Una escena de «Dead Man Walking», con el batítono Michael Mayes en el cetnro
Una escena de «Dead Man Walking», con el batítono Michael Mayes en el cetnro - Javier del Real
CRÍTICA DEÓPERA

«Dead Man Walking»: la verdad nos hará libres

El Teatro Real estrena la ópera de Jake Heggie con libreto de Terrence McNally basado en el libro de la hermana Helen Prejean

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Es fácil entender que una ópera como «Dead Man Walking» pueda ser una forma de apostolado. El tema lo sugiere en tanto parte del texto de la hermana Helen Prejean, convertido en libreto por Terrence McNally. En él que se narra la relación de la autora con el presidiario Joseph De Rocher, mientras este espera en el corredor de la muerte el cumplimiento de la sentencia. Las enseñanzas que de ello se derivan son múltiples y nadie mejor para explicarlas que la propia Prejean, presente estos días en Madrid. Pero no es solo una cuestión moral la que se deduce de la ópera a tenor de las palabras de McNally y del compositor Jake Heggie, quienes niegan cualquier moraleja en una obra que solo quiere atender a un hecho estadounidense, contemporáneo y con suficiente entidad dramática como para servir de recurso operístico.

El detalle es importante pues deriva la discusión sobre la obra a un plano estrictamente artístico. A «Dead man walking» le precede un éxito mayúsculo, tras más de medio centenar de reposiciones y la conquista absoluta del mercado norteamericano. Hoy se equipara a una obra indiscutible como «West Side Story». El halago es peligroso pues supone, sobre todo en Europa, soportar las críticas de buena parte de la vieja «inteligencia» musical todavía proclive a discutir sobre el lenguaje y el formalismo olvidando la finalidad expresiva de la técnica y sus herramientas. Equiparar éxito a «best seller» (en el peor sentido del término) es una analogía demasiado facilona y que no se sostiene aun asumiendo todo lo que de epidérmico pueda haber en «Dead Man Walking». Su configuración estética es perfectamente factible en un mercado en el que tantas otras opciones son posibles. Thomas Adès, Wolfgang Rhim, Kaija Saariaho o George Benjamin también han sido capaces de poner al público en pie con sus óperas, tal y como ayer sucedió en el Real. La manifestación de entusiasmo acabó por emocionar a Prejean y Heggie, quienes saludaron desde el escenario.

Se discute menos el libreto pese al carácter sentencioso, a veces obvio, pero de enorme fortaleza gracias a su construcción sintética, exacta, inmediata, cúmulo de frases afiladas a cada cual más intensa que la anterior. La música no hace sino acomodarse a él de manera impecable, sugiriendo, matizando, acentuando y describiendo, a partir de una continuidad que en realidad es una constante superposición de escenas. En la producción de Madrid consistentemente materializadas por la escenografía de Michael Mcgarty y hábilmente ordenadas por el director de escena Leonard Foglia.

Heggie y su partitura impregnada de tradición, referencias y hábitos operísticos, apenas relaja la tensión. Se palpa el drama en la entrada de la hermana Prejean en la cárcel con el coro atosigando, en el juicio de revisión de la sentencia durante el discurso de la madre del criminal, en los diálogos entre la monja y el presidiario… en la ejecución y sus silencios antes del espiritual final. Si algo resume «Dead Man Walking» y, por superposición, la representación que ayer se dio en el Teatro Real, es la eficacia.

Fue una interpretación sin apenas respiro, en la que el director musical Mark Wigglesworth, tras un principio renqueante recolocó poco a poco a la orquesta hasta encontrar el equilibrio. El coro sonó rotundo, armado y el largo reparto se distinguió por su solidez. Con independencia de Measha Brueggergosman y Maria Zifchak, se llevan la palma Joyce DiDonato y Michael Mayes, pues ambos hacen un trabajo agotador, vocalmente enjundioso e impecablemente caracterizado. Pero, ante todo, construyen una pareja protagonista cuya evolución va en constante crecimiento hasta dejar en el aire un aliento de autenticidad. «Dead Man Walking» rompe prejuicios.