Una escena de «Un ballo in maschera»
Una escena de «Un ballo in maschera» - Antoni Bofill
CRÍTICA DE ÓPERA

«Un ballo in maschera»: el magnicidio liceísta

El coliseo barcelonés abre su temporada con el título verdiano dirigido musicalmente por Renato Palumbo, y escénicamente por Vincent Boussard

BarcelonaActualizado:

La inauguración oficial de la temporada liceísta, después de ese arranque de la mano de «Il viaggio a Reims», llegó el sábado con el regreso al escenario barcelonés de «Un ballo in maschera», que aquí no se programaba desde hace 17 años, cuando Calixto Bieito montara su controvertida visión del drama verdiano ambientándolo en la transición española. ¡Ay si ahora se hubiera recuperado ese montaje!... Esta inauguración se habría convertido, con la que está cayendo, en portada de diarios y «trending topic». El Liceu optó por una «feísta» propuesta de Vincent Boussard que, a pesar de que narra la acción sin generar grandes problemas –las incoherencias con el libreto son infinitas al llevar la trama a época indeterminada, cambiando puñales por pistolas–, aunque comete un gran –e imperdonable– pecado: estamos ante una ópera estructurada en torno a un dúo, el de la soprano y el tenor, y Boussard lo destroza con una dirección de actores sin sentido que acaba con ella tirada por tierra intentando emitir el sobreagudo. Pobres cantantes. Todo por ser moderno. ¿A este precio?

«Un ballo in maschera»Música: G. Verdi. Intérpretes: Piotr Beczala, Keri Alkema, Carlos Álvarez, Dolora Zajick, Elena Sancho Pereg, Damián del Castillo. Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Dirección: Renato Palumbo. Dirección de escena: Vincent Boussard. Lugar: Gran Teatre del Liceu, Barcelona. Fecha: 7 de octubre

Al menos estaba la envolvente iluminación de Guido Levi y el suntuoso y juguetón vestuario de Christian Lacroix, aunque con un baile de máscaras sin caretas, ya que la escenografía de Vincent Lemaire ni siquiera ayudaba en la proyección de la voz de los solistas. Tampoco brilló Renato Palumbo desde el podio, con una dirección pesada, estridente, que no siempre encontró el acuerdo con el opulento Coro del teatro y con un reparto prácticamente ideal. Piotr Beczala sentó cátedra como Riccardo, gustando por su saber decir y por el enfoque que le da al personaje. Carlos Álvarez fue el más ovacionado, y con razón, al ofrecer una lectura conmovedora y electrizante de Renato, aferrándose a la corona del mejor barítono verdiano del momento. Convincente y hasta poderosa (aunque ininteligible) la Amelia de Keri Alkema; apabullante la Ulrica de esa leyenda viva que es Dolora Zajick; fantástico el Oscar –aquí, toda una señora– de Elena Sancho Pereg; sonoro y algo hiperactivo el Silvano de Damián del Castillo; e interesante la sonoridad de Antonio di Matteo como Tom (a años luz del Samuel de Roman Ialcic).

El magnicidio verdiano siguió los designios marcados por el destino, cumpliéndose la profecía. Y lo hizo en un ambiente de gala, aunque sin la presencia del ministro de Cultura y con una reducida presencia de dirigentes políticos, sin duda ocupados en tareas mucho más trascendentales.