Fotograma de la película «El Planeta de los Simios»
Fotograma de la película «El Planeta de los Simios»
CINE

Cincuenta años «engorilados» en la playa

La mítica película «El Planeta de los Simos», protagonizada por Charlton Heston y Kim Hunter, cumple medio siglo. Tiempo suficiente para analizar lo poco que ha avanzado el ser humano, y lo mucho que se aproxima a su desastre total

MADRIDActualizado:

Medio siglo después de aquella consigna según la cual debajo de los adoquines están las playas, derrapamos tanto hacia la nostalgia de las suecas de Benidorm cuanto a lo que podríamos calificar como el «engorilamiento» de época. Aquella escena apocalíptica de Charlon Heston bajando del caballo en la playa, maldiciendo al encontrar la confirmación de la catástrofe planetaria ante la arruinada Estatua de la Libertad nos interpela como perfecto diagnóstico de nuestra enfermedad histórica. Somos aquellos «maniáticos» que perpetramos una regresión brutal en una suerte de bucle post-darwiniano. No hace falta encontrar la muñeca que dice «mamá» cuando estamos huérfanos de sentido común.

La imposición del espectáculo

Justamente en aquellas arenas del 68 también aparecieron los simios que acariciaban un monolito minimalista, como si anticiparan la estupefacción museística ante Richard Serra. La verdadera «odisea» del espacio en aquel cierre categorial de los años sesenta fue la imposición del espectáculo, cuando la «revolución» solamente funcionaria cuando fuera televisada. El mismo año en el aparecieron los zombies, en «La noche de los muertos vivientes», una película tan mítica cuanto cutre, los estudiantes descubrieron que acaso se pudiera acabar con el hombre unidimensional literalmente «engorilándose».

Resulta que nuestro destino era malvivir semidesnudos en un miserable zoológico. Aquello de la Zona Prohibida me sonaba rarísimo y el beso trans-animal prometía algo básicamente desagradable

No haría falta ninguna mega-computadora para acabar con nosotros; bastante infantilizados estábamos como para tener otra salida que la danza nihilista al borde del abismo o el frikismo sedentarizante. Yo tan sólo tenía cuatro años cuando se estrenó el peliculón aquel de los simio,s pero recuerdo que, cuando finalmente pude ver la cosa, se me puso mal cuerpo. Resulta que nuestro destino era malvivir semidesnudos en un miserable zoológico. Aquello de la Zona Prohibida me sonaba rarísimo, y el beso trans-animal prometía algo básicamente desagradable.

No he vuelto a sentir el aliento de lo siniestro en todas las secuelas, precuelas y recuelos simiescos que, por cierto, he ido viendo en insoportables vuelos transoceánicos. Nada supera aquella declaración final: «¡Dios mío! He vuelto… Estoy en mi casa otra vez, durante todo este tiempo no me había dado cuenta de que estaba en ella». Una casa es un sitio donde todo puede ir mal. Se nos vienen las paredes encima, buscamos el paraíso de las playas y lo que encontramos allí no es el desastre de la libertad, sino la abominación de miles de toallas. Menudo «destino».