Un grupo de turistas pasea junto a uno de los puestos, en la plaza Mayor
Un grupo de turistas pasea junto a uno de los puestos, en la plaza Mayor - GUILLERMO NAVARRO

Carmena arrincona el mercado de sellos y monedas tras intentar eliminarlo

El Ayuntamiento pide a la Policía que los puestos de filatelia no salgan de los soportales. Sin embargo, no hay orden para actuar contra el «top manta»

MadridActualizado:

El control sobre las dos plazas más emblemáticas de Madrid continúa. Según fuentes municipales para «garantizar la seguridad ciudadana». Si en junio el Gobierno de Manuela Carmena ordenó a la Policía Municipal que las estatuas humanas no pudieran ocupar ni la Puerta del Sol ni la Plaza Mayor, el turno le ha llegado ahora al mítico mercado de sellos y monedas.

Ahora Madrid ha intentado acabar con estos míticos puestos numismáticos y filatélicos los domingos en la Plaza Mayor.Quería reubicarlos en otra zona. Dicho de otro modo, pretendía hacer un borrón a 91 años de historia. La falta de control sobre este mercado había convertido el espacio en un punto de encuentro de profesionales donde el intrusismo cada vez se hacía más hueco, no sólo con oportunistas del sector, sino también con vendedores ambulantes de El Rastro, que ofrecían todo tipo de productos como juguetes y antigüedades. Un barullo.

La asociación que defiende los intereses de esta icónica feria dominical, A-Mayor, ha conseguido, tras diversas reuniones, que la Junta de Distrito que preside Jorge García Castaño mantenga su desarrollo en la Plaza Mayor. Pero la condición es clara: sin salirse de los soportales y conservando una estética similar.

Fuera intrusos

Desde hace dos semanas, la Policía Municipal ha levantado todos los puestos que escapan del límite marcado y ha echado de la plaza a aquellos que nada tienen que ver con la venta de sellos y monedas. No hay orden de actuar contra el «top manta», aunque desde la Unidad de Centro Sur del Cuerpo se trabaja de forma incesante, coordinada con los comerciantes de las zonas más emblemáticas, para retirar a los manteros que, a unos pasos, quieren operar a sus anchas.

Son 184 asociados los que tiene registrados A-Mayor. Cada uno de las mesas que colocan ha de medir un máximo de dos metros de ancho y ser cubierta con un paño rojo (por el que cobran 20 euros) que lleva el anagrama de la plataforma, las dos torres de la plaza. «El mercado se está reorganizando y regulando. Ha habido un abandono en los últimos años y se ha retomado el control porque al nuevo Ayuntamiento y la Policía Municipal le preocupaba la seguridad. Antes estábamos también fuera de los soportales. La medida es buena», señala José Luis Gomis, presidente de A-Mayor.

El clásico corrillo para la compraventa de sellos que se formaba entre Felipe III y la calle de la Sal ya está prohibido por directriz municipal porque perjudica a la hostelería. «Antes no había tantas mesas y restaurantes», comenta al respecto el también vicepresidente de la Asociación Nacional de Filatelia (Anfil).

Santiago Muñoz lleva 35 años acudiendo cada domingo y festivo a la Plaza Mayor para exhibir, cambiar, comprar y vender ejemplares de monedas y billetes. Su pasión por la numismática se despertó cuando era un niño y se encontró en una calle de la capital 50 céntimos de Alfonso XII en el suelo. «Me sorprendió. A partir de ahí, me enrollé con todo esto», sonríe. Este madrileño rememora que comenzó colocando el germen de su colección en un banco que había en la explanada de la plaza a finales de los 60. Ahora, sería imposible. «La nueva orden nos beneficia porque antes la gente no podía caminar bien por determinadas zonas y, a veces, molestaba a comerciantes», revela, a la vez que un octogenario le requiere: «¿Tendría una peseta de la República?». Le muestra la página del álbum que resguarda en plástico varios ejemplares. Mientras Santiago continúa con la historia que le liga a este hobby, una pareja le enseña dos monedas para saber cuánto les da por ellas. Las coge. Las observa dos segundos. «Son falsas», despacha.

Sin relevo

Hubo un tiempo en que este mercado se desbordaba de vendedores y visitantes más allá de sus soportales. Con el paso de los años, internet y la retirada de los sellos en las misivas postales, el enclave para coleccionistas ha ido perdiendo tirón. No hay relevo. Apenas reúne a gente joven, pero continúa siendo el gran espacio de intercambio cultural que cada último día de la semana, de nueve a dos de la tarde, atrae a centenares de personas. Es un latido más de la ciudad. Quienes lo mantienen vivo sostienen que allí seguirán hasta que su corazón deje de bombear.