Cultura - Libros

Richard Ford: «Uno decide ser novelista con cada nuevo libro que escribe»

Una semana antes de que reciba en Oviedo el premio Princesa de Asturias de las Letras, el estadounidense atiende la llamada de ABC desde su casa en East Boothbay (Maine)

Richard Ford, fotografiado en Barcelona durante su última visita a España, en 2015
Richard Ford, fotografiado en Barcelona durante su última visita a España, en 2015 - INÉS BAUCELLS

Serían las dos de la tarde del pasado jueves, 13 de octubre. Bob Dylan (Duluth, Minnesota, 1941) acababa de ganar el Premio Nobel de Literatura. Richard Ford (Jackson, Misisipi, 1944) llevaba ya un rato despierto. No es que esperara la llamada de la Academia Sueca, es que es un hombre de costumbres y, como cada día, se había levantado a las cinco de la mañana. Había visto las noticias y, poco después, había contestado a la llamada de ABC. «Por aquí hay un gran entusiasmo por que Bob haya ganado el Nobel». En una sola frase, el escritor resumía el estado de ánimo de todo un país, que empezaba a desperezarse con el júbilo de su primer Nobel de Literatura desde 1993; un galardón concedido, además, a uno de sus grandes iconos culturales.

La apretada agenda periodística de las últimas semanas hizo que la cita con el creador de Frank Bascombe, que la próxima semana acudirá a Oviedo para recibir el premio Princesa de Asturias de las Letras, tuviera lugar el mismo día que su compatriota era reconocido «por haber creado nuevas expresiones poéticas en la gran tradición de la canción americana». Ford, en cambio, pronunciará su discurso el viernes en el Teatro Campoamor por ser un narrador «profundamente contemporáneo», el «gran cronista del mosaico de historias cruzadas que es la sociedad norteamericana».

«Un trozo de mi corazón», su primera novela, apareció hace 40 años. «En aguas desiertas», un fragmento de aquel libro, fue la primera pieza que publicó en «Esquire». ¿Qué recuerda de aquellos días, en los que escribía para un editor como Gordon Lish e intentaba convertirse en novelista?

Recuerdo el entusiasmo, tanto por publicar la novela dignamente como por el hecho de que «Esquire» sacara el extracto. Me parecía una forma muy positiva de empezar. Lish me animó, pero después destrozó el extracto y lo dejó irreconocible. Tuve que decirle que no podía publicarlo de ninguna forma, excepto como yo quería. Esa resultó ser la parte más instructiva de toda la relación con Lish. Acabó haciéndolo a mi manera. Es una lección muy importante. La edición puede ayudar, pero no debería sustituir a lo que tú quieres que tu obra contenga.

Durante un tiempo trabajó como periodista deportivo en «Inside Sports». ¿En qué momento decidió que lo que realmente quería era ser escritor, centrarse en la ficción?

«La lectura está en el centro del impulso narrativo, y también es el destino de toda escritura»

Decidí por primera vez que quería ser novelista hacia 1972; después, nuevamente, en 1982, cuando dejé de escribir crónicas deportivas (en contra de mi voluntad) y empecé a escribir «El periodista deportivo». «Decidir» ser novelista es algo que uno hace cada vez que empieza un nuevo proyecto. Ser novelista cuando uno no está escribiendo una novela es una descripción profesional que no tiene mucho sentido.

Poco después, publicó dos novelas más («La última oportunidad» y «El periodista deportivo») y en 1987 apareció «Rock Springs», un libro de relatos. ¿Qué le llevó a escribir cuentos?

Tenía envidia de mis amigos Ray Carver, Ann Beattie y Toby Wolff, porque eran capaces de escribir tan bien unas formas que a mí me parecían mucho más fáciles y simples. También me encantaba leer relatos cortos. Cheever y Hemingway (a quien luego admiré mucho menos). Todavía me gusta leer relatos. Y tenía razón en eso de que escribir cuentos es mucho más fácil que escribir novelas, aunque también sea un trabajo apetecible.

Lleva 30 años tratando con Frank Bascombe. ¿Todavía se siente unido a él? ¿Qué significa Frank para usted?

Sigo relacionándome con Frank, al menos en el sentido de que tomo notas en mi cuaderno que parecerían suyas, y que podrían (si alguna vez escribo otra novela con él como narrador) ser cosas que él dice, piensa o hace. Supongo que lo que me gusta de esa construcción que es «Frank» es que puede contener tanto cosas serias como cosas frívolas; «dicha y desdicha», como dice Henry James. La escritura imaginativa es mejor cuando contiene ambos lados de la máscara del drama; así puede ser mucho más útil para sus lectores.

¿Alguna vez ha releído sus novelas? ¿Se arrepiente de algo?

