Imagen de la Verja por donde se cuela tabaco ilegal. - A. VÁZQUEZ / VÍDEO: M. A.
REPORTAJE

Ruta por La Línea comanche

El paseo de Poniente, las playas de Levante, la Atunara, El Zabal... el tabaco y la droga asfixian el pulso de esta ciudad asediada por los narcos

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«Aquí hay muchas manzanas podridas que están haciendo un grave daño a esta ciudad pero no somos todos así...». Habla un empresario local de La Línea. Se encuentra en su puesto de trabajo desde bien temprano como un empleado más y conversa sobre las consecuencias de que su pueblo protagonice desde hace meses demasiados titulares relacionados con la delincuencia, con los enfrentamientos armados, con el contrabando y la droga. «¿Quién va a querer venir a invertir aquí así? Es complicado. Los que no respetan y se creen los dueños de esto son los menos, lo que pasa es que esos hacen mucho ruido». Ese ruido es el sonido de las sirenas que a menudo atraviesan de costa a costa un municipio que linda con los dos límites de la tentación de aquel que prefiere buscar el dinero más fácil, Gibraltar y Marruecos. «Tenemos una situación privilegiada que muchos querrían para sí pero se está utilizando para lo peor que se podría usar».

En La Línea se traspasaron esos límites hace ya mucho tiempo. El problema ha ido creciendo hasta el punto de que el delito se ha profesionalizado tanto que se ha convertido en una economía sumergida tan potente que es difícil ya que dé marcha atrás. Por un lado, la ciudad vive como cualquier otra, pero en algunas zonas, su latido es muy diferente. Ahí se altera, se acelera por gomas cargadas de hachís o motos henchidas de tabaco ilegal. En otras se mantiene una extraña calma donde se sabe que en un solo instante todo puede cambiar. La ruta de estas sensaciones es conocida. Basta darse un paseo para experimentarlas.

Entramos en la ciudad por la Avenida de España. Al lado, la playa de Poniente y al fondo, la imponente Roca. No hay que andar mucho más para toparnos con uno de esos lugares que esta misma semana saltaba a los telediarios. A metros de una rotonda, en pleno acceso a la localidad, unos contrabandistas no tuvieron reparo en grabarse mientras alijaban tabaco descargándolo desde el mar al paseo. Jóvenes, muy jóvenes en su mayoría, algunos encapuchados, otros a rostro descubierto, cargaban de una lancha las cajas a sus scooter, saludaban a cámara y se mostraban satisfechos.

Paseo de Poniente, donde grabaron el vídeo alijando tabaco.
Paseo de Poniente, donde grabaron el vídeo alijando tabaco.-A. VÁZQUEZ

Esta semana la Guardia Civil daba cuenta de que la banda había sido detenida en el marco de la 'operación Conspicuos' en la que llevaban ya trabajando meses. Se le imputan delitos de delincuencia organizada y contrabando y se les ha intervenido tabaco por valor de medio millón de euros. Pero al margen del aspecto policial, ese vídeo hablaba de descaro y reconocimiento, dos de los signos que marcan esta historia.

«¡Mira, ese que está ahí es un Pelúo!», nos advierte alguien que conoce de sobra todo lo que se mueve por aquí. Un hombre de unos 50 años espera el autobús en una parada al lado de La Colonia, otra de estas ‘zonas comanches’. Al clan de los Pelúos se le relaciona con asuntos de tráfico, de reyertas e incluso con 'vuelcos' (robo de droga) entre bandas. En mayo del pasado año se les señaló por haber protagonizado un tiroteo con otro clan rival, Los Potitos, en este mismo lugar. «Aquí se mueve sobre todo cocaína y tabaco». Al menudeo.

