La mujer de barro, habitual de Sol y la calle Arenal, estaba instalada ayer en la Plaza de Oriente - MAYA BALANYA

Las estatuas humanas de Sol se mudan a la plaza de Oriente por la presión policial

El equipo de Carmena se fijará en el decreto de los músicos callejeros para proteger los espacios y los derechos de los trabajadores

Madrid Actualizado: Guardar
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Las estatuas vivientes ya no tienen espacio para desarrollar su labor en la Puerta del Sol. Tampoco en la Plaza Mayor. Por orden del Ayuntamiento que dirige Manuela Carmena, la Policía Municipal les ha prohibido instalar sus estructuras fijas en las emblemáticas plazas aplicando el Plan Antiterrorista. Desde que llegó el precepto, hace diez días, la mayoría se ha mudado a la Plaza de Oriente.

Los tiempos han cambiado para el hombre que «levita» encima de su skate, el robot de «Star War» y sus brazos de hojalata, o la señora mayor atestada de barro. Todos ellos mantienen a diario sus «shows», impasibles frente al ajetreo de transeúntes y turistas. Pero han cambiado de esceneario ante la dificultad de montar y desmontar las estructuras fijas con las que trabajan en caso de que los agentes les exijan quitarlas del escaparate turístico más cotizado de la capital, Sol. Allí, apenas resiste hoy el pintoresco Charles Chaplin: «Seguiré aquí sentado hasta que me echen, como siempre».

La labor de los agentes es el preámbulo de un plan que quiere impulsar el Ayuntamiento madrileño, mirándose en el espejo del Gobierno de Ada Colau, para regular este tipo de «atracciones» turísticas. El modelo que van a seguir es el decreto que hace unos meses se presentó en la capital para poner orden y mantener la convivencia vecinal con las actuaciones de los músicos callejeros. Funciona. Así lo confirmó ayer la portavoz municipal, Rita Maestre, en rueda de prensa: «Vamos a velar por conjugar la protección de los espacios emblemáticos con los derechos de las personas a desarrollar su actividad laboral y profesional».

Como adelantó ayer este periódico, los problemas de saturación en el ámbito del «Kilómetro Cero» y la Plaza Mayor han motivado el desalojo de las estatuas humanas. Barcelona reguló en 2012 esta situación con CiU en el Ayuntamiento para el distrito de Ciutat Vella, desplazando a estos personajes fijos de la Rambla y estableciendo, además, unos horarios y una tasa por ocupación de la vía. Colau paralizó el plan, pero lo retomó en 2016 con gran polémica para ordenar el desgobierno callejero.

Las «estatuas» de Madrid reclaman al Gobierno de Carmena un reglamento similar al de la Ciudad Condal. «No nos importa pagar una tasa y que la profesión esté controlada», subrayan los afectados, cansados de que su actividad no tenga consideración alguna por parte de las autoridades: «Nos tratan como si fuéramos mendigos».

Identificación

«Aquí convivíamos todos muy bien», revelan Francisco y Raúl, o, mejor dicho, «Luigi» y «Super Mario». Como ellos, una veintena de personajes animados resiste en Sol, aunque con otras condiciones: «Cada cierto tiempo, tenemos que descubrirnos para que la Policía compruebe que somos los mismos de siempre». Los «Mickey Mouse», «Bob Esponja» o «Bart Simpson» aglutinan ahora un negocio que, según su relato, «no da más que para vivir».

Al otro extremo de la calle del Arenal, en efecto, las estatuas humanas han cambiado el paisaje a los pies del reloj de las doce uvas por la solemnidad del Palacio de Oriente. En medio de los jardines, C-3PO apura un cigarrillo resguardado a la sombra: «Estoy en mi descanso», sonríe simpático, mientras seca con un pañuelo los ríos de sudor que bajan por su frente: «No es nada fácil aguantar con este calor». Detrás del personaje cinematográfico se esconde Carlos, un madrileño de 49 años con «cinco oficios» en su chistera: «He tenido muchos disfraces, Willy Bonka, Lobezno... y la clave es que con todos ellos me he mimetizado».

Mientras echa una bronca a dos turistas que casi pisan su casco («¡Cómo que sorry!»), tiene tiempo para sacar las monedas pequeñas del cesto («Si no, solo echan las perras chicas») y despedirse con la mejor de las premisas: «No he estudiado, pero me gano la vida de forma honrada. Que la sonrisa os acompañe».

A pocos metros, «la mujer de barro» sella sus labios con un gesto para dejar claro que su actuación no se altera bajo ninguna circunstancia. Menos aún, cuando ni el sol abrasador, ni sus atuendos de invierno, han conseguido que busque cobijo en la sombra. «Yolanda lleva tiempo y es de las más legales», relata otra de las «obras».

En palabras de sus protagonistas, la diferencia entre unas «estatuas» y otras versa en el número de inquilinos que las regentan. Algunas están ocupadas por varias personas. «Dada la estructura, no se puede estar más de dos horas encima», apunta Francisco, el ideólogo de la motocicleta de bronce más famosa de la ciudad. Dentro de la del skate, Daniel confirma que cobra 7 euros la hora: «Estoy unas 6 horas cada día y luego me releva un compañero». De una manera u otra, los artistas callejeros desplazados esperan recuperar su sitio de siempre: «Solo queremos que nos dejen trabajar en Sol».