LIBROS

Elena Poniatowska: «Imagínese… ¡estoy aquí desde hace tantos miles de años!»

La escritora recibe a ABC Cultural en su casa de la capital mexicana. Desde la atalaya que dan los años, no rehúye ningún tema de conversación

Elena Poniatowska en su casa de la capital mexicana
Elena Poniatowska en su casa de la capital mexicana - Encarni Pindado

La segunda vez que visité a la escritora Elena Poniatowska (París, 1932), que vive en una casa amarilla al sur de la ciudad, la acompañaba su amiga Blanche Petrich, periodista como ella en el diario mexicano «La Jornada». «¿Sabes, Blanche? Yo nunca he logrado saber cuánto me pagan por artículo. Espero a que me deban 10.000 pesos [unos 500 euros] y voy al periódico a recogerlos. Pasan como dos meses, por eso creo que no me pagan mucho. Voy donde Lucio, el que paga, un chaparrito encantador que siempre está al borde de la enfermedad». «¿Pero es que no te depositan el dinero en la cuenta, Elena?». «No, yo voy con mi sobre, firmo mi recibo, todo. ¿Es que puedo decir que me depositen?». «¡Claro, desde hace muchos años!». «Yo soy prehistórica. ¿Es de veras lo que me estás anunciando? Pues me estás descubriendo la Atlántida». «¡Ay, Elena!». «¡Ay, Blanche!».

Poniatowska empezó a trabajar en ese periódico en 1985 escribiendo la crónica del terremoto que destruyó el país. Publicó sin pausa hasta que unos meses después cayó enferma de puro cansancio. «Escribía sobre la gente que me contaba sus cosas. Me entró mucha tristeza. Siempre les pegan a los mismos, siempre les va mal a los mismos».

Descendiente de un príncipe polaco y llamada a menudo «la princesa roja» por su atención a las causas sociales, es autora de libros como «La noche de Tlatelolco» (1971), sobre la matanza de los estudiantes el día 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas; de «Tinísima» (1992), «La piel del cielo» (2001) o »Dos veces única» (2015). Nacionalizada mexicana y premio Cervantes 2013, Poniatowska escribe como se escucha, con paciencia; hay en sus páginas alerta y voluntad no de intervenir sino de trasvasar lo que ve cuidando que no se desparrame demasiado.

«Las indómitas» (Seix Barral, 2016) es su obra más reciente y comienza con el ensayo «Vida y muerte de Jesusa», la misma protagonista entrañable de otro libro suyo, «Hasta no verte Jesús mío» (1969). Escribe cómo de la mano de Jesusa (en la realidad Josefina Bórquez) entró en contacto con la pobreza, «la de a deveras, la del agua que se recoge en cubetas […], la de las gallinas que ponen huevos sin cascarón, nomás la pura tecata, porque la falta de sol no permite que se calcifiquen». Un día Jesusa le pidió a Elena que le sacara las gallinas al sol, y así lo hizo, pero al rato volvió horrorizada gritando que las iba a atropellar un coche. «Pues ¿qué no sabe usted asolear gallinas? ¿Qué no vio el mecatito? Había que amarrarlas de la pata».

Elena, ¿por qué le conmovió aquella mujer?

Significaba oír a alguien que tiene una vida distinta a la tuya. Ella fue soldadera, y sabía lavar ropa. Y siempre me llamó la atención por su inteligencia, por su valentía, por el lenguaje que usaba. Pensé en rescatar su vida, y así lo hice.

¿Por qué le ha interesado en muchos libros la figura de la mujer?

En toda América Latina pesa mucho la imagen de la mujer, como la escopeta, cargada en un rincón, teniendo hijos y atendiendo al marido. Ese es su papel principal. Todos los demás pueden resultar muy sospechosos. La mujer en general es una gran olvidada de la Historia y creo que es importante rescatarla, hablar de ella y hacerla figurar o por lo menos que tenga presencia dentro de lo que significa nuestro país, México. A mí me han interesado las mujeres que están en el trabajo en México: las campesinas, las soldaderas [cocineras, madres, lavanderas, enfermeras, a cuya labor crucial en la Revolución mexicana Poniatowska dedica un ensayo]. He hablado de estas mujeres que trabajan y de figuras destacadas en su campo.