Nunca he releído mis libros; si lo hiciera encontraría cosas, si no lamentables, que ojalá fuesen mejores. Pero como no lo hago, no tengo la posibilidad de lamentar nada. Así está mejor. También es cierto que en los libros que he escrito no he escatimado nada, me he esforzado al máximo en cada uno. De modo que volver para encontrar cosas de las que arrepentirse sería una tortura innecesaria.

«El Día de la Independencia» fue la primera novela que logró el premio Pulitzer de Ficción y el PEN/Faulkner. ¿Qué efecto tuvo aquel reconocimiento en usted?

«Para un novelista, dejar de escribir es un acto mucho más noble que escribir algo defectuoso que no le sirva de nada al mundo»

Simplemente fue alentador; me hizo creer que no estaba perdiendo el tiempo siendo escritor. Entre un libro y otro tiendo a «decidir» dejar de ser escritor. Me parece saludable. Pero si surge algo que vuelve a animarme, veo mis decisiones con más claridad que si saltase sin más de un libro a otro.

En «Flores en las grietas» escribe sobre su padre, la inspiración, el boxeo, el golf, su amigo Raymond Carver y su pasión lectora. ¿Es la lectura la mejor escuela para la escritura?

La lectura es la mejor escuela, sí. Otras personas pueden ayudar y animar. Pero leer, –que está en el centro del impulso de escribir, y también es el destino de toda escritura– es fundamental. Ahora, a mi avanzada edad, leo mucho más que hace 20 años.

En ese mismo libro menciona las palabras de Sartre: «La obra de arte es un valor porque es una llamada». ¿Es así como usted ve la literatura?

Bueno, la «llamada» es solo un término del arte personal. No quiero decir que sea como una llamada de los dioses. Simplemente que algunas sensaciones que experimentas pueden hacer que desees anotar algo. A eso me refiero. A una llamada con minúsculas. Las cosas que ocurren pueden «llamar» al lenguaje que hay en tu interior.

En este momento, tiene varios libros entre manos y enseña Literatura en Columbia. ¿La escritura se ha vuelto más difícil a medida que ha ido envejeciendo… o todo lo contrario?

Escribir no es difícil ni deja de serlo. Es algo que decido hacer, de modo que no puedo quejarme. Ahora emprendo los proyectos de manera menos trepidante que antes; y disfruto más estando en medio de las cosas. Pero los últimos momentos, las últimas ediciones, el fastidio con la elección de las palabras, comprender que este va a ser el aspecto que el libro tenga para siempre... lo odio. Me pone enfermo. Pero no hay forma de eludirlo.

«Mi madre» es un libro conmovedor en el que escribe sobre la distancia entre padres e hijos. ¿Es posible llegar a salvar esa distancia, superarla?

«Es más fácil dramatizar con estas elecciones. Los jugadores, en especial Trump, parecen de dibujos animados, pero son peligrosos»

La superación de esa distancia es algo que cada familia experimenta de diferente manera. Pero nunca se supera por completo, y no debería. Hay muchas ideas erróneas respecto al hecho de ser padre o de estar casado; ideas que la experiencia no corrobora. Una percepción inicial de la edad adulta es que, a menudo, el mundo no es como nos habían dicho que era. Esa discrepancia puede ser inspiradora para escribir.

Ha escrito artículos, en periódicos europeos, sobre las elecciones del próximo 8 de noviembre en EE.UU. ¿Es más fácil escribir sobre ellas? ¿Qué piensa de todo lo que está sucediendo en su país?

Probablemente es más fácil dramatizar con estas elecciones. Los jugadores, en especial Donald Trump, parecen de dibujos animados, pero son peligrosos. Él en particular proyecta una luz muy dudosa sobre EE.UU., e invita a un escritor (a mí) a escribir sobre las obligaciones de la ciudadanía, algo que no deja de ser tentador. A los estadounidenses les gusta jactarse de ser estadounidenses, pero realmente lo dan por sentado y apenas saben lo que significa y qué responsabilidades implica. Escribir artículos sobre estos temas hace que uno se sienta útil. En estos momentos, EE.UU. parece un lugar tremendamente disfuncional, errático y descuidado en lo que se refiere a las grandes responsabilidades que tiene con respecto a sus ciudadanos. Y sin embargo ahí esta Obama, que es maravilloso. No tiene mucho sentido.

Y la última: ¿cree que llegará el momento en el que deje de escribir?

Espero dejar de escribir, sí. Lo que significa que espero tener el buen criterio de saber que lo he hecho todo lo bien que podría hacerlo. Probablemente, estoy inusualmente preocupado por controlar esa decisión, en lugar de dejar que la controlen los editores o los críticos literarios. Para un escritor, dejar de escribir es un acto mucho más noble que escribir algo defectuoso que no le sirva de nada al mundo.

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