Soldados norteamericanos inspeccionan un túnel del Vietcong
Soldados norteamericanos inspeccionan un túnel del Vietcong

Chinches y abejas asesinas: el cruel plan de EE.UU. para ganar la Guerra de Vietnam

En el libro «Fuego griego, flechas envenenadas y escorpiones: la guerra química y biológica en la Antigüedad», editado en castellano por Desperta Ferro, se repasan los casos más curiosos de animales empleados como armas militares a lo largo de la historia

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Los seres humanos emplean a otros animales para sus guerras desde el principio de los tiempos. El límite lo marca la imaginación humana... Elefantes de combate indios para espantar a las falanges de Alejandro Magno; miles de ratones lanzados por los egipcios contra los campamentos asirios; bombardeos de gatos incendiados por parte de los mongoles e incluso colmenas enteras de abejas empleadas como bombas desde un tiempo tan remoto como el Neolítico. Adrienne Mayor recoge estos remotos ejemplos de guerra biológica y otros muchos en « Fuego griego, flechas envenenadas y escorpiones: la guerra química y biológica en la Antigüedad», un libro editado en castellano por Desperta Ferro.

Entre los animales citados por esta investigadora de estudios clásicos, destaca por lo retorcido de su empleo los insectos de aguijón, que, no obstante, están referidos entre las diez plagas bíblicas desatadas sobre Egipto. Los animales artrópodos venenosos como las abejas, las avispas, los avispones y los escorpiones son capaces de generar situaciones de un caos tan grande que no corresponde a su pequeño tamaño.

Ya en la Antigüedad se admiraba a las abejas como productoras de miel, pero también se las temía como criaturas agresivas «de un carácter extremadamente cruel». En uno de los ejemplos más remotos de su uso militar, se vincula el descenso del número de colmenas documentadas durante el Bajo Imperio romano con el empleo masivo de estas como armas arrojadizas en las campañas de las legiones.

Las colmenas fueron una munición habitual también en las catapultas que Enrique I dirigió contra el Duque de Lorena en el siglo XI y, en 1289, fueron usadas por las tropas húngaras contra los turcos. Asimismo, está documentado cómo un escuadrón de caballeros suecos fue puesto en fuga durante la Guerra de los Treinta Años por bombas-colmenas. Las gruesas armaduras de los jinetes anularon las picaduras, no así el pánico que enloqueció a los caballos.

En el mismo periodo, un convento de monjas se valió de sus colmenas de abejas para repeler a unos soldados que merodeaban por sus tierras. Tal hazaña hizo que se bautizara la aldea como Beyenburg, esto es, «Ciudad Abeja».

En la Segunda Guerra Mundial, los japoneses arrojarían bombas de porcelana rellenos de insectos nocivos contra los chinos.

A mediados del siglo XX, los etíopes recurrieron al lanzamiento de colmenas sobre los tanques italianos, cuyos conductores se desviaban de su ruta y entraban en pánico, como respuesta a la invasión y bombardeo con gas mostaza ordenada por Benito Mussolini. Poco después, ya en la Segunda Guerra Mundial, los japoneses arrojarían bombas de porcelana rellenos de insectos nocivos contra los chinos.

Un programa de abejas ultra secreto

El nexo común en todos estos casos está en que son los ejércitos más débiles, los guerrilleros y los guerreros más primitivos, los que usan la naturaleza para defenderse del Goliat de turno. Así ocurrió en la década de los años 60, cuando los mandos del Vietcong desplegaron trampas repletas de las feroces abejas asiáticas (Apis dorsata) contra las sofisticadas tropas americanas, cuya intervención en la guerra civil del país ha pasado a la historia como el mayor fracaso de la potencia hegemónica de nuestro tiempo. En su forma más elaborada, colocaban colonias de estas abejas con pequeños explosivos en las rutas que seguía el enemigo y los hacían explotar a su paso.

Si algún soldado caía en una trampa, la rápida muerte debido a la explosión era preferible a la más lenta causada por las picaduras. Creían los romanos, según Plinio, que solo eran necesarios 27 aguijonazos de avispón para matar a un hombre. Hoy, sabemos que basta una sola picadura si el individuo es alérgico; y que, en el caso de la variedad asiática, la herida es más dolorosa e incluye una dosis más alta de veneno.