«Puedo ser muy impertinente, o preguntar algo metiendo la pata. Pero, de que tengo mucha inocencia no me cabe duda»

En el transcurso de la conversación con Blanche Petrich, Elena Poniatowska habla de sus inicios en el periódico «Excelsior», donde pasó un año, y de otra periodista llamada Bambi, que trabajaba con ella. La cito aquí porque se refiere, desde otro ángulo, a la mujer, y al asunto de la maternidad y el trabajo.

«Bambi hacía crónica de sociales de boda. No sabe cómo me dolió cuando murió. Era linda, era buena. Le decían Bambi porque en esa época daban esa película de Walt Disney con la que todos llorábamos, y era muy coqueta, y siempre andaba con unos tacones muy altos. Me caía bien porque una vez le dije:

-Ay Bambi, yo me siento culpable porque no veo lo suficiente a mis hijos, es que no los veo…

Y ella me contestó:

-Ay, Elena, tú no te preocupes, cuando yo entro a su cuarto me dicen: ‘Buenos días, señora’».

Han pasado los años y ahora a Elena Poniatowska lo que le inquieta son dos cuestiones de actualidad. La primera es que hace unos días acudió al Archivo General de la Nación (en la antigua cárcel de Lecumberri) para consultar por primera vez los informes secretos que la policía del régimen priísta escribió sobre ella entre los años sesenta y ochenta y que demuestran que fue vigilada. Recogió también una copia para uso personal de los documentos que el diario «El País» sacó a la luz recientemente.

La segunda es una columna póstuma que el escritor y periodista mexicano Luis González de Alba quiso que se publicara en el diario «Milenio» el día 2 de octubre, después de su suicidio, y en la que critica a la escritora y revive enfrentamientos pasados.

¿Qué dicen esos informes y cómo le han afectado?

Me da tristeza, ¿o a ti no te daría, Blanche? Finalmente tú eres de veras una militante, alguien que ha sido corresponsal de guerra, que es el ejemplo de jugarse la vida. Pero yo no hago análisis político de maldita la cosa. Y ahora resulta que soy «suiza» y «judía», y que estuve vigilada durante tantos años, que se me consideraba una enemiga. Fíjese, ahora resulta que ser suiza es un delito. Al leer los documentos te sientes malquerida, y asusta pensar en que hay como un Tercer Hombre.

«Yo le puedo contar que he estado toda la vida llena de preguntas porque no tengo respuestas»

El segundo asunto que entristece a la escritora es una columna póstuma que el escritor y periodista mexicano Luis González de Alba, activista del 68, quiso que se publicara en el periódico Milenio el día 2 de octubre, justo después de su suicidio, y en la que critica a la escritora y revive enfrentamientos pasados.

¿Qué impresión le causó ese texto de González de Alba?

Me impactó que el último mensaje de alguien que se suicida sea personal en contra de una. Cuando lo leí, se me fue el aliento. Me dio mucha tristeza. Si a mí mañana me hablan y me dicen que usted se suicidó, me quedo horrorizada y posiblemente no puedo ni comer, y la he visto sólo unas horas. Y a él sí lo conocí, imagínese. Yo no entiendo mucho el suicidio. Yo creo que tiene más valor seguir viviendo pase lo que pase. Porque hay un dicho de México que es muy bonito que dice: «Para todos sale el sol por más tarde que amanezca». Lo que te pasa en la mañana a lo mejor en la tarde es totalmente distinto. El suicidio yo siento que es un acto de soberbia, de tomarse demasiado en serio.

Ustedes se enfrentaron a raíz de su libro «La noche de Tlatelolco», ¿verdad?

Sí, ese libro salió en 1971. Yo entrevistaba gente, ponía cachitos de las entrevistas. Él dijo que era inexacto. Pero yo no estuve allí, yo era periodista. Ahora, yo entiendo muy bien su coraje porque él estaba en la cárcel, él estuvo en el movimiento, y yo nomás era una periodista que iba los domingos. Y entonces su libro empezó a tener menos respuesta que el mío y eso le enfureció.

