Vista de la pirámide construida por los arquitectos suizos Herzog & De Meuron
Vista de la pirámide construida por los arquitectos suizos Herzog & De Meuron - AFP

Tate Modern, la nueva catedral del arte moderno

El museo londinense se hace más femenino y global con un apabullante edificio que añade un 60% más de espacio

Corresponsal en LondresActualizado:

Pocos ingleses actuales se acuerdan de los arquitectos católicos George y Giles Gilbert Scott, padre e hijo. Pero de su ingenio salieron muchos símbolos londinenses. El padre alentó el frenesí neogótico que les entró a los victorianos. Suyo es también el casi lisérgico monumento dorado con que la Reina Victoria recordó a su malogrado Príncipe Alberto en el parque de Kensington. Scott hijo demostró que se puede hacer arquitectura de máxima categoría ante encomiendas que parecen meramente utilitarias. Es autor del mejor diseño de la cabina roja de teléfonos, el K2, y convirtió en adusto arte industrial las centrales energéticas de Battersea (la del disco de Pink Floyd con el cerdo volador) y Bankside, reconvertida hoy en la exitosa Tate Modern a orillas del Támesis.

Espectacular vista de Londres desde el nuevo edificio
Espectacular vista de Londres desde el nuevo edificio- LUIS VENTOSO

Sir Giles Gilbert Scott se murió en 1960. Pero de seguir vivo, ayer habría asistido fascinado al primer recorrido para la prensa por el nuevo edificio de la Tate Modern, llamado la Switch House, una pirámide contorsionada de diez plantas de los suizos Hergoz & De Meuron, que ha costado 327 millones de euros (63 del Gobierno inglés y 10 de las autoridades municipales). El anexo, situado al sur del museo actual, amplía un 60% su superficie, con 21.000 metros cuadrados más. Es notable, sobre todo comparado con cómo se resuelven estos alardes en España, que el erario público ha sufragado menos de la tercera parte del proyecto (el resto procede de patrocinios privados).

Un árbol creado por Ai Weiwei, en la Sala de Turbinas
Un árbol creado por Ai Weiwei, en la Sala de Turbinas- AFP

La nueva encarnación de la Tate Modern, el museo de arte moderno más visitado del mundo, con cinco millones de asistentes anuales, se abre el viernes al público. La entrada continuará siendo gratuita. Mañana, 3.000 colegiales de escuelas de todo el Reino Unido tendrán el privilegio de disfrutar de la primera visita. El fin de semana se anuncia como una fiesta de «celebración y descubrimiento». Habrá música (un coro de 3.000 voces el sábado a las cinco), tres semanas de arte en vivo (una de las obras, por ejemplo, serán unos policías a caballo circulando por el vestíbulo principal, obra de la cubana Bruguera), y performances constantes en los almacenes subterráneos llamados «The Tanks». La fiesta la pagará Uniqlo, que viene a ser algo así como el Zara japonés, y las puertas cerrarán más tarde, a las diez. Como obra emblemática para la Sala de Turbinas, un gigantesco árbol muerto (compuesto con trozos de otros árboles muertos), del inefable artista chino Ai Weiwei.

«Pabellón suspendido en una habitación», de la artista española Cristina Iglesias
«Pabellón suspendido en una habitación», de la artista española Cristina Iglesias- EFE

Tres cosas habrían llamado la atención a Sir Giles en la Switch House: la peregrinación masiva para ver un edificio (unas 300 personas en la rueda de prensa, la más nutrida que hayamos visto), el formidable trabajo de Hergoz & De Meuron y el hecho de que tan suntuoso escenario –no faltó, con razón, el tópico «catedral del arte»– esté ocupado en buena medida por esculturas chatarreras de dudoso envejecer.

Apabullante y magnífico. Esa es la sensación tras subir a pie las diez plantas de la Switch House y recorrer sus salas abiertas al público (hay cuatro plantas que son oficinas, espacios reservados a socios y zonas de actividades y conferencias). El bajo lleva el nombre de «The Tanks», antiguos tanques para guardar combustible que se convertirán en el primer espacio fijo en un museo dedicado a las efímeras performances.

Fabulosa escalera curva en el interior del nuevo edificio
Fabulosa escalera curva en el interior del nuevo edificio- ABC

Las salas, albas y amplísimas, semejan casi pequeños polideportivos. Tanto que a veces empequeñecen a algunas obras con poco que contar (véase unos papagayos vivos en una jaula, o las cuerdas de pelo real de la artista india Sheela Godwa, que se tomó la molestia de ir recogiendo los pelos por templos votivos donde se los cortaban los fieles).

Aunque la nueva Tate Modern expone 800 obras de 300 artistas, procedentes de 50 países, queda la sensación de que por ahora sobra algo de edifico (y eso que aseguran que no está expuesta toda la colección). Pero recorrerlo es un espectáculo en sí mismo, con sus elegancias industriales de hormigón, que recrean el origen fabril del recinto y arrancan con una fabulosa escalera curva. Todo combinado con cristal y madera y unas vistas formidables de Londres. No nos engañemos, como sucedía ya con el viejo edificio, lo que más valorarán muchos visitantes es el recorrido de 160 grados desde la terraza de la última planta, que ofrece una mirada inédita sobre la metrópoli, desde la City de cristal y acero al Norte hasta la Suburbia infinita que se atisba mirando al Sur. Valdrá la pena pagar uno de esos capuchinos a precio de caviar.

El alcalde de Londres, Sadiq Khan; y el director de las galerías Tate, Nicholas Serota
El alcalde de Londres, Sadiq Khan; y el director de las galerías Tate, Nicholas Serota- AFP

Frances Morris, la flamante directora del centro, explicó que «habrá más arte internacional, más mujeres y unas instalaciones fabulosas». Filosóficamente, la nueva Tate Modern quiere superar el estereotipo añejo del artista como un varón blanco europeo o estadounidense. La mitad de las salas individuales estarán dedicadas a mujeres. Para unos, lógica elemental. Para otros, una vez más la corrección política. La Tate Modern será más femenina y más global. Artistas brasileños, tailandeses, indios, africanos… convivirán con sus glorias consagradas que todavía busca el gran público: Picasso, Matisse, Rothko, Beuys, Agnes Martin…

Nicholas Serota, que es como Villar en la federación de fútbol y dirige las galerías Tate desde 1988, explicó que «cuando abrimos la Tate Modern nunca pensamos que en la abrumadora respuesta que iba a tener de la audiencia; ahora, con el nuevo edificio, podemos contar la historia de un arte moderno más internacional, diverso y hasta más llamativo». «Se abre una nueva era para el arte contemporáneo en el Reino Unido», proclamó Serota ante la mirada atenta y viva del nuevo alcalde de Londres, el musulmán Sadiq Khan.