La traductora e intérprete en su café favorito, el del Museo Picasoo de Málaga
La traductora e intérprete en su café favorito, el del Museo Picasoo de Málaga

Café con Picasso y Urbano Lugrís al fondo

Lecturas reposadas, espectaculares puestas de sol, recorridos por museos, vistas a paisajes sublimes o un tiempo para la ensoñación

SerbiaActualizado:

Las vacaciones significan ese tiempo en el que conciliamos lo lúdico con la recuperación de alguna actividad que el resto del año queda relegada. En mi caso, disfruto con intensidad de la vida en familia y de esas lecturas que permanecen «a la espera». También, un tiempo de «reflexión» para concebir proyectos futuros o retomarlos del pasado.

Acabo de llegar a Canido, un pequeño «pueblo» alejado del centro urbano de Vigo, donde desde hace años acostumbro a pasar una parte importante de mis vacaciones. Desde la playa de Fuchiños se puede contemplar uno de los atardeceres más hipnóticos, que suelo disfrutar con mi compatriota Vesna Ratkovic. El sol se hunde tras las islas Cíes. Quizá sea este paisaje sublime y melancólico, como los de Caspar David Friedrich, el que me lleva a la tan menospreciada concepción de Europa. Los europeos nos parecemos en lo más complejo o abstracto. Así, por ejemplo, el mito del Ulises, Odiseo para los serbios, pervive en la mayoría de las literaturas de nuestro continente. Y nos identificamos en los pequeños placeres. Desde San Petersburgo hasta Finisterre existe un café propicio para el encuentro con el presente, pero también con el pretérito.

Cuando vivía en Belgrado, solía refugiarme en el del hotel Moscú y sentarme donde lo hicieron escritores como nuestro premio Nobel, Ivo Andric, o Danilo Kis. En la actualidad, quizá también lo hagan Dragan Velikic o Goran Petrovic. Allí releí parte de sus novelas o los poemas de Vasko Popa o Charles Simic. También tengo mi lugar para la lectura y una domaca kafa en mi pueblo, Veliko Gradiste, frente al majestuoso Danubio, en la terraza del café Talia de mi amigo Zoran Djelic.

La primera vez que vine a España fue en el año 2002. Me acogió en su casa en Málaga mi querida Encarna Ávila. Y descubrí «mi café». Está en ese maravilloso patio entre naranjos y una fuente de reminiscencias árabes del siempre enriquecedor Museo Picasso. Procuro regresar con frecuencia y reencontrarme con la luz de Uxía Lorenzo. La última, hace tres semanas para contemplar la exposición Warhol, «El arte mecánico», comisariada por José Lebrero, una relectura inédita sobre el autor de iconos de la contemporaneidad como las Campbell Soup, las perturbadoras Jackies o las leves Silver Clouds (abierta hasta el 16 de septiembre).

Desde este lugar del Mediterráneo, el que Picasso siempre tuvo presente en su largo exilio, a la parte más occidental de nuestro continente. Allí, también he hallado «mi lugar para la ensoñación». Apareció en el Museo del Mar de Vigo, en Alcabre, donde viven mis amigos los pintores Menchu Lamas y Antón Patiño. Y, con las islas Cíes en la línea del horizonte, como plasmó en tantos cuadros el gran pintor gallego Urbano Lugrís, me sumerjo en algunos libros, acompañada de mi eterno café. Estos días, en el último de poemas de César Antonio Molina, «Calmas de enero», un viaje compartido a lugares que «calman el dolor», y entre los que se hallan evocaciones de mi país en poemas como «Mientras el Kosava tira de nosotros», «Ángel blanco de Mileseva» o «En el Drina, un puente». Pero eso es otra historia. ¿O quizá la misma?