Elena, supongo que te preguntarás: ¿por qué ese odio? -plantea Blanche Petrich.

Piensas que te has dedicado a entrevistar a medio mundo y a muchos intelectuales durante toda la vida, un poco como decía García Márquez «para que te quieran», y que finalmente si te hubieras dedicado nada más a hacer tus novelas sobre estados de ánimo, o sobre tu mamá, o tu papá, te habría ido mejor… Pero bueno, cada quién tiene sus limitaciones, y las mías son meterme en cosas que ni sé cómo son. Meterme en lo que no me habría de importar, en eso de lo que no sabes nada. Se me acusa mucho de una falta de preparación política, y eso sí es verdad.

«La felicidad es vivir de acuerdo con uno mismo, y esto te da una tranquilidad»

Cuesta traspasar la conversación al papel porque se pierde la musicalidad que es tan significativa entre los mexicanos y que muchos críticos han destacado en sus libros. Cada matiz tiene un nombre, y las mismas palabras son sonoras y marcan el ambiente; le dan calidez y mayor dulzura. Aquí se dice «chaparrito» y «apapachar», «pajarear», «asolear» o «tiradero».

Durante el viaje hasta la casa amarilla de Poniatowska el silencio se va haciendo mayor, y el silencio en México sorprende más. Primero son los carriles abarrotados del Anillo Periférico que atraviesa la ciudad, terribles «mecánicas jaurías», como escribió Miguel Hernández. Después es ya su barrio y la plaza con iglesia, las jacarandas. Y al pasar la puerta, el patio pequeño y la quietud que causan los libros acumulados. Es una casa llena de animales. Los gatos «Monsi» y «Vais», homenaje a su amigo escritor, se encaraman al sofá y el perro «Shadow», «sombra, porque es negro», «se ve inmenso» en medio de la reunión y trata de lamer el plato del pastel.

¿En qué tiene ahora puesta su atención?

Ahora estoy trabajando en un libro sobre los Poniatowski. Yo nací en Francia y llegué a México a los diez años en un barco que se llamaba Marqués de Comillas, en el que viajaban muchos exiliados de la Guerra Civil española. Y, a partir de ese momento, no volví a pensar en mi familia paterna. Mi padre se quedó en la guerra en Francia [Segunda Guerra Mundial] durante muchos años y no lo vimos. Ahora a través del libro estoy recuperando a los Poniatowski. Pero con mucha dificultad, porque no sé polaco, ni sé Historia. No he leído. En español hay muy poco, y ando en esto que para mí es una sorpresa y un proyecto más difícil que si hiciera otro tipo de libro.

«En toda América Latina pesa mucho la imagen de la mujer, como la escopeta, cargada en un rincón, teniendo hijos y atendiendo al marido»

¿Y cómo va el libro? -pregunta Blanche Petrich

De la patada, va de la patada, porque yo no sé nada. Casi no sé ni lo que es una Constitución. No conozco la Historia de Europa, no sé nada de nada de nada.

¿Estás muy atareada?

Pues tanto que me arranco el pelo, o si no me pongo a ver una cosa que me da palpitaciones, «House of Cards». ¡Es aterradora! Y ese actor, Kevin Spacey, es fantástico.

Usted habla de José Emilio Pacheco, de Sergio Pitol y de Carlos Monsiváis, y dice que les unía «el amor por la escritura, el querer hacer algo». ¿No cree que se ha perdido un poco en el mundo de hoy esa inocencia de intenciones en la dedicación al oficio periodístico o literario?

Pues no lo sé… Pero, de que yo soy una inocente, de eso tengo la absoluta certeza. De mi falta de preparación y muchas veces de mi falta de malicia. Yo puedo ser muy impertinente, o preguntar algo metiendo la pata. Pero, de que tengo mucha inocencia no me cabe la menor duda. Y yo creo que en la literatura, o bueno, en la vida, lo peor es ser ingenuo.

¿Pero entonces usted valora esa inocencia?

Pues valoro mi fe en los demás, mi credulidad, que esa no la pierdo. Pero bueno, pues raya a veces en la imbecilidad.

