Alice Cooper
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Música

Alice Cooper, el cristiano que canta al Diablo cumple 70 años

Repasamos la vida de Vincent Damon Fournier, creador de uno de los personajes más contradictorios, influyentes y fascinantes de la historia del rock

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Esta noche seguro que se pegará una buena fiesta con su amigo Johnny Depp para celebrarlo. Alice Cooper, creador del shock-rock, visionario del impacto visual y paladín de la teatralidad en la puesta en escena de la música popular, cumple 70 años este domingo 4 de febrero.

Alice Cooper también es sinónimo de escándalo y provocación. Para muchos, también de satanismo. Sus espectáculos, auténticas odas a los siete pecados capitales y a cosas aún peores como la necrofilia («perdí la virginidad en un ataúd», aseguró en una polémica entrevista) parecían darles la razón. Pero como él mismo señaló en su biografía, estaban equivocados. «Todo el planeta pensaba que yo era satánico, excepto mis padres».

Vincent Damon Fournier nació en 1948 en Detroit (Michigan). Era hijo de un pastor evangélico, y al contrario que muchos de los artistas que han seguido sus pasos (Marilyn Manson sería el ejemplo más claro), tuvo una infancia muy feliz. Ni siquiera lo pasó mal cuando su familia se trasladó a Phoenix (Arizona) en su adolescencia. En su nuevo instituto fue uno de los chicos más populares, escribía en el periódico estudiantil y fue una de las estrellas de su equipo de atletismo.

Todo se «torció» cuando unos compañeros de equipo le sugirieron montar una banda para pasar el rato parodiando a los Beatles, cambiando sus letras por frases aludiendo al deporte. Se llamarían Earwigs, y darían conciertos en sus giras con el equipo de atletismo, para sacar unos dólares extra por las noches.

La práctica hizo que unos corredores que aporreaban instrumentos por diversión se convirtieran en músicos resultones, así que decidieron cambiarse el nombre a The Spiders y empezar a componer sus propios temas.

En 1969 el grupo volvió a rebautizarse como Nazz, pero en una visita a Los Angeles se enteraron de que un tal Todd Rundgren ya tenía una banda llamada así y tuvieron que volver a enfrentarse a la difícil elección de un nombre con gancho.

El propio Fournier recuerda que no hay ninguna historia especial tras el nombre de Alice Cooper. «No era ninguna bruja de Salem, ni el apellido de un asesino en serie con el nombre de una de sus víctimas. Simplemente me salieron esas palabras, y así se quedó. Fue bastante extraño». Su música atrajo la atención de Frank Zappa, que editaría su primer disco en su sello Straight Records, así que se mudaron a Los Angeles. Allí, una integrante de la banda de groupies (y fugazmente de rock) The GTO's le dio a Alice Cooper el toque estético que marcaría la diferencia. «Me sugirió que me pusiera maquillaje, y me pareció una idea interesante», recuerda Fournier. Su fascinación por el teatro musical y la influencia de artistas como Screaming Lord Sutch, Screamin' Jay Hawkins y Arthur Brown hizo el resto. El shock-rock había nacido.

Corría el año 1969 y la banda no parecía estar en una ciudad receptiva para su propuesta. En Los Angeles reinaba el hippismo,un movimiento al que la sangre y la muerte le daba muy mal rollo. Así que Mr. Fournier decidió volver a su lugar de nacimiento, Detroit, una ciudad en la que triunfaban bandas salvajes como MC5 o The Stooges, cuyas audiencias eran incluso aún más bestias. Allí fue donde se forjó la leyenda, de hecho. Durante uno de los primeros conciertos de Alice Cooper, alguien tiró una gallina al escenario sin que nadie se diese cuenta. El cantante la recogió y la devolvió al público, que la descuartizó en cuestión de segundos. La prensa recogió el suceso como un sacrificio ritual rockero que nada tuvo que ver con el artista, pero su mánager, el astuto Shep Gordon, le recomendó aprovechar la publicidad y acertó. En cuestión de días Alice Cooper era una estrella mediática, el terror de los padres de América. O lo que es lo mismo, el ídolo de la juventud.

Su primer single con el productor Bob Ezrin, el himno generacional «Eighteen», lo catapultó a lo más alto de las listas de ventas. Convertido en nuevo héroe del hard-rock, Alice Cooper pasó el resto de la década de los setenta entre giras planetarias y grabaciones de discos, mientras hacía pensar al mundo entero que su personaje rockero era un enviado del Maligno.

Pero Vincent Fournier no era ningún descerebrado. Además de tener claro que su alter ego musical no tenía por qué chocar con sus profundas convicciones cristianas, era un gran amante del arte que incluso llegó a hacerse amigo de Salvador Dalí. Gracias a la combinación de talento y una cabeza bien amueblada, Alice Cooper sigue hoy en activo y en plena forma. Pero en los ochenta todo estuvo a punto de echarse a perder por el alcohol. Fue en ese momento cuando, según él mismo asegura, el cristianismo se convirtió en su tabla de salvación. «He superado la adicción gracias a los médicos y a mis creencias», aseguró tras la rehabilitación, en una entrevista donde dejó una frase para la posteridad: «Que seas cristiano no significa que vayas a ser bueno, significa que tienes un camino más difícil por delante. Beber cerveza es fácil. Ensuciar la habitación del hotel es fácil. Pero ser cristiano es una decisión difícil. Esa es la rebelión de verdad»

Hoy cumple setenta años un artista que lleva más de medio siglo bailando con la muerte. De hecho, ha estado a punto de no poder celebrarlo por un accidente de tráfico que sufrió este mismo jueves en Phoenix, del que afortundamente salió ileso. «Estoy muy agradecido por ello», ha dicho «The Coop» a través de Twitter. «Y también doy las gracias a Dodge por haber fabricado un robusto Challenger». Genio y figura.