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La venta callejera golpea a los comerciantes del casco histórico de Cádiz

Los vendedores ambulantes ilegales son una competencia «desleal» para el comercio que tiene que hacer frente a tasas y requisitos municipales

La venta callejera golpea a los comerciantes del casco histórico de Cádiz

Columela, 300 metros de calle comercial en pleno centro de Cádiz. Mango, Decathon, Zara, Women Secret, General Óptica, Vodafone y Calcedonia son algunas de las grandes empresas que han elegido esta vía para instalar sus tiendas. Frente a estos emporios comerciales también hay espacio para los establecimientos más tradicionales y cercanos como Eutimio, joyería Regent, Festa y El Indígena. La milla de oro de Cádiz es una sucesión de escaparates pero, pese al alto precio que se paga por el alquiler, no quedan locales vacíos. Incluso la acera se ha convertido en un muestrario improvisado para algunos vendedores menos convencionales que completan el abigarrado ambiente de la calle Columela.

Desde hace algunas semanas un nutrido grupo de manteros ofrece su mercancía entre el trasiego diario de repartidores, turistas, viandantes y potenciales compradores. Estos vendedores ambulantes han instalado un par de puestos de avanzadilla en la esquina de José de Toro y han convertido la Plaza de las Flores en un mercadillo callejero repleto de falsificaciones de zapatillas deportivas, camisetas de fútbol, discos piratas de música, bolsos, gafas y pañuelos. Carecen de permiso para vender y, en su mayoría, tampoco podrían llegar a solicitarlo porque no tienen papeles ni permiso de residencia. Llegaron a España huyendo de situaciones extremas (algunos en los bajos de un camión, otros en patera) y ahora ejercen de vendedores ilegales para subsistir, para buscarse la vida. Son jóvenes que rondan los 25 años, provienen de países africanos como Senegal o Nigeria y aspiran a dejar la venta ilegal.

Un tema espinoso

Pocos se atreven a hablar sin tapujos de la actividad de los manteros pero no es por temor a las represalias. Los comerciantes conviven diariamente con estos jóvenes y no son inmunes a su situación familiar y económica; por eso son reacios a denunciar. Sin embargo, los más críticos advierten de que no se está actuando con diligencia frente a la venta ambulante ilegal que está tipificada como delito.

Diariamente, en Correos y en la Plaza de la Libertad se instalan más de una docena de puestos ambulantes. El volumen de estos pequeños mercados callejeros queda muy lejos del que mueve el ‘Piojito’ con sus más de 290 puestos inscritos. Sin embargo, todos ellos han tenido que tramitar la solicitud para obtener el permiso del Ayuntamiento, pagar las tasas que se establecen en las Ordenanzas municipales por ocupar suelo público, contratar un seguro de responsabilidad civil y cumplir con las obligaciones fiscales y la Seguridad Social. Así que los vendedores ambulantes legales y el comercio estable tradicional tiene que enfrentarse a sus propios monstruos (Goya ha tenido que colgar el cartel de «liquidación» en el escaparate de sus dos tiendas y, pese a los años, aún pervive en la memoria el cierre de Soriano y de Mora) y, además, hacer frente a la competencia desleal de los manteros.

El teatro de la vida

Anochece pero los dependientes siguen atendiendo clientes. En Columela, una de las calles mejor iluminadas de la ciudad, la ausencia de luz solar no apaga la actividad. Avanza la noche. Son las 21.00 horas de un sábado de noviembre, los comercios van echando el cierre y los manteros hacen un petate con su género y se dirigen a la Plaza de Las Flores donde aún hay ambiente porque aquí se concentran la mayoría de locales de restauración.

El reflejo de unas luces azules se intuye por la calle Compañía. Es un coche de la Policía Local que avanza lentamente esquivando peatones y, mientras una pareja de turistas termina de pagar 20 euros por una camiseta del Real Madrid, el mercadillo ambulante con más de una veintena de manteros se esfuma. El quiosco de la ONCE y los puestos de flores, antes asediados por los tenderetes, ahora sirven de parapeto para despistar a los agentes municipales.

El coche atraviesa la plaza Topete, gira a la derecha para ascender por Barrié y desaparece con la misma velocidad con la que regresan parte de los que se ocultaban en las callejuelas aledañas. Es tarde. El reloj ya casi marca la diez y tan solo un par de manteros, quizás a los que peor se les ha dado el las ventas, vuelven para extender su tapete. El día acaba pero algunos aún conservan la esperanza.

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