilmente, sólo las palabras tienen el poder de arrancarlo». Wajdi Mouawad habla por boca de uno de sus personajes del peso del pasado que condiciona las acciones de los seres humanos. Los personajes de «Incendios», ya una de las grandes obras teatrales de este siglo, están atados por un pasado que no conocen y que necesitan articular para entender quiénes son.

«Incendios» (****)Autor: Wajdi Mouawad. Traducción: Eladio de Pablo. Dirección: Mario Gas. Escenografía: Carl Fillion. Iluminación: Felipe Ramos. Vestuario: Antonio Belart. Videoescena: Álvaro Luna. Intérpretes: Nuria Espert, Laia Marull, Ramón Barea, Álex García, Carlota Olcina, Edu Soto, Alberto Iglesias y Lucía Barrado. Teatro de La Abadía. Madrid

Mouawad, libanés afincado en Canadá y actual director del parisino Teatro de la Colina, traza en esta escalofriante pieza una cartografía del dolor concreto convertido en universal, porque –permítanme recuperar algunas ideas de mi crítica de 2008, deslumbrado por la representación en el Teatro Español de esta tragedia dirigida por el autor– sigue ese hilo de fuego (del conocimiento, las pasiones, el sufrimiento) que comunica los nudos sensibles del corazón humano a través de las épocas. En «Incendios» alienta una guerra incesante cuyos ecos retumban cíclicamente en multitud de lugares, se percibe a Sófocles devanando la desgraciada historia de Edipo, víctima y verdugo de sí mismo, a Shakespeare con sus sagas de sangre y ferocidad familiar, y acecha la tan humana crueldad absurda que la literatura escénica del siglo XX ha reflejado repetidamente.

Todo arranca con la lectura del testamento de Nawal, una mujer de origen libanés muerta en Québec, aunque en este montaje no hay especificaciones geográficas precisas. Entre lo legado a sus dos hijos gemelos, un chico y una chica de veintipocos años que reniegan de su madre, el notario les entrega un cuaderno rojo, una chaqueta verde con el número 72 a la espalda y dos sobres que habrán de depositar en manos de su padre, al que suponían muerto, y un hermano cuya existencia ignoraban. Así comienza un viaje a un pasado ignoto, hacia el conocimiento de sus orígenes, a las fuentes terribles del horror y de la vida. Un viaje que transcurre hacia atrás y hacia delante, el doble camino de la verdad oculta, y al que el espectador asiste con el ánimo en suspenso, como los protagonistas, según conoce nuevos datos de la historia de Nawal.

Mario Gas, que programó cuando dirigía el Español el sencillo y esencial montaje de Mouawad, despliega una espléndida apuesta diferente y personal de gran empaque escénico y sensible brillantez estética. La escenografía de Carl Fillion es magnífica: un frontis de hormigón –sobre el que se agitan los vídeos de Álvaro Luna– con una puerta, circundado por dos extensiones de arena; propuesta que enlaza estilísticamente con otros dos rotundos montajes de sagas familiares terribles firmados por Gas: el portalón del palacio de los átridas en «La orestiada», que dirigió en 2004, y la enorme puerta de la mansión de los Mannon de «A Electra le sienta bien el luto» (2006).

Las interpretaciones tienen todas una temperatura de teatro puro, emocionante, recorrido por ese hilo de fuego universal del que hablaba al principio. Laia Marull como Nawal joven, Ramón Barea en el papel del notario locuaz, Álex García y Carlota Olcina como los hijos, Edu Soto en el personaje que es el gozne de la tragedia… Y hay una actriz inmensa, Nuria Espert, la Nawal columna vertebral de la obra, cuyos monólogos se escuchan con el corazón sobrecogido; el de la madre, inundado de ternura tras las espeluznantes revelaciones, es el puente perfecto hacia la imagen de expiación y esperanza con que concluye la función: todos los actores, apretados en unas cuantas sillas, se refugian bajo un gran plástico sobre el que descarga la lluvia incesante de la Historia.

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