Un gran cilindro negro diseñado por el arquitecto Alberto Campo Baeza para el pabellón de Madrid
Un gran cilindro negro diseñado por el arquitecto Alberto Campo Baeza para el pabellón de Madrid - EFE

La gran fiesta del libro en español echa el cierre con éxito en México

Hoy se clausura la XXXI edición de la Feria de Guadalajara, que ha tenido a Madrid como invitada de honor

Enviado especial a Guadalajara (México)Actualizado:

Cristina Rivera Garza se define como norteña y errante, más lectora que escritora. Nacida en Matamoros, casi en el borde con Brownsville, en Texas, publicó el año pasado «Había mucha neblina o humo o no sé qué», una rara biografía de Juan Rulfo que es una declaración de amor: «Mi relación con Juan Rulfo es una de las más sagradas que existen sobre la tierra: una lectora y un texto». Para ella, la imaginación es la lectura y la escritura es el deseo. Ella formó parte del jurado que otorgó el premio Sor Juana Inés de la Cruz a la chilena Nona Fernández, autora de «La dimensión desconocida»; a medio camino entre el periodismo, la literatura y el diario personal, «consigue mostrar las emociones de una nación con respecto a un pasado negro y vergonzoso». Sus libros se agotaron en la feria.

Fue, junto al premio de la FIL de este año, el francés Emmanuel Carrère, sismógrafo de los nuevos caminos de la escritura, siempre buscando surcos entre la realidad y la ficción, periodismo de precisión y novela como campo de experimentación de lo híbrido y de la ebriedad. Comprometido con la búsqueda de la verdad, recordó ante mil jóvenes que «hablar de periodismo en general y en México no es lo mismo». En México es «extraordinariamente peligroso».

En el hotel Camino Real, donde se aloja el grueso del desembarco español (madrileño, es decir, español) en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la FIL de los amantes de los libros, los cuervos madrugan para llevarse en el pico sobres de azúcar cerrados. Es como si le llevaran un mensaje cifrado a un Francisco de Goya emboscado en algún lugar de Jalisco. Ni a los tapatíes, que son los oriundos de aquí, ni a los mexicanos, les gusta que les hablen de la sombra del narco, y de las atrocidades que ellos cometen y contra ellos. Pero el dinero que se palpa en la opulenta Guadalajara, la segunda ciudad del país después del DF, cuenta su canción.

Unas cifras de vértigo

El poeta uruguayo Eduardo Milán, afincado en la capital mexicana, que presentó con palabras certeras a la poeta española Olvido García Valdés, a quien puso como ejemplo de escritora que huye de la pompa y de «los desmanes del yo poético», dice sin paliativos que ese contraste entre la aparente vida tranquila del Hilton frente a la feria y la muerte atroz que es tan frecuente aquí «es un espanto», y recuerda con fervor la trilogía que el gran periodista y ensayista Sergio González Rodríguez, fallecido súbitamente el pasado mes de abril (Milán no se cree que fuera de muerte natural), dedicó al narco y a las complicidades del Estado y del gran hermano del norte: «Huesos en el desierto», «El hombre sin cabeza» y «Campo de guerra».

Las cifras dan vértigo: 20.000 profesionales, 2.000 editoriales, 400.000 títulos, 700 autores de 21 países (Madrid llegó con cerca de 200), 34.000 metros cuadrados y más de 800.000 visitantes. Para un novato la FIL es un Niágara de gente, joven en su apabullante mayoría, que pregunta, recorre, escucha, y paga por el mayor evento anual de Guadalajara y, con la de Fráncfort, la más elefantiásica feria del libro del mundo. A 24 horas del cierre, en casa de Raúl Padilla, presidente de la FIL, mientras los autores hacían veraz el estereotipo y trasegaban tequila con largueza, Marisol Schulz, la directora, se negaba a hacer balance, pero estaba segura de que se batirían los récords y celebró que Madrid fuera la invitada estelar de este año: «Esto dará frutos a largo plazo».

Vetusta Morla actuó en la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara
Vetusta Morla actuó en la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara-EFE

Pero no es fácil de leer la feria, y menos de entender. Tampoco en el gran cilindro negro diseñado por el arquitecto Alberto Campo Baeza para el pabellón de Madrid: encierra una suerte de plaza tan blanca que deslumbra, como si con el blanco se hubiera querido borrar el rastro de la sangre que también siembran las corridas. Por los toriles se filtran los rugidos de la muchedumbre que pasa, y que celebra a las figuras de la nueva literatura, que, como la española Loreto Sesma o el mexicano Alberto Villarreal, venden decenas de miles de ejemplares de sus poemarios, algo con lo que nunca soñaron ni Octavio Paz ni César Vallejo. Cuesta escuchar lo que dicen Carlos Pardo («escribo autobiografía, y por lo tanto escribo ficción») o Ray Loriga («la literatura le da a la vida una trama que no tiene»).

Una cola de más de cien personas, en su inmensa mayoría jóvenes estudiantes, esperan a la puerta de una de las salas de conferencias para escuchar el último debate, titulado «Latinoamérica Viva». Entran 60, 60 se quedan fuera. Son cangilones de una noria ávida de palabras que no cesa nunca. Dentro no hay primeros espadas de las letras hispanoamericanas, pero se celebra con emoción y entusiasmo el «gran legado de España», lo que más les une: «la lengua». El ecuatoriano Abdón Ubidia, que dice que escribe para no volverse loco, y que no cree en la periferia, recuerda que «Dostoyevski escribió su gran obra en una buhardilla, ahogado por las deudas, y Kafka no alcanzó la fama en vida». El joven nicaragüense Mario Martz, que sumó al elenco a Rubén Darío, dice que escribe «para sentirse menos solo», y citó a Fernando Pessoa: «Desde la ventana más alta le digo adiós con un pañuelo a mis versos, que van al encuentro de la humanidad». Pero con la panameña Isabel Burgos, el chileno Diego Vargas y el peruano Yuri Vásquez, concluyeron que «para superar la angustia y la tristeza de la vida no hay nada como la literatura». En Guadalajara, los ríos de la FIL parecen confirmar esa sospecha.