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«El tango», tristeza que se baila

Un inédito de Borges es siempre una buena noticia. En este caso, multiplicada por cuatro: sus cuatro conferencias sobre el tango. Música de «raíz infame»

Carlos Gardel con Mona Maris en el filme «Cuesta abajo» (1934)
Carlos Gardel con Mona Maris en el filme «Cuesta abajo» (1934)

Jorge Luis Borges (1899-1986) no deja de generar textos, como si además de lo escrito, en la mejor tradición oral, su obra fuera agrandándose por el testimonio de todos aquellos que le oyeron o bien por lo que quedó grabado, como es el caso de estas cuatro conferencias sobre el tango y sus personajes que dictó en 1965 en Buenos Aires. Su descubrimiento es pintoresco: Román Rivas, emigrante con su familia a Argentina, y posteriormente productor musical en Alemania, había obtenido, de manera que ignoramos, las grabaciones de dichas conferencias. Posteriormente se las regaló a José Manuel Goikoetxea, quien en 2002 se las dio al escritor Bernardo Atxaga. El resto es previsible: escucha, transcripción, autentificación. La identificación, tanto por la voz como por los mismos datos autobiográficos contenidos en las conferencias, no podía ofrecer dudas sobre la autoría. Dichas charlas has sido transcritas y anotadas para esta edición por Martín Hadis.

Las alusiones al tango y su entorno más primitivo y marginal ha sido motivo de muchas alusiones en la obra de Borges, y también ha merecido algún poema y un cuento memorable. La verdad es que Borges no alcanzó su universalidad por su etapa criollista, ni por su reivindicación de Evaristo Carriego (1883-1912) o sus evocaciones del novelista popular Eduardo Gutiérrez, autor de «Juan Moreira», donde se cuenta la historia de este gaucho bandido. A Borges le interesó el tango (un tipo de tango y su anecdotario) y tenía una idea de lo que era y debía ser. Fue tema de conversación con muchos de sus amigos argentinos, entre ellos Sabato, que firmó un libro, «Tango: discusión y clave» (1963), que está dedicado al autor de «Ficciones». A Sabato, Borges le atribuye la idea de que el tango «es un pensamiento triste que se baila», pero en realidad la frase es de Enrique Santos Discépolo. Borges la refutaba aduciendo que los pensamientos no se bailan o cantan, sino los sentimientos, y que el tango es un sentimiento.

Universo canalla

Pero ¿por qué el tango en Borges? La excelente biografía de Edwin Williamson «Borges. Una vida» (2004), además del relato de sus incursiones de comienzos de los veinte, a su vuelta de Europa por los arrabales y orillas de Buenos Aires, donde con sus amigos de entonces obtiene una información preciosa sobre el hampa y su folclore, ofrece la idea de que ese universo canalla era lo negado por su elitista madre y la afirmación del mundo vital de Borges. Y el Virgilio que condujo a Borges por esos rincones, tan ajenos a un joven de mala vista, tímido e intelectual, fue la obra de Evaristo Carriego, un poeta secundario muy aficionado al mundo de los cuchilleros y malevos de Palermo, hasta el punto de conocer a muchos de sus protagonistas, como a Don Nicolás Paredes, el patrón del barrio. El Borges criollista atribuyó a Carriego una importancia que nunca tuvo, y de hecho nadie conocería hoy al poeta de «El alma del suburbio» a no ser por la obra de Borges.

¿Y el tango? ¿Qué aportan estas conferencias? Cualquiera que tenga una mínima idea al respecto sabe que la visión de Borges, sin dejar de ser interesante, es parcial y sesgada. Sin duda hay elementos típicos del gran cuentista argentino, y en este sentido no carecen de valor. También hallamos pequeños datos biográficos no del todo conocidos. Pero si se quiere conocer la historia del tango hay que leer a algunos estudiosos, como el pequeño y preciso manual de Blas Matamoro «El tango» (1996). Lo de Borges es otra cosa y tiene que ver con su mitología, con su poética.

Corazón secreto

Tras su etapa vanguardista en España, Borges llega a Argentina (en 1921), donde trata de poner al día a sus contemporáneos en las nuevas corrientes al tiempo que mira hacia lo que considera el alma del argentino: un mundo orillero, marginal, vinculado al coraje de los malevos y al tango menos sentimental. Encontró en el Sur «una suerte de corazón secreto de Buenos Aires». En estas conferencias, Borges sitúa la historia del país, cartografía Buenos Aires, los límites de sus barrios y las gentes que lo habitaban (numerosos inmigrantes centroeuropeos e italianos). Y obviamente rastrea el origen de la palabra «tango» y sus primeras apariciones en letras o poemas, y llevados por el análisis de algunas rimas observamos su inteligente capacidad de observación. También nos habla de los compadritos y de los prostíbulos, y gracias a su portentosa memoria, no olvida nombres y accidentes. Pero no esperen que hable de Gardel (lo nombra de pasada) y sus contemporáneos. Borges evoca un Buenos Aires que, en los años 80 y 90 del siglo XIX, apenas alcanzaba los trescientos mil habitantes. Cuando muere Carriego la ciudad tenía cerca de un millón y medio.

El Buenos Aires del joven Borges es ya una urbe inmensa, populosa, y sus largos paseos de vagabundaje y pesquisas eran verdaderas incursiones en zonas que ya estaban muy lejos del centro. El tango que a Borges le interesa, incluido el baile, es el que tiene una «raíz infame», y no habla en ningún momento de su diversidad musical, o de su presencia en espectáculos musicales diferentes.

La visión de Borges, sin dejar de ser interesante, es parcial y sesgada

Sin duda, a Borges le interesó todo ese mundo originario, en especial de joven, porque se oponía al mundo del desarrollo, del crecimiento de la burguesía, de la democracia. Era un mundo suburbano, pleno de pequeñas claves, de una retórica sencilla y radical, que el autor de «Fervor de Buenos Aires» quiso convertir en mitología. La mitología del valor, del héroe que arriesga su vida o la quita con la misma indiferencia. Borges llega a afirmar que en ese ideal de ser valientes «crearon, a su modo, una religión».

Todos sabemos que Borges encontró en los «westerns» estadounidenses, en esa épica del «cowboy», un equivalente -salvando los matices culturales- del gaucho y de los «guapos» orilleros. Esos killers son vistos por el poeta y cuentista como personas que comenten crímenes sin odio, sin razón alguna. Atraído por esta violencia de profunda retórica, quiere hacerla pasar por heroica, cuando carece de todos los valores del héroe. Pero de lo que habla sobre todo en estas conferencias es de «la secta del cuchillo y del coraje», un tema de Borges y uno de los aspectos más sombríos de su personalidad.

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