Entrevista

Claudio Magris: «La cultura también es responsable de la existencia del populismo»

El escritor y premio Luca de Tena visita España para recoger de manos del Rey el premio Francisco Cerecedo

Claudio Magris - MAYA BALANYA

Son las 10 de la mañana del miércoles 9 de noviembre. Hace apenas una hora, Donald Trump ha logrado sobrepasar los 270 votos electorales que le convierten en virtual presidente de Estados Unidos. Claudio Magris (Trieste, Italia, 1939) deja a medias su café y acude, presto, a la cita con ABC.

Sus ojeras, más pronunciadas que de costumbre, delatan el cansancio propio de una agenda repleta y la preocupación por las noticias con las que Europa se ha despertado. El gran escritor italiano está de visita en España para recibir, de manos del Rey, el premio Francisco Cerecedo de periodismo, concedido por la Asociación de Periodistas Europeos y con el que se reconoce «su espíritu europeísta y su labor en defensa del espacio común europeo y de las libertades democráticas». Valores que, en las actuales circunstancias, merece la pena defender, más que nunca.

¿Qué piensa de los resultados electorales en Estados Unidos? ¿Qué podemos esperar de un presidente como Donald Trump?

Es muy muy difícil responder a esa pregunta. Pese a todo lo sucedido, incluso ayer esperaba que Hillary ganara las elecciones. Creo que es terrible e implica ciertos cambios en la historia de Estados Unidos, porque Donald Trump, aparte de sus comentarios y sus actitudes, que me horrorizan, es la expresión de una separación real entre una parte de Estados Unidos y otra. No se trata sólo de la separación entre el partido demócrata y el republicano, porque incluso una parte de este quería que Hillary ganara, incluso los Bush. Pero ahora tenemos a otra América; no quiero generalizar, pero es un nuevo mundo de secesión, porque esta división entre los negros pobres y los blancos pobres…

Obviamente a partir de ahora será más evidente.

Exacto, lo será. Wall Street apoyó a Hillary Clinton. No se trata de la confrontación tradicional entre la derecha y la izquierda; es un hecho muy negativo, yo estoy muy preocupado, no tengo ni idea de qué pasará, quizás será el final del siglo americano, el final de la posición dominante de Estados Unidos.

¿En todo el mundo?

Sí. Barack Obama, en cierta manera, trató de cambiar algo las políticas de Estados Unidos, como su presencia en conflictos bélicos.

Sí, o la política inmigratoria y la sanitaria.

Eso es. Trató de cambiar, un poco, lo que siempre ha caracterizado al partido demócrata. Pero no soy un experto en absoluto en la política estadounidense.

Pero es un intelectual.

Esa palabra, intelectual, es muy peligrosa.

¿Por qué?

Porque tenemos la tendencia errónea a identificar, a priori, al intelectual con cierta actitud. No creo que el hecho de que alguien escriba un libro signifique que entiende mejor el mundo que un físico.

Estoy de acuerdo.

Claro, muchos de los grandes escritores del siglo pasado fueron fascistas, estalinistas. Y, aún así, los queremos…

Céline, sin ir más lejos.

Céline, exacto, o el gran Pirandello, capaz de escribir un telegrama de solidaridad a Mussolini después del asesinato de Giacomo Matteotti; aún así, le queremos y comprendemos la complejidad de ese autocastigo. Creo que intelectual es cualquiera capaz de tener una distancia crítica, incluso en cosas que a él mismo le conciernen, en su relación con el mundo. Un escritor, implicado completamente en el proceso de la fabricación de libros, la promoción, la recepción de premios, es como aquel trabajador en el filme de Chaplin [sonríe].

¿Y no cree que este nuevo escenario mundial, con Donald Trump o Rodrigo Duterte como protagonistas, representa el fracaso de la intelectualidad, de la cultura, y el triunfo de las políticas populistas?

Sí, sí, pero no deberíamos olvidar que cierta cultura también es responsable de esos populismos. Nosotros hemos descuidado mucho los agresivos miedos, en parte reales y en parte inventados, de mucha gente; y esa gente es fácilmente manipulable por estos nuevos líderes, absolutamente antidemocráticos. El éxito de Donald Trump se basa en haber tenido en cuenta a esas grandes masas que hemos abandonado. Las políticas del partido demócrata y de una gran parte del republicano han descuidado a una gran parte de los estadounidenses. Hay una frase brillante, maravillosa, de Karl Marx, que dice: «Los oprimidos piensan muy mal». Es una de las razones principales que debería llevarnos a liberar a los oprimidos. Incluso los grupos progresistas y la clase política los han olvidado, de diferentes modos y en diferentes países, los han ignorado, manteniéndose firmes en la creencia de que nunca perderían el control.

En la década de los 50, una mujer, la señora María, se ocupaba de cuidar de la madre de Claudio Magris y le ayudaba en las tareas del hogar, en Trieste. Era muy inteligente, una «comunista dura», que hablaba varios idiomas y tuvo que huir al exilio en Francia; el padre de Magris, en cambio, estaba implicado en política y era presidente del partido que abogaba por la libertad, anticomunista. Ambos se enzarzaban en peleas dialécticas y trataban de convertir, para su causa, a la familia que vivía en el piso de arriba, muy educada, pero sin interés en la política. Una vez, en la noche de las elecciones, el padre de Magris le preguntó a la señora María: «¿A quién crees que van a votar?» Claudio Magris nunca olvidará el aristocrático «¡Agh!» que pronunció aquella mujer. «En aquel momento, aquella respuesta aristocrática, fue trágica para mí, porque la democracia, el progresismo, hemos olvidado a los grupos y a las clases que no están politizados. Y hay millones. Aquel fue el origen de la victoria de Berlusconi. Marx hablaba del lumpenproletariado, tan oprimido que ni siquiera tiene la posibilidad de pensar, en un sentido crítico, sobre la situación política. Y ahora han llegado estos hombres, terribles en mi opinión, que son la expresión de este problema», sentencia el italiano, con tristeza.

¿Esos hombres, terribles, han logrado dar voz a esa parte de la sociedad que se siente ignorada, olvidada?

Sí, se la han dado. Su estilo representa, para mí, el final de todo. Por ejemplo, puedo estar hablando tranquilamente hoy aquí con usted, pero sería incapaz de hablar con Trump. Este resultado, para mí muy peligroso, esta victoria populista, representa lo peor de la política. Los nazis fueron populistas, el nazismo representó el populismo perfecto.

¿Y qué podemos esperar del futuro?

No soy un profeta. Mi visión de la historia es el punto de vista típico de un viejo, de las generaciones mayores, lo que no significa que yo esté equivocado y que la gente joven siempre tiene razón. Pero, ciertamente, hay aspectos de la dinámica de ciertos fenómenos, como por ejemplo el papel que juega internet, más difíciles de controlar para mi generación. Hay una frase, terrible, de un cabaretero alemán: «En el pasado, el futuro era mejor». Pensaban que, por primera vez, no se podía construir un futuro diferente.

¿Está usted de acuerdo?

No, en absoluto. Creo que uno de los conceptos más estúpidos es «El fin de la historia», de Fukuyama. Ahora somos ciegos conservadores que creen que el mundo puede cambiar. Esta falta de dependencia de otro futuro, de un futuro mejor… El mundo no sólo debe ser administrado, sino cambiado, salvado. Ya no creemos en el futuro. Nuestro deber es luchar, es lo que da vitalidad a la vida.

Así que es optimista.

No, pero citaré a Gramsci: «Soy un pesimista debido a mi inteligencia, pero un optimista debido a mi voluntad».

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