La Verja, un 'coladero'

Seguimos hacía adelante y nos acercamos a la frontera con Gibraltar. Es un día laborable y el tránsito en la Verja es constante. Es otro de los puntos calientes. En frente, al otro lado de la avenida, una decena de personas parece estar aguardando algo. Andan en círculos, se sientan apoyados en coches y así pasan ahí las horas. «Están esperando a que salga gente con cuatro o cinco paquetes de tabaco o un cartón si son de fuera. Los van acumulando y los guardan en coches hasta tener una cantidad considerable para irse». Matuteros. Así se les conoce a los que se dedican a este 'negocio' de entrar y salir.

Es otra de las formas de este tráfico. Este 'modus operandi' es uno de los más clásicos. El contrabando en La Línea, como en cualquier ciudad fronteriza, ha existido siempre. Desde principios de 1700, cuando España perdió Gibraltar. Mantelerías, penicilina, bicicletas, combustible... «siempre se ha querido lo que no se tenía o era más barato». El estraperlo o el comercio ilegal de bienes sometidos a algún tipo de impuesto o tasa por el Estado. Como el tabaco. Las mafias que se dedican a ello se organizan en collas y trabajan de diferentes formas para lograr su objetivo. «Ahora hay muchas. De hecho están ganando menos dinero porque se ha saturado». Una vez que salen del Peñón, las cajetillas se distribuyen a intermediadores por el mercado negro y se venden por toda España.

Cruzamos y llegamos al parque Reina Sofía. Aquí se vivió uno de los episodios más tristes que se recuerdan en La Línea. Víctor Sánchez, un policía local de 46 años, fallecía atropellado mientras perseguía a unos contrabandistas de tabaco. Ocurrió en junio del pasado año y el suceso sumió a toda la localidad en la más absoluta conmoción. Pero también supuso que el pueblo dijera «basta» y saliera a la calle para gritar que la mayoría son ciudadanos honrados que quieren vivir en paz.

Víctor, un hombre comprometido con su trabajo que no miraba nunca hacia otro lado, pertenecía a la Unidad de Respuesta Inmediata (URI) de la Policía Local. Esta unidad, conocida popularmente como los 'Cobra', volvió a las calles linenses hace unos años después de que en la época del gobierno socialista fuera desactivada. Durante ese paréntesis en el que no patrullaron, el contrabando y el tráfico de sustancias volvió a coger fuerzas. «El trabajo de cogerles pequeñas cantidades, que sientan que les vigilas, que estás ahí siempre al acecho, es muy importante», cuenta uno de estos 'cobras'.

Agujeros en la Verja entre Gibraltar y La Línea.

Dejamos atrás Poniente y vamos hacia Levante. Hacia la valla que linda con la playa del Souvenir. La vista de la Roca, casi a sus pies, es espectacular. Nos separa una alambrada que también tiene mucho que contar. Por ella se pasan a diario cajas de tabaco. Basta echar un simple vistazo para ver los rotos que tiene. Los dos metros que más o menos mide de alto, la concertina que la encumbra o la cancela que han puesto, no sirven de mucho. Los contrabandistas siguen haciendo en ella agujeros para pasar con sus motos o a pie sin problemas. Se ven las pisadas, los remiendos, incluso hay quien ha puesto un trozo de la misma valla sobre uno de esos huecos a modo de tapadera de quita y pon o una especie de pasarela por encima. Tanto descaro da que pensar si realmente se quiere acabar con un problema donde hay muchos intereses y reporta tantísimo dinero. Por el agua también lo hacen. Se han llegado a pillar a buzos que pasaban las cajas amarradas a su cintura y perfectamente selladas.

En la boca del lobo

La ruta continúa y se pone mucho más seria. El contrabando de tabaco es más dócil que el de la droga. El narcotráfico sí ha dado cuentas últimamente de una agresividad inusitada. Los enfrentamientos de estos delincuentes con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad que les persiguen se han recrudecido. Pedradas, tiroteos, amenazas... las sensaciones ya van siendo otras según nos adentramos en La Atunara. Y el recibimiento lo deja claro. «¡Os voy a reventar la cámara en la cabeza, hijos de puta!». Así, nada más entrar. Un vecino se pone bastante nervioso ante cualquier presencia que no reconozca. El marcaje se siente. Te vigilan. En esta zona, en San Bernardo por ejemplo, se han producido muchos de los incidentes sufridos por los agentes que intentaban que no se alijara en la playa situada justo en frente. Algunos de los que residen por estas barriadas han salido a defender al que huía acosando a las patrullas policiales e incluso hiriéndoles a pedradas. Así que no es de extrañar que una vez que los porteadores cogen la mercancía salgan a la carrera por aquí donde encuentran refugio. Para ellos y para la droga.