Lo efectivo de estas trampas provocó una respuesta, a su manera, del Gobierno estadounidense. Conforme se complicaba la situación de EE.UU. en esta guerra asimétrica, el Pentágono desarrolló sus propio programa de abejas ultra secretas para emplearlas contra el enemigo. Una tecnología basada en una feromona que las abejas usan para marcar al sujeto que va a ser víctima del ataque de todo el enjambre. No en vano, los norteamericanos investigaron con el mismo interés la capacidad de las chinches asesinas para perseguir a sus presas y causarles graves heridas. Durante la guerra, el ejército experimentó con este tipo de insecto encerrado en unas cápsulas especiales para rastrear a los Vietcong por la selva.

Las ruinas de Hatra
Las ruinas de Hatra

Cada vez más desesperados, el Pentágono sopesó su empleo masivo por la capacidad de estas chinches para detectar seres humanos a gran distancia y porque cuando localizan a sus presas emiten un sonido aullante que puede ser escuchado por el ser humano. La solución ideal para que el ejército norteamericano neutralizara la red de escondites, túneles y sistemas de camuflajes con las que los norvietnamitas superaron a EE.UU. en los combates selváticos. Las chinches, un insecto de cuerpo negro, patas amarillas y unos puntos blancos que puede medir hasta 35 milímetros de longitud, tiene un picadura extremadamente dolorosa y puede causar, además, grandes reacciones alérgicas. Se las conoce como insectos besadores, ya que acostumbran a picar al ser humano durante la noche y en tejidos blandos, como labios o párpados.

El plan americano se inspiraba en otras aplicaciones similares que han tenido estas chinches a lo largo de la historia. Los gobernadores centroasiáticos las usaban para torturar a sus prisioneros en la Antigüedad. Sus características, además, corresponden a la descripción de una especie de escorpión alado, cuyo ataque desquició a las tropas romanas del Emperador Septimio Severo, entre el 198 y el 199 a.C., en su intento de conquistar la ciudad de Hatra, al sur de Mosul (Irak).

Apunta Adrienne Mayor en el mencionado libro que los defensores partos se defendieron desde las murallas con el lanzamientos de recipientes de arcilla atiborrados de «insectos venenosos» y voladores: «Los insectos cayeron sobre los ojos de los romanos y las demás partes expuesta de sus cuerpos. Escarbando [en la carne de sus víctimas] antes de que estas se dieran cuenta, mordieron y picaron a los soldados, provocándoles graves heridas», relata el historiador clásico Herodiano.

Tradicionalmente se ha identificado a estos insectos como escorpiones, pero parecen más bien chinches, que sí tienen alas y causan gran dolor a través de su mordedura perforante. Solo 20 días después de llegar a la ciudad, Severo levantó el sitio, cuando sus tropas habían abierto una brecha en la muralla. La mordedura de la chinche marcó el principio del fin de la guerra.

El plan americano se inspiraba en las otras aplicaciones que han tenido estas chinches a lo largo de la historia. Los gobernadores centroasiáticos las usaban para torturar a sus prisioneros en la Antigüedad

Si bien se desconoce por qué las chinches no se desplegaron finalmente en Vietnam, consta que EE.UU. continuó investigando el uso de insectos venenosos en sus futuras guerras. Recuerda Adrienne Mayor en su libro, que el Pentágono patrocina experimentos desde 1998 sobre «Sistemas Biológicos Controlados» para crear armas basadas en la entomología y la zoología. Y no solo como armas de destrucción masivas, sino dedicadas a labores de espionaje en la guerra bioquímica. Sin ir más lejos, laboratorios financiados por la DARPA (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa) han logrado entrenar abejas en la detección de agentes bioquímicos o explosivos.

Los científicos del DARPA han vislumbrado modificaciones genéticas y el desarrollo de tecnología de «biosistemas híbridos» para salvar algunas de las limitaciones que conlleva el uso de estos insectos: las abejas, por ejemplo, pican indiscriminadamente, no se mueven cuando hace frío, no hay luz o hay tormenta. Los añadidos tecnológicos han permitido así dotar de antenas reales a un insecto robot o, entre otros avances, rediseñar la estructura neuronal de abejas reales.