La Virgen de la Palma procesionó por las calles de Cádiz.
La Virgen de la Palma procesionó por las calles de Cádiz. - F. Jiménez
TRADICIÓN

Pasión en manga corta para el maremoto nuestro de cada día

Fervor y luz ensalzan la salida de la Virgen de La Palma 262 años después

La Viña escenifica en otoño el reflejo de su día grande de Semana Santa, en familia pero con el mismo fervor mariano

CádizActualizado:

Si cada Lunes Santo La Viña pregona la primavera con olor a sal, en vez de azahar, el barrio marinero vive un reflejo cada otoño para proclamar que la prórroga del verano ha terminado, que el otoño formal pasa a ser crudo y real. Lo hace, en las dos ocasiones, con idéntico fervor. Cambian las formas y los tamaños. La cita de esta tarde festiva de miércoles, la del primero de noviembre, es más pequeña y familiar, en manga corta quizás por último día, en la víspera de la lluvia y los abrigos, pero con un sentimiento similar. Pasaban ocho minutos de las 17.30 horas cuando la Virgen de La Palma salía del templo que lleva su nombre para pisar la calle homónima.

El gentío es menor que en la Semana Mayor pero son todos los que están, en los balcones, pegados a las fachadas adornadas por crespones y frases de cariño, por banderas, otras, con los aficionados a la fotografía buscando refugio para su trípode y hasta un carro cargado de pirulí de La Habana para que el reflejo sea similar.

Tampoco cambia la emoción amarrada en las caras serias de los mayores que mastican oraciones. Como cada primero de noviembre, se celebraba el mítico prodigio del maremoto, cuando la Señora de La Viña mandó parar las aguas desmandadas del tsunami cuando nadie lo llamaba así. Las olas, obedientes, se dieron la media vuelta. Eso cuentan los romances y todo grupo necesita leyendas a las que agarrarse cuando sube la marea.

El maremoto en el recuerdo

En las caras de los que miraban pasar, aún con luz solar y ya con el anuncio de una luna grande, a la Virgen de La Palma se les notaba la huella del ahogamiento. El de todos los días, el que no marca picos en los simógrafos, el que abre grietas en la paciencia y la esperanza, en la familia y el futuro, el de la enfermedad y las ausencias, aunque no quiebra el suelo y los edificios.

Hasta un camarero de la muy turística calle de La Palma, aún llena de sobremesas ajenas a la pasión que se vivía en uno de sus extremos, mascullaba algún rezo con la mirada fija en la imagen, metido en el uniforme de faena con el nombre del bar, con logotipos de marcas de comida y cerveza. Cada cual lleva su maremoto dentro y es inevitable pedir a una fuerza superior que frene la fuerza mayor de las dificultades y los temores.

El aniversario es la justificación pero el sentimiento y la emoción son la verdadera razón para los hermanos de la cofradía que en este festivo vivieron su segundo día grande del año. El otro. Quizás más pequeño pero por eso más querido. Que nadie les obligue a elegir entre padre y madre. Era la culminación de una semana larga de novena que sirve también para cuidar hasta el último detalle de la salida procesional de la Virgen que La Viña espera con ansia 262 años después del drama que vino del mar. El tiempo todo lo deforma. Hasta el punto de que La Caleta mostraba una apacible bajamar con el agua quieta que cantan las comparsas de siempre y con alguna estudiante de Erasmus, rubicunda y ajena, todavía bañándose en agua o sol. La amenaza del mar, camuflada de paraíso fuera de temporada.

Allí, en La Caleta, comenzó todo hace más de dos siglos y medio. También empezó la conmemoración de este miércoles. Por la mañana, tras el rezo del Rosario se produjo, en compañía del obispo de la Diócesis de Cádiz, Rafael Zornoza, el traslado del crucifijo desde el templo hasta La Caleta. El mismo que llevara el padre Francisco Macías en 1755 para dar las gracias por frenar la tragedia y bendecir las aguas para que nunca más volvieran a amenazar la ciudad.

Por la mañana, los balcones ya lucían adornados desde temprano, desde las vísperas, con faldones grana y el emblema de la cofradía por todas partes. Al mediodía llegó el momento de la función votiva con la que se cerraban los actos de acción de gracias.

La Misa Típica Gaditana, que vive y canta como ningún otro el coro parroquial de La Palma, sonó con fuerza en el templo durante una eucaristía que sirvió para poner a la Virgen como ejemplo y fijar el maremoto como metáfora de las marejadas que tantos aguantan con temor cada día. La misma fe ahora que hace 262 años, la misma en rezo particular que cuando, en grupo, los vecinos del señero barrio aquel 1 de noviembre de 1755 creyeron parar las aguas casi a las puertas de la iglesia.

La Virgen ya está en la calle

Vestida con todos los reflejos posibles, brillante, salía a la calle poco después de las 17.30 horas la Virgen de La Palma. Su recorrido inicial atravesaba alguna de las vías más reconocibles y señeras del barrio: Palma, Pinto, Rosa. Da para muchos versos. La mayor concentración, en la calle y en las ventanas o los balcones, se daba ante su puerta. Ya en su paso, ganaban presencia algunos niños más, algún turista curioso y asombrado, con el mapa doblado en la mano.

A la amable luz del último día del postverano se unieron los sonidos que retumban en el estómago y, a muchos, en el alma y en la memoria. Sonaron la ‘Marcha Real’ o ‘Palma Coronada’ y ‘Reina del Mar’. Los balcones y las esquinas se abarrotaban según los alcanzaba la Virgen de La Palma, para quedarse vacíos en cuanto pasaba, con los feligreses en retirada, con gesto entre satisfecho y melancólico. Una pequeña ola humana que iba y venía de calle en calle para darle el encuentro, otra metáfora de aquella invasión del mar, un día como ayer de hace tantos años.

Ya no quedaba nada de esa luz inicial cuando, pasadas las nueve de la noche, María de la Palma Coronada entraba en su templo bajo la mirada de los fieles más pacientes e insistentes. Son los que buscan y esperan, esta imagen o sus vecinas de tempo, cada Lunes Santo, cada primero de noviembre y, también, cada vez que lo necesitan sin que nadie se entere.