Los tres matadores salieron a hombros
Los tres matadores salieron a hombros - A. Vázquez

David Galván, triunfador en La Isla

El Cordobés y Paquirri salen a hombros también en una corrida con más trofeos que toreo y marcada por un ganado manso

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A la tardía hora de las ocho y cuarto de la tarde dio comienzo la corrida que celebraba la festividad del Carmen y de la Sal, cuyos carteles anunciadores proclamaban literalmente que «no hay ‘escusas’ para no venir». Convocatoria muy bien respondida por la afición que cubrió en su casi totalidad los tendidos del coso. Decían los lugareños que la plaza de toros de San Fernando era la más grande del mundo, porque nunca la habían visto llena. Pues ayer quedó desmentida y desterrada esta máxima con el feliz lleno conseguido. Con más de tres mil personas dentro, en el exterior un grupo de unos cincuenta intransigentes, durante unos minutos, vociferaban insultos y pedían abolición. Victoria por goleada, una vez más, de la tauromaquia y la libertad.

Abrió plaza un ejemplar que demostró escaso recorrido en el saludo capotero de El Cordobés y después acometió con la cara alta al peto del caballo. Con dos pares de banderillas prendidas y solo dos pasadas se cambió el tercio de manera precipitada y antirreglamentaria. Ominosa situación que se repetiría a lo largo del festejo. Llegó el toro a la muleta de Manuel Díaz con una embestida sosa, mortecina y adormecida, siempre con la cabeza a media altura, con extrema nobleza pero ninguna transmisión. Actitud que constituyó preámbulo a una postrera inmovilidad absoluta, lo que hizo confiarse en exceso a El Cordobés, que hasta se llevó un susto en un descuido y a punto estuvo de resultar prendido. Instrumentó éste multitud de insulsos medios pases antes de acabar con media estocada.

No mayor acometividad derrochó el cuarto, con el que el de Córdoba no anduvo confiado en su saludo capoteril. En proclamación de su ínfima condición, el animal se llegó a echar ya sobre la arena durante el primer tercio, lo que no fue sino un anticipo del soporífero juego que daría ante la franela del torero. Ni un solo pase pudo dar éste ante la inmovilidad pétrea del astado. Dos pinchazos y una estocada pusieron fin a su labor.

Más brío de salida mostró el segundo de la tarde, circunstancia aprovechada por Paquirri para recibirlo con larga cambiada y un ramillete de animosas verónicas. Ante la petición popular, se animó el diestro a tomar los palos, con los que prendió tres pares variados de ortodoxa ejecución. Escaso recorrido y nula acometividad derramó el descastado animal en el último tercio, donde Paquirri esbozó un remedo insistente del toreo en redondo, hasta que el toro, en hipérbole extrema de su mansedumbre, dio con su claudicante anatomía en el albero junto a tablas. Con media estocada y un descabello se deshizo Paquirri de él.

Paquirri tomó los palos

Parecida condición mostraría también el quinto, con el que Rivera no pudo estirarse a gusto a la verónica. Volvió a tomar los palos, con los que se llevó un gran susto al resbalar en la cara de la res tras clavar el segundo par. Inició después el trasteo sentado en el estribo pero el toro hizo caso omiso a ese acto de gallardía torera y, tras desentenderse por completo de la pelea, se echó también al cobijo de las tablas, sin permitir que el respetable contemplase ni un solo muletazo. Con una estocada y tres descabellos dio por finiquitada Paquirri su actuación.

Puso empeño David Galván en embellecer el trazo de sus verónicas al recibir al tercero de la suelta, animal que no contribuyó en demasía a ello con su corta y poco entregada embestida. Con tandas de derechazos de mano baja logró someter el acometer rebrincado de su oponente y hasta consiguió algunos muletazos con evidente cadencia y garbo. La nobleza manifiesta del animal permitió a el de La Isla culminar su trasteo con el muy aplaudido toreo cercanías y desplantes. Una estocada y dos descabellos supusieron preámbulo de otro doble trofeo. Saludó con gusto a la verónica en los medios al que cerraba plaza, ejemplar carente de intensidad fuerzas en sus embestidas pero que, dentro de una supina nobleza, tuvo a bien repetir algunas de ellas. Con lo que Galván pudo, al menos, volver a insinuar cierto número de pases por ambos pitones. Un arrimón postrero y una gran ejecución del volapié lo convirtieron en el triunfador indiscutible del festejo.