Terreno calcinado en Carballeda de Avia (Orense)
Terreno calcinado en Carballeda de Avia (Orense) - MIGUEL MUÑIZ
MEDIO RURAL

Incendios en invierno, el fuego que sucede al hielo

Los anticiclones y la intencionalidad han provocado que el del 2019 sea el invierno con mayor número de focos y hectáreas quemadas de la década

SantiagoActualizado:

Que Galicia arda en invierno no deja de aproximarse a lo que entendemos por un oxímoron. Cuesta abjurar de la idea de que los suelos abiertos al orballo, el verde monocromático del monte y las cunetas convertidas circunstancialmente en cauces de los arroyos no la blinden de la aparición del fuego. Pero no: Galicia arde en invierno como acostumbra a hacerlo en verano, casi por los mismos motivos. Porque se dan las circunstancias para que arda –sequedad y abandono— y sobre todo porque alguien lo provoca. El resultado es el invierno de la presente década con mayor número de focos y hectáreas calcinadas.

«Ahora el invierno de nuestro descontento se vuelve verano con este sol de York», escribió Shakespeare, y algo parecido ha sucedido en estos últimos meses con los factores meteorológicos. El potente anticiclón que se posó sobre Galicia en las últimas semanas del año dejó, además de sol, temperaturas a la baja y fortísimas heladas, un escenario favorable para la aparición de la actividad incendiaria. Según los últimos datos actualizados por la Consellería de Medio Rural, este invierno se han registrado un total de 90 incendios, cuando la suma de los ocho años anteriores por estas fechas alcanza los 132. En cuanto a superficie, la comparación es aún más llamativa: frente a las 657,45 hectáreas calcinadas en este último periodo, desde 2010 hasta el año anterior apenas se quemaron 429. La Xunta, además, afirma que detrás del 80% de estos fuegos se esconde una clara intencionalidad.

El perfil del incendiario

«Tienen una componente provocada incluso mayor que la media anual», introduce el director xeral de Defensa del Monte, Tomás Fernández-Couto, en conversación con este diario: «Empiezan en varios puntos y a mediodía, cuando el sol está calentando y pronto se hace de noche. Se encuentran en zonas apartadas y para acceder a algunos hay que estar andando 20 o 30 minutos desde el punto donde puedes dejar un todoterreno».

Rostro visible del Gobierno gallego en la lucha contra la lacra incendiaria, Fernández-Couto aclara que la situación mejora –«estamos en una tercera o cuarta parte de los incendios que teníamos hace 15 años»— pero que el problema de la intencionalidad sigue ahí. Y más si el clima no contribuye. «Cuando las condiciones son extremas, el número de incendios se dispara, porque el monte arde con más facilidad y, al haber más incendios, el incendiario tiene un sensación de mayor impunidad. En invierno, aunque parece que no, la realidad es que la vegetación está aletargada y el contenido de humedad en su interior, pese a estar viva, es muy pequeño».

Pero una cosa es saber las circunstancias que facilitan el incendio y otra conocer las razones, el proceso mental, por las que una persona decide originar uno. Ése es un cajón de sastre en el que cabe de todo. En invierno, no obstante, muchos de ellos tienen que ver con una necesidad «de eliminar matorral». «Nos despistaríamos si buscamos causas distintas», expone Fernández-Couto.

Esta última semana, el conselleiro, José González, mantuvo una reunión con los alcaldes del Macizo Central para reclamar a los alcaldes una mayor colaboración ciudadana de los vecinos a la hora de encontrar a los responsables de los incendios. Para ello, Medio Rural prevé activar un teléfono gratuito, al estilo de la línea contra la violencia de género (016) para denunciar de forma anónima comportamientos anómalos en el monte.

«La medida es buena», admite el alcalde de Laza, José Ramón Barreal, no sin expresar ciertos reparos: «El concepto de solidaridad entre los vecinos de la aldea… La gente se fía muy poco, la desconfianza del gallego es demoledora. Comunicar por la callada a cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado tarde o temprano se acaba sabiendo. Si viene la UCO aún puede ser, pero el guardia del pueblo lo acaba comentando en la partida de cartas», subraya.

¿Es cierta la existencia de una omertá que protege al incendiario? «Esto es un poquito de esquizofrenia colectiva. Las parroquias están siempre identificadas y siempre arde en las mismas zonas. Culturalmente el fuego se ha utilizado como herramienta, para limpieza o cuando los jabalís invaden el espacio urbano. En el pueblo no es que fuese un silencio de mafia a la siciliana, es cómplice porque en el fondo justifican el hecho», responde Barreal.

Fernández-Couto alega, por un lado, que el teléfono no dejará «ningún rastro», y por otro, que no es la primera vez que las brigadas reciben «amenazas de muerte» por tratar de desenmascarar al incendiario. «Viendo su actividad –sostiene— podemos llegar a pensar que en el fondo tienen un componente violento mayor que otras personas. Si en Galicia, con el 7% del territorio forestal, ronda del 40 al 55% de los incendios de España, es que hay un componente muy fuerte de utilizar el fuego».

La primera reacción lógica para responder al problema sería pedir la dotación de más medios; pero es una fórmula en parte ya explorada: en el Orzamento de 2019, se dedicarán 11 millones más al pago de nóminas de brigadistas. El dispositivo de extinción en temporada alta estará operativo este año durante seis meses, lejos de los tres de rigor del verano. En extinguir los incendios del invierno se han empleado en torno a 200.000 euros de dinero público.

Insistir en la educación

Otra de las alternativas, pues, es volcarse en el flanco de la educación. El profesor de Restauración de Espacios degradados en el Grado de Ingeniería forestal de la USC, Agustín Merino, apadrina una iniciativa para que todo el conocimiento acumulado permita a la sociedad «entender los daños que se generan» con el fuego. La iniciativa se llama «Plantando cara ao Lume» y parte de la base de que los poderes públicos no pueden ser el principio y el final de la cadena que combate los incendios forestales. «Cuando el monte arde, arde algo tuyo», es uno de los mensajes que se propagan.

Algunas de las actividades coordinadas por Merino van encaminadas a que estudiantes de Ingeniería Forestal, Biología, Comunicación y Educación aporten cada uno un granito de arena para después elaborar «material» con el que concienciar al gran público. «Si bien hay avances técnicos y esfuerzos importantes, me parece que la parte de formación y educación se podría reforzar. De nada vale que sea solo la administración la que haga frente a la prevención», concluye.