«¡Os voy a reventar la cámara en la cabeza!», la hostilidad hacia el 'extraño' en zonas como San Bernardo es clara

La Atunara es de esas zonas complicadas. Y no es nuevo tampoco lo que pasa que ahora se graba. Una madrugada de agosto de 2007, otro policía local de La Línea era aquí atropellado cuando dio el alto a un vehículo sospechoso. El conductor quiso darse a la fuga y atrapó entre el bastidor y la puerta al agente. Lejos de deponer su actitud, lo arrastró 160 metros y aplastó su cuerpo contra otros ocho vehículos que estaban allí aparcados. Las graves lesiones que le produjo le obligaron a tener que dejar de ser policía para siempre.

Eso ocurrió hace más de diez años pero la actividad delictiva continúa y es evidente. La prueba se encuentra en primera línea de esta playa de Levante. Allí se levantan varias de estas casas bajas con buhardillas que funcionan como de torres vigía. Tras una laboriosa investigación, una reciente operación de la Policía Nacional y otra de la Guardia Civil descubrieron y desmontaron dos radares que se habían instalado en esas viviendas. Los narcos los usaban de contravigilancia para seguir las 24 horas del día los movimientos de las fuerzas policiales y poder eludir así los controles para alijar. Las bandas se han modernizado hasta ese punto por lo que la lucha contra ellas es todavía más difícil si cabe.

Una de las buhardillas donde la Policía encontró un radar de narcos.
Una de las buhardillas donde la Policía encontró un radar de narcos.-A. VÁZQUEZ

El Zabal, 'Villanarco'

En esta ruta lo siguiente es la travesía por El Zabal. Una inmensa extensión que a pesar de no ser urbanizable está minada de casas, alguna de ellas en construcción, con los materiales en la misma puerta. Sin problemas. Y precisamente no son modestas. Aquí se sitúan muchas de las viviendas que supuestamente son propiedad de narcos. Se cuenta que en esta barriada se refugian Los Castañas, actualmente en busca y captura. También algunas guarderías donde se han encontrado miles y miles de kilos de hachís y multitud de todoterrenos robados para alijar.

El Zabal es una zona no urbanizable pero que está llena de mansiones ocultas tras enormes tapias.
El Zabal es una zona no urbanizable pero que está llena de mansiones ocultas tras enormes tapias.-A. VÁZQUEZ

Tampoco por aquí es bienvenido cualquiera. De nuevo el marcaje es obvio. Algunos se cruzan varias veces para controlar la situación y avisar si es necesario. Miran las caras y la matrícula del coche. «Hay que tener mucho cuidado», nos repiten una y otra vez. A los lados, mientras recorremos carriles llenos de barro y agujeros, dejamos enormes muros de piedra que tapian estos palacios y que no dejan resquicio alguno para ver que hay dentro. Sin embargo ellos sí ven lo que pasa fuera. Muchas de estas puertas tienen cámaras de seguridad.

En este lugar se han desarrollado operaciones muy arriesgadas. No solo en busca de droga, sino también de armas, siempre listas para ser utilizadas. La sensación aquí es complicada. Entiendes al momento que es mejor salir de allí rápido. Es la boca del lobo.

Este mapa del delito se completa con otros puntos negros donde algunos vecinos han elegido no convivir en paz. La otra Línea, la honrada y trabajadora, resiste, aguanta, esperando que algún día todo vuelva a la normalidad y que alguien haga callar de una vez a esos que se empeñan en hacer tanto ruido.