Isabel de Farnesio
Isabel de Farnesio - ABC

Isabel de Farnesio: sexo y ambición de una reina

Conoció a Felipe V el día de su boda. El rey dejó plantados a sus invitados para encerrarse con ella en la cámara nupcial, donde permanecieron veinticuatro horas seguidas

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Sexo y ambición definen a Isabel de Farnesio. La esposa del primer Borbón que reinó en España fue capaz de todo tipo de artimañas diplomáticas para conseguir que su ojito derecho, el primogénito Carlos, llegara a gobernar en los codiciados territorios del sur de Italia amén de convertirse también en rey de España. Es su faceta más conocida.

Sin embargo, el lado más oscuro de Farnesio se encerraba en la regia alcoba conyugal, donde tenían lugar prácticas sexuales poco decorosas para una reina. Pero es que Isabel, mujer de fuerte temperamento e ideas claras, fue a dar con un monarca procedente de la libertina corte de Versalles en el escenario de una España triste y oscurantista que se resistía a abandonar las austeras costumbres de los Austrias. Una mezcla explosiva.

Princesa de Parma, hija única de los duques de Parma, la italiana llegó a nuestro país con 22 años como la candidata escogida por la princesa de los Ursinos y el cardenal Julio Alberoni, dos grandes intrigantes cortesanos. La eligieron creyendo que era una joven ignorante, despistada, interesada únicamente en los placeres de la mesa y fácil de manipular, con lo que ambos podrían seguir controlando la corte como hasta entonces.

Felipe, incontenible

Sin embargo, a la primera, Farnesio la quitó de en medio en el castillo de Jadraque (Guadalajara) la noche antes de conocer al rey, enviándola de cabeza al exilio sin dejarle siquiera recoger sus pertenencias, mientras que al abate Alberoni lo mantuvo en su cargo de primer ministro mientras lo necesitó para sus descarados intereses políticos. De modo que tardó poco en demostrar lo equivocados que estaban sus dos valedores.

El mismo día en el que la pareja se conoció (fue en la celebración de la boda), Felipe no pudo contenerse y dejó plantados a los invitados para correr a encerrarse en la cámara nupcial y empezar a hacer uso de la vida conyugal. Estuvieron recluidos durante veinticuatro horas seguidas. Así conoció Isabel la obsesión en torno a la que giraba la existencia de Felipe y supo que para llevar las riendas del reino tenía que adaptarse a la continua necesidad sexual del rey, a la hora y lugar que fuera, y a sus procaces juegos de cama.

Cada mañana antes de levantarse, Felipe V tomaba un preparado afrodisíaco de leche, azúcar, yemas de huevo, vino, clavo y cinamomo, descrito por el embajador especial de Francia, el duque de Saint-Simon, como un «brebaje de sabor grasiento, es un reconstituyente singularmente bueno para reparar la noche anterior y preparar la siguiente». O sea, que no se contemplaba el descanso. La actividad sexual a la que Felipe sometía a Isabel era tan intensa y enloquecida que se hablaba de ello en toda Europa, hasta el punto de que el embajador francés en Madrid envió una queja a Versalles sobre el agotamiento crónico del rey debido «al uso demasiado frecuente que hace de la reina». Lo que se traducía en un obligado coito diario -a veces más- en el que el monarca no se conformaba con un solo orgasmo.

Es mejor no imaginar qué pasaría con los aspectos más íntimos, ya que ese sexo inagotable había que enmarcarlo en un contexto ciertamente repugnante, el de la aversión patológica del inestable monarca por la higiene personal. En los brotes melancólicos o depresivos que le atenazaban periódicamente, podía pasar semanas sin salir de la cama y meses sin afeitarse, cambiarse de ropa o lavarse. Las uñas de los pies llegaron a alcanzar tal longitud que no podía caminar con normalidad al acabar enroscándose sobre sí mismas. Pero, a pesar de semejante desastre, Isabel siempre estaba atenta a los requerimientos sexuales del pestilente esposo.

Veinte años viuda

Las reuniones del Consejo de gobierno llegaron a celebrarse en sus aposentos. Los ministros aguardaban en la puerta a que Isabel y Felipe culminaran el coito para entrar a despachar sin que hubieran abandonado el tálamo. La reina, que no era precisamente de constitución delgada, aumentó drásticamente de peso porque no paraba de comer para poder soportar semejante ritmo sexual. Alberoni se encargaba en persona de elaborar su dieta con viandas traídas de Italia. No faltaban los quesos ni los embutidos.

Veinte años estuvo viuda. ¿Echaría de menos la intimidad con su esposo, o sería, por el contrario, una liberación?