Sergi Doria - Spectator in Barcino

Agónico verano barcelonés

«El verano destapa -¡todavía más!- las vergüenzas de la urbe turística»

Sergi Doria
BarcelonaActualizado:

Colau convoca Junta de Seguridad para el 19 de julio. En la Barcelona del todo vale te matan de un tirón de bolso estilo Perros callejeros. Hyewol Kim, del gobierno de Corea del Sur, fue asaltada por un motorista el día de San Juan frente al 14 del paseo de Taulat. Malherida por el impacto contra el suelo, falleció tres días después en el Hospital del Mar.

El verano destapa -¡todavía más!- las vergüenzas de la urbe turística. A cuarenta y ocho horas de la muerte de la surcoreana, los cacos se colaron en el Monument -5 estrellas del paseo de Gracia- y limpiaron la suite de la familia real qatarí: 30.000 euros en joyas y dinero. Tres semanas después, ambos sucesos que tanto perjudican nuestra imagen internacional parecen olvidados; mejor dicho: tapados por otros delitos.

En la iglesia de Santa Ana, el gótico de La sombra del viento de Ruiz Zafón deviene en el Diario del ladrón de Genet. Acechados por la droga y la prostitución, los menas que la Generalitat no atiende, dormitan en los bancos madera junto al sepulcro del caballero Miquel de Boera. Recordemos aquel 18 de enero de 2017, cuando a nuestra progresía nacionalista se le llenaba la boca con el «Volem acollir» y que Rubén Wagensberg (ERC) fue recibido por el entonces presidente Puigdemont. ¿Dónde dejaron la barretina filantrópica?

Hay muchas maneras de matar Barcelona. La Ley de Arrendamientos congrega una infinidad de comercios difuntos. Según PimeComerç, el top manta cuesta 134 millones al pequeño y mediano comercio y la hacienda municipal se queda sin recaudar 1.400 euros anuales.

Pequeño comercio en extinción, gentrificación que expulsa al vecindario. Terreno abonado para la delincuencia: en seis meses, 88 robos en el barrio de San Antonio. A las ilegalidades sobre el asfalto, se unen los trapicheos en la playa: desde los carteristas y descuideros a los vendedores de mojitos.

Algunos restaurantes turísticos de la Rambla matan también Barcelona. En su programa, ¿Te lo vas a comer?, Chicote pide calamares, sangría y paella en un restaurante que llamaremos Pita Nosequé. Al identificar al hombre de pesadilla en la cocina, no muy seguro de que lo que recalienta en su microondas, el amo del Pita se agencia la pitanza enfrente, en el Hotel Oriente.

La cámara capta el extraño itinerario de los camareros: toman la comanda, cruzan la Rambla, retornan con la colación al Pita; luego fingen que salen de allí para servirla en la terraza. A 15 euros la ración de eso que llaman paella, con las bebidas superando los 9, la factura de dos comensales sale por 72 euros. Mientras los organizadores del «Tast a la Rambla» intentan que los barceloneses retornen a su paseo con una coquinaria de calidad, otros se empeñan en desvalijar al turista y, de paso, al cliente autóctono.

Colau accedió a la alcaldía para cerrar el paso a Ernest Maragall. El Tete pretendía acabar con la vocación cosmopolita de Barcelona: quería convertirla en sucursal de Berga, pero a lo grande y con él de Patum. El independentismo hizo llorar a la alcaldesa por los votos de Valls, pero ella -en su particular síndrome de Estocolmo- volvió a colgar el lazo de unos en el balcón de todos; se fue a Lledoners para visitar a los presos; permitió la propaganda separatista -«Ho tornarem a fer»- en la fachada del Ayuntamiento, en 25 autobuses y 185 marquesinas del metro.

Aunque Pujol solo consiguió ocupar el Consistorio con Trias, el nacionalismo lleva décadas erosionando el genius loci barcelonés. Lo hizo cuando puso una N al que había de ser Museo de Arte de Cataluña; o la otra N a la Orquesta Ciudad de Barcelona; lo erosionó en 1997 cuando abortó la Biblioteca Provincial que pagaba el Ministerio de Cultura en el Borne: en 2002 el proyecto estaba en fase de ejecución, pero las piedras del XVIII, que no habían interesado cuando se excavó el aparcamiento contiguo, se impusieron a los libros. Nos quedamos sin Biblioteca y ahora tenemos un santuario independentista con bandera quilométrica y flácida al que nadie acaba de encontrar una función justificable.

En el reciente Foro Edita, el teniente de alcalde Joan Subirats y la directora general del Libro, Olvido García-Valdés, se conjuraron para relanzar la Biblioteca que merece una capital de la edición como Barcelona. Lo que nadie se atrevió a decir fue que si la ciudad no cuenta con esa Biblioteca no es culpa del Estado, sino del fetichismo nacionalista que lanzó a la papelera un equipamiento que beneficiaba al barrio del Borne y a -todos- los barceloneses.

Sirva la explicación para quienes desconocen cómo se arrumbó el saber y se enfatizó el creer. Esperemos que la incorporación al Consistorio de Jaume Collboni (economía) y Albert Batlle (seguridad) frene la agonía de Barcelona tras el cuatrienio negro de Colau.

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