«Estoy tan atareada que me arranco el pelo, o si no me pongo a ver una cosa que me da palpitaciones, "House of Cards". ¡Es aterradora!»

Si echa la vista atrás a su trayectoria, ¿qué cree que merece la pena ser contado?

No sabría decirle, porque es difícil que uno sepa exactamente qué es lo de uno mismo que vale, o qué es lo de uno mismo que puede uno decir. Yo le puedo contar que he estado toda la vida llena de preguntas porque no tengo respuestas. Entonces quizá por eso hago interrogatorios eternos, me la paso haciendo entrevistas para ver si alguien sabe por dónde, o si alguien sabe de qué se trata y por qué estamos nosotros aquí y por qué en este momento.

De las personas distintas que se ha ido encontrando, ¿qué es lo que le interesa?

He entrevistado a científicos (mi marido [Guillermo Haro] fue un astrofísico o un estrellero). He entrevistado a actores, he entrevistado a escritores, he entrevistado a pintores. En general, todos los que están apasionados por lo que hacen son los que pueden hablar y conectarse con la vida y con los demás.

Una de las entrevistas famosas de Elena Poniatowska fue la que le hizo siendo muy joven al pintor Diego Rivera, que la llamó «polaquita preguntona». Ella misma dice que le hacía preguntas «babosas», de juventud, pero que marcaron ese estilo ingenuo e inquisitivo que la haría conocida y seguida por muchos lectores. A esa entrevista cuenta que le acompañó su madre y la esperó en el coche. Diego Rivera había pintado desnuda a la tía de Elena, la escandalosa poetisa Pita Amor (a la que Poniatowska dedica un retrato en el libro «Las siete cabritas»). Allí cuenta cómo Pita Amor escribió detrás del lienzo para que no cupiera ninguna duda: «A las siete y veinte de la tarde del veintinueve de julio de 1949 terminamos este retrato, al que Diego y yo nos entregamos, sin límite de ninguna especie». Al terminar la entrevista con Poniatowska, Diego Rivera quiso ir a saludar a la madre que esperaba en el coche y le propuso hacerle un retrato a su hija. Ella no respondió mucho, pero al arrancar miró a Elena y le dijo: «Ni de chiste, no te vaya a pintar como a tu tía Pita». Con esta frase termina Elena Poniatowska su entrevista.

Quisiera repetirle una de las preguntas que usted le hizo en aquella ocasión a Diego Rivera. ¿Cuál es para usted el colmo de la felicidad?

La felicidad yo creo es vivir de acuerdo con uno mismo, y esto te da una tranquilidad. Y saber que te levantas y tienes algo que hacer, que no estás de sobra en el mundo, que le eres útil a los demás.

«Yo siento que el suicidio es un acto de soberbia, de tomarse demasiado en serio»

Avanza la mañana y Elena Poniatowska habla con Blanche Petrich, que es gran conversadora. Hablan sobre la próxima Constitución para la Ciudad de México: «Me llamaron para ser constituyente, pero les dije que estoy muy vieja y tengo un marcapasos y que ya me pueden tirar a un bote de basura»; sobre Juan Villoro, «hazte cuenta que un Bob Dylan. Él escribe editoriales magníficos, y habla en público que no lo puedes creer»; sobre las elecciones en Estados Unidos y sobre el estado del periodismo en México. Charlan sobre los haitianos tantas veces azotados, sobre la caravana de mujeres migrantes que recorrerá el país para buscar a sus familiares desaparecidos en México y para exigir justicia, y con la que está comprometida la periodista Petrich, y también la fotógrafa Encarni Pindado.

La escritora dice que le gustaría escribir un librito sobre su hermano, que murió a los veintiún años y titularlo Mi hermano Jan. «Yo después de que murió todos mis libros se los dediqué. Hasta que me preguntó Monsiváis: "¿Tú cuántos años vas a estar haciendo esto?" Y yo le contesté: "Es por evitar dedicártelo a ti"». También hablan de bordados y de política… y sobre el país.

Elena, ¿usted se siente querida en México?

Imagínese… ¡estoy aquí desde hace tantos miles de años!

Toda la actualidad en portada
publicidad

